El reciente documento del prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, preparado para el último consistorio de cardenales ha reavivado el debate sobre el estado real de la reforma litúrgica. Las críticas no se han hecho esperar, y no solo desde ámbitos tradicionalmente reticentes a la reforma, sino también desde sectores que reclaman una lectura fiel de lo que el propio Concilio Vaticano II estableció.
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Entre esas reacciones destaca el análisis publicado por The Catholic Herald, que pone el foco en una afirmación clave del propio prefecto: la reforma litúrgica «ha sufrido y continúa sufriendo por la falta de formación». Un reconocimiento que, aunque formulado casi de pasada, resulta difícil de ignorar, pues toca el nervio central del problema.
La advertencia del Concilio, olvidada durante décadas
La constitución Sacrosanctum Concilium fue clara al respecto: la participación plena y activa de los fieles en la liturgia —la tan citada actuosa participatio— no podía lograrse sin una sólida formación litúrgica, comenzando por el clero. Los padres conciliares advirtieron expresamente que cualquier esperanza de reforma sería ilusoria si no se ponían primero los cimientos adecuados.
Sin embargo, más de sesenta años después, el diagnóstico es elocuente. La práctica religiosa en gran parte de Occidente se ha desplomado, y los datos muestran que una mayoría de bautizados simplemente no participa en la liturgia dominical.
La liturgia reformada y la realidad de los bancos vacíos
Las razones del abandono son múltiples, pero el hecho resulta difícil de eludir: la liturgia reformada, presentada durante décadas como el instrumento capaz de revitalizar la vida eclesial y atraer al hombre moderno, no ha logrado revertir la pérdida de fieles. El contraste entre las expectativas generadas y los resultados obtenidos sigue siendo uno de los puntos más incómodos del debate.
Ante esta situación, el Dicasterio propone ahora una respuesta que, para muchos, resulta insuficiente: la organización de seminarios y programas formativos.
Formación litúrgica no es instrucción teórica
El problema de fondo, como señala el análisis, es confundir formación litúrgica con enseñanza académica. La liturgia no se aprende como una asignatura ni se interioriza mediante conferencias. La liturgia forma cuando se vive, cuando se celebra con continuidad, reverencia y coherencia.
La tradición de la Iglesia lo confirma. Durante siglos, sacerdotes y fieles se formaron litúrgicamente no mediante cursos, sino mediante una inmersión progresiva en los ritos, los gestos, los silencios, el lenguaje sagrado y el ritmo propio de la oración eclesial. Esa pedagogía silenciosa fue la que configuró generaciones enteras de católicos.
Ratzinger y la experiencia viva de la liturgia
No es casual que Joseph Ratzinger describiera su propio despertar litúrgico como un proceso vital y orgánico, nacido del contacto directo con la liturgia y no de explicaciones externas. Para él, la liturgia no era un producto elaborado por expertos, sino una realidad viva, recibida, desarrollada a lo largo de los siglos y cargada de fe, historia y misterio.
Desde esta perspectiva, la insistencia actual en soluciones técnicas —seminarios, planes, documentos— parece ignorar una evidencia fundamental: la liturgia forma cuando se celebra bien.
El ars celebrandi como clave olvidada
El ars celebrandi no es un lujo estético ni una obsesión rubricista. Es la condición necesaria para que la liturgia sea realmente fuente de vida espiritual. Cuando la celebración pierde densidad, coherencia y sacralidad, deja de formar, aunque se multipliquen las explicaciones.
En este punto adquieren especial relevancia documentos del pontificado de Benedicto XVI como Sacramentum Caritatis y Summorum Pontificum, que subrayaron que la fidelidad a la tradición litúrgica no es un freno a la renovación, sino su base más firme.
El factor decisivo: una formación que ya no existe
El análisis recuerda además un dato frecuentemente silenciado: quienes diseñaron la reforma litúrgica habían sido formados durante décadas en los ritos tradicionales. Esa formación previa les permitió imaginar simplificaciones sin prever que, privadas de ese humus, las nuevas generaciones carecerían de los elementos necesarios para asimilar el espíritu de la liturgia.
El resultado ha sido una progresiva “delgadez” litúrgica que ya no forma ni sostiene la fe de muchos fieles.
Más que seminarios, celebraciones que formen
No se trata de volver atrás ni de idealizar el pasado, sino de reconocer honestamente que una reforma sin formación es estructuralmente frágil. Y que la formación auténtica no se decreta ni se improvisa: se cultiva mediante celebraciones reverentes, fieles a la tradición viva de la Iglesia y capaces de introducir al fiel en el misterio que se celebra.
La proliferación de seminarios puede resultar tranquilizadora a nivel institucional, pero difícilmente afronta el problema de fondo. La liturgia no necesita ser explicada constantemente; necesita ser celebrada como lo que es: el acto de Cristo y de su Iglesia.
Una cuestión abierta que exige honestidad
El debate sigue abierto, pero una conclusión se impone con claridad: sin una liturgia vivida con profundidad, ninguna reforma —por bien intencionada que sea— dejará de ser estéril. Solo una liturgia que forme por sí misma podrá volver a ser, como quiso el Concilio, fuente y culmen de la vida cristiana.