El nombramiento de Cyril Villareal como obispo de Kalibo, Filipinas, dispuesto por el Papa León XIV, plantea una seria preocupación doctrinal y pastoral a la luz de los textos que el propio designado dejó por escrito en su tesis académica. No se trata aquí de una frase aislada ni de una formulación ambigua: Villareal cuestiona de modo directo el contenido de la enseñanza católica sobre la anticoncepción, presenta como “difícil de aceptar” un punto nuclear de la moral conyugal católica y sugiere expresamente que la Iglesia debería “actualizar” esta doctrina. Un obispo, llamado a custodiar la fe y a enseñar con autoridad en comunión con el magisterio, no puede permitirse este planteamiento sin provocar una grave confusión entre los fieles.
Conviene subrayar el contexto en el que se produjeron estas afirmaciones. No estamos ante comentarios improvisados ni ante escritos juveniles. Los textos proceden de una tesis presentada en 2011 en la Universidad de Viena para la obtención del grado de magíster en teología, cuando Villareal era ya sacerdote con una trayectoria consolidada. El trabajo compila deliberadamente dos momentos: la reedición de su tesis de licenciatura de 2000 y un segundo bloque añadido más de una década después, titulado “Visiones actuales sobre el matrimonio y la sexualidad”. Es decir, no solo no corrigió sus planteamientos iniciales, sino que los desarrolló y radicalizó con el paso del tiempo.
La gravedad del asunto no es meramente “disciplinar” ni de “estilo teológico”. La doctrina católica ha reiterado de forma constante que la anticoncepción es moralmente inadmisible y contraria al magisterio de la Iglesia. Presentarla como una exigencia “ilógica”, o insinuar que la Iglesia “impone” a los laicos una continencia equiparable a la de los clérigos, no es una discusión académica legítima: es una impugnación directa de una enseñanza vinculante, que desplaza la responsabilidad desde la conciencia que se resiste hacia la Iglesia que enseña.
En su tesis, Villareal no se limita a expresar una dificultad personal. Llega a atribuir a la Iglesia una parte de “culpa” por la incoherencia práctica de los fieles, como si la solución pasara por rebajar la verdad moral para evitar el conflicto de conciencia. Este enfoque invierte el orden católico de la vida cristiana: no es la doctrina la que se adapta a la debilidad humana, sino la vida la que debe convertirse, con la gracia, a la verdad enseñada. Cuando quien va a ser obispo adopta un marco interpretativo en el que el magisterio aparece como una carga abstracta y compulsiva, el resultado es previsible: relativización doctrinal, división y escándalo.
Para que el lector valore con precisión el alcance real de lo escrito, reproducimos a continuación, de forma íntegra y traducida al español, los pasajes más significativos de la tesis de Villareal.
«No deseo ir contra esta Iglesia. Solo deseo que ella llegue a formular una enseñanza razonable para su pueblo. ¿No puede la Iglesia actualizar su enseñanza sobre la moral sexual a la luz de los enormes cambios que han afectado a nuestra sociedad?».
«Por una parte, está el magisterio de la Iglesia imponiendo su enseñanza sobre la sexualidad, que invoca el poder de la ley natural como procedente de la ley divina y, por tanto, aprobada divinamente, según la cual todos y cada uno de los actos matrimoniales deben estar abiertos a la procreación. No tengo ningún problema con la enseñanza de que el acto sexual deba realizarse siempre dentro del matrimonio, pues la institución estable del matrimonio puede salvaguardar verdaderamente la dignidad de la sexualidad, de las personas humanas y de los hijos que resultan del acto sexual. Lo que resulta difícil de aceptar es que cada acto matrimonial deba estar abierto a la procreación, una forma de decir que a la procreación se le da primacía, a pesar de las justificaciones de la Iglesia de que tal jerarquía de los fines del matrimonio ya fue modificada en el documento del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes».
«En el proceso de mantener estas enseñanzas, la Iglesia también está poniendo en peligro la relación de los matrimonios. En el matrimonio, el acto sexual es muy importante como medio para profundizar la relación de la pareja. Y a menudo realizan dicho acto con la intención de evitar un embarazo por diversas razones válidas, como limitaciones financieras, sociales o incluso médicas. El acto sexual es un medio para expresar su amor mutuo. Por supuesto, la Iglesia dirá que, si ese es el caso, deberían realizar el acto cuando la mujer sea infértil. Pero esto parece algo abstracto e incluso ilógico, retrasar el momento en que la pareja expresa su amor y también sus necesidades».
«¿Por qué debería la Iglesia imponer a los matrimonios la misma continencia que ha impuesto a los clérigos? ¿No es esta una forma de clericalizar a los matrimonios, obligándolos a vivir como ministros ordenados, cuando en realidad no lo son y tienen un modo de vida totalmente distinto?».
«Si este es el escenario, ¿quién tiene la culpa? La Iglesia, como maestra, tiene su parte de culpa. En cierto modo, puede decirse que la Iglesia desarrolla y tolera esta dicotomía».
Que estas afirmaciones pertenezcan a un trabajo académico no atenúa su gravedad; al contrario, la agrava. Revelan un planteamiento elaborado, sostenido y defendido conscientemente, que entra en colisión frontal con el magisterio de la Iglesia en materia de moral conyugal. El episcopado no es un laboratorio doctrinal ni un espacio para sugerir que la Iglesia debe hacer “más razonable” lo que siempre ha enseñado sobre la apertura a la vida.
Si quien ha sido designado obispo no rectifica pública y claramente estas tesis, el nombramiento corre el riesgo de convertirse en un foco permanente de confusión precisamente en un ámbito —la familia, el matrimonio y la transmisión de la vida— en el que la Iglesia está llamada a ofrecer claridad, fidelidad y verdad, no acomodaciones al espíritu del tiempo.
La cuestión que se abre es, por tanto, inevitable: cómo puede sostenerse la misión de enseñar y santificar cuando el propio obispo designado ha presentado como “difícil de aceptar” una enseñanza moral constante y ha pedido que la Iglesia “actualice” lo que siempre ha afirmado. La caridad hacia los fieles exige decirlo con nitidez: en un pastor, este tipo de posicionamientos no es una mera “sensibilidad”, sino un problema serio de fidelidad al depósito de la fe y al magisterio que está obligado a custodiar.