El cardenal Blase J. Cupich, arzobispo de Chicago, ha intervenido en el debate litúrgico con una reflexión publicada en Chicago Catholic tras su participación en el consistorio convocado por el papa León XIV.
Bajo un lenguaje pastoral, el purpurado propone una lectura de la tradición y de la reforma litúrgica que, lejos de apaciguar tensiones, vuelve a situar la liturgia en el centro de una disputa ideológica no resuelta en la Iglesia.
Cupich parte de la premisa de que la liturgia no es una realidad estática, sino una realidad viva que ha conocido reformas a lo largo de la historia. Sin embargo, el modo en que desarrolla esta afirmación revela una concepción de la tradición que puede considerarse reductiva. La tradición es presentada casi exclusivamente como un proceso de adaptación cultural, minimizando su dimensión normativa, recibida y vinculante.
Tradición como “río vivo”: una imagen ambigua
El cardenal recurre a una expresión habitual en el discurso posconciliar —la tradición como “río vivo”— para justificar la necesidad permanente de reforma litúrgica. El problema no está en la imagen en sí, sino en el uso que se hace de ella. En su planteamiento, la tradición parece convertirse en un concepto elástico, definido más por el presente que por la herencia recibida.
Esta lectura omite un dato fundamental: las reformas litúrgicas históricas, incluidas las de Trento y el Vaticano II, se entendieron siempre como desarrollos orgánicos que respetaban la continuidad sustancial del rito, no como sustituciones abruptas ni como rupturas con la forma precedente. Con la apelación genérica a la “historia de la reforma”, Cupich quiere justificar cualquier cambio, incluso aquellos que empobrecen la experiencia litúrgica y rompen la transmisión viva de la fe.
Vaticano II como punto de llegada, no de partida
Uno de los ejes de su artículo es la afirmación de que la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II constituye la expresión única de la lex orandi del rito romano, una idea estrechamente alineada con la lógica de Traditionis Custodes. Cupich defiende que la unidad de la Iglesia exige un único rito y que la coexistencia de formas litúrgicas distintas pone en peligro esa unidad.
Sin embargo, esta tesis ignora una realidad evidente: durante siglos, la Iglesia convivió con múltiples usos y ritos sin que ello comprometiera la comunión eclesial. Más aún, fue el papa Benedicto XVI quien afirmó explícitamente que la forma litúrgica tradicional nunca había sido jurídicamente abolida y que su existencia podía enriquecer a la Iglesia en su conjunto.
Reducir la unidad a la uniformidad litúrgica supone una lectura empobrecida de la catolicidad, que históricamente ha sabido integrar diversidad ritual bajo una misma fe.
La liturgia como instrumento disciplinar
Otro aspecto llamativo del texto es el énfasis en la liturgia como factor de unidad entendido casi exclusivamente en términos disciplinarios. La liturgia aparece así no tanto como expresión del misterio recibido, sino como herramienta para ordenar y controlar la vida eclesial.
Esta aproximación deja en segundo plano una cuestión clave: el profundo desarraigo litúrgico y espiritual que viven amplios sectores del pueblo fiel desde hace décadas. La crisis de participación, la banalización del culto y la pérdida del sentido de lo sagrado no se explican por un exceso de diversidad ritual, sino por una aplicación deficiente y, en muchos casos, ideologizada de la reforma.
El silencio sobre los frutos reales de la reforma
Llama la atención que el artículo de Cupich no mencione en ningún momento los frutos concretos de la reforma litúrgica tal como se ha aplicado. No hay referencia a la práctica religiosa menguante, ni a la ruptura generacional, ni a la creciente atracción que la liturgia tradicional ejerce sobre jóvenes y familias.
Una reflexión honesta sobre la liturgia no puede limitarse a principios abstractos; debe confrontarse con la realidad pastoral. Ignorar los datos equivale a eludir el debate de fondo.
Unidad sin verdad no es unidad
La unidad de la Iglesia no se construye suprimiendo expresiones legítimas de la tradición, sino arraigando a los fieles en la fe recibida. Cuando la liturgia deja de ser un lugar de transmisión clara del depósito de la fe, se convierte en un espacio de conflicto permanente.
El texto del cardenal Cupich refleja, en definitiva, una concepción de la reforma litúrgica como proceso cerrado y no revisable, donde cualquier cuestionamiento es percibido como amenaza. Pero precisamente esa actitud es la que mantiene viva la fractura litúrgica que se pretende superar.
La verdadera unidad no se impone; se cultiva. Y solo puede hacerlo una liturgia que, más que adaptarse al mundo, conduzca a los fieles hacia Dios.
Dejamos la carta completa a continuación:
Este mes quiero ofrecer algunas reflexiones a raíz de mi participación en el consistorio al que el Papa León pidió que asistieran todos los cardenales en Roma.
Como se informó, el Santo Padre propuso cuatro temas para el debate en el consistorio. Estos fueron la misión evangelizadora de la Iglesia, con especial atención a la carta apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco; la reforma del servicio de la Santa Sede y de la Curia Romana, que el Papa Francisco expuso en Praedicate Evangelium; la sinodalidad y la liturgia.
El Papa León pidió a cuatro cardenales de la Curia que prepararan documentos de trabajo que pudieran ayudar a centrar nuestras discusiones sobre estos temas. Una vez llegados a Roma, el Papa León nos pidió que eligiéramos dos de los cuatro, que finalmente fueron la misión evangelizadora de la Iglesia y la sinodalidad.
Aunque no se seleccionaron los temas de la liturgia y de la reforma de la Curia, todos los cardenales recibieron los documentos de trabajo preparados sobre estos asuntos por los cardenales Arthur Roche y Víctor Manuel Fernández, respectivamente.
Dada la importancia del papel de la liturgia en la vida de la Iglesia, quiero compartir con ustedes algunos de los puntos que el cardenal Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, expuso en el documento de trabajo que preparó.
Nos recordó que, desde los primeros días de la Iglesia, la liturgia siempre ha experimentado reformas. Como señaló: «La historia de la Liturgia, podríamos decir, es la historia de su continuo “reformarse” en un proceso de desarrollo orgánico».
¿Por qué la reforma permanente es tan central en la liturgia? Porque el componente ritual de la liturgia está caracterizado por elementos culturales que cambian con el tiempo y según los lugares. Así, con el paso del tiempo y los cambios en la cultura, siempre existe la necesidad de reformar la liturgia.
Sin embargo, como escribió el Papa Benedicto, reformas como las llevadas a cabo en el Concilio de Trento y en el Concilio Vaticano II no amenazan la fidelidad a la tradición de la Iglesia, ya que la tradición no es una cuestión de «la transmisión de cosas o palabras, una colección de cosas muertas», sino «el río vivo que nos vincula con los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes» (Audiencia general, 26 de abril de 2006).
En consecuencia, señala el cardenal Roche, «podemos afirmar con certeza que la reforma de la Liturgia, querida por el Concilio Vaticano II, no solo está en plena sintonía con el verdadero significado de la Tradición, sino que constituye un modo singular de ponerse al servicio de la Tradición, porque esta última es como un gran río que nos conduce a las puertas de la eternidad».
Otra observación que encontré particularmente convincente fue la referencia del cardenal Roche a la motivación de san Pío V para reformar los libros litúrgicos de acuerdo con el mandato del Concilio de Trento. Su deseo era preservar la unidad de la Iglesia. Al promulgar el Misal Romano de 1570, el santo pontífice afirmó que «así como en la Iglesia de Dios hay una sola manera de recitar los salmos, así también debe haber un solo rito para celebrar la Misa».
Este principio de unidad eclesial es particularmente significativo para comprender las razones por las que el Papa Francisco promulgó Traditionis Custodes. Afirmó que quería dejar claro que la reforma de la liturgia solicitada por el Concilio Vaticano II es la expresión única de la lex orandi del Rito Romano. De nuevo, en continuidad con su predecesor san Pío V, debe haber un solo rito como medio para preservar la unidad de la Iglesia.
El Papa Francisco volvió a abordar esta cuestión en Desiderio Desideravi, donde analizó la negativa a aceptar las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II como una amenaza a la unidad de la Iglesia. «Si la liturgia», escribió, «es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium, n. 10), entonces podemos comprender lo que está en juego en la cuestión litúrgica. Sería trivial interpretar las tensiones, lamentablemente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre distintos gustos respecto a una forma ritual particular. La problemática es ante todo eclesiológica. No veo cómo es posible decir que se reconoce la validez del Concilio —aunque me asombre que un católico pueda presumir no hacerlo— y, al mismo tiempo, no aceptar la reforma litúrgica nacida de Sacrosanctum Concilium, un documento que expresa la realidad de la Liturgia íntimamente unida a la visión de Iglesia tan admirablemente descrita en Lumen gentium».
Las dos principales conclusiones al leer las observaciones del cardenal Roche son, en primer lugar, que la propia naturaleza de la liturgia exige una reforma continua y, en segundo lugar, que aceptar la reforma autorizada por la Iglesia es una cuestión de preservar la unidad de la Iglesia, como afirmó san Pío V, una verdad que recordó el difunto Papa Francisco.
Los cardenales lograron mucho en el poco tiempo que estuvimos juntos, en gran parte gracias al trabajo preparatorio realizado por algunos de nuestros hermanos cardenales que sirven en la Curia Romana. Tengo previsto compartir información sobre algunos de los otros documentos de trabajo en futuras columnas.