Lo extraordinario en el Tiempo Ordinario

Lo extraordinario en el Tiempo Ordinario
Deposition of Christ by Fra Angelico, c. 1432–1434 (after restoration of 2024-25) [Museo di San Marco, Florence]

Por Dominic V. Cassella

Con la Navidad ya atrás y al adentrarnos ahora en el «Tiempo Ordinario», tenemos la oportunidad de contemplar el misterio pleno y extraordinario del descenso de Dios a la vida humana y de nuestro ascenso a lo divino. Los Padres de la Iglesia llamaron a este descenso synkatabasis: literalmente, «caminar hacia abajo con», un abajamiento hasta el nivel de quienes están por debajo. Una de las representaciones más claras de esta condescendencia divina se encuentra en la conversación nocturna entre Jesús y Nicodemo.

En el Evangelio de Juan, Nicodemo acude a Jesús en la oscuridad de la noche. Jesús le dice que debe «nacer de nuevo» si desea entrar en el Reino de Dios. A lo que Nicodemo pregunta cómo puede un hombre nacer otra vez: «¿acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y nacer?». Jesús explica: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre». Y que este ascenso se figura en la muerte en la Cruz. (Juan 3,1-15)

En este breve intercambio se yuxtaponen el Bautismo y la Cruz. Ambos ilustran el ascenso al Cielo y la asunción de la vida eterna. El lenguaje de ascenso y descenso que Jesús emplea aquí tiene dos extremos: el nacimiento y la muerte en la Cruz. En estas pocas líneas se revela el misterio completo de nuestra propia vida en Cristo, pues la vida en Cristo es un reflejo de la vida de Cristo.

El teólogo del siglo XIII Nicolás Cabasilas enseñó que el ascenso y el descenso de Cristo —que comienzan con el misterio de su concepción y Natividad, continúan a lo largo de su vida y ministerio, y culminan con su muerte y resurrección— son la misma escalera por la que estamos llamados a convertirnos en «otros cristos».

Cabasilas describe esta escalera como formada por tres travesaños. Si Jesucristo es el Verbo eterno, su descenso del Cielo comienza con la Encarnación, y este es el peldaño superior de la escalera. Su vida y ministerio son el peldaño intermedio, y su muerte y resurrección constituyen el peldaño inferior. La escalera de tres peldaños puede emparejarse con la cruz bizantina clásica, que a su vez tiene tres barras: una para los pies de Jesús, otra para sus manos y la tercera que porta la inscripción «Jesús Nazareno, Rey de los Judíos».

La escalera del ascenso al Cielo es la Cruz que cada uno de nosotros está llamado a tomar. (Mateo 10,38; Marcos 8,34; Lucas 9,23) En consecuencia, si el peldaño inferior en la vida de Cristo —la barra más baja de la Cruz— es su muerte y resurrección, este es el primer paso en nuestro camino de ascensión al Cielo.

Esta «muerte y resurrección», el primer travesaño para vivir una vida en Cristo, es el Bautismo y el nuevo nacimiento sobre el que Jesús quiso instruir a Nicodemo aquella noche. Así, san Pablo puede decir: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte?» (Romanos 6,3). Al pie de la Cruz, en la primera barra, podemos «levantarnos de nuevo», como implica la palabra griega para resurrección (ana-stasis).

Habiendo renacido en Cristo, ahora debemos asumir la «mente de Cristo». Esto, por supuesto, se logra mediante los dones del Espíritu. (1 Corintios 2,12-16) Por el sacramento de la Confirmación, enseña la Iglesia, somos fortalecidos, hechos maduros y capacitados para vivir una vida de verdad. Este es el segundo travesaño del ascenso al Cielo, por el cual «viene el Espíritu de la verdad» y nos guía «hasta la verdad completa». (Juan 16,13) Por él vivimos una vida de evangelización, difundiendo la Buena Nueva y siendo testigos. Vivimos nuestra vida en Cristo y nos convertimos en testigos de la vida de Cristo. Allí donde las manos de Cristo están clavadas en la Cruz, ascendemos a la tarea de realizar la obra de sus manos.

El travesaño superior en el ascenso (el primero en el descenso del Hijo Unigénito) es el hacerse carne del Verbo, el misterio de la Encarnación, donde Cristo, Rey eterno, nace y se hace hombre. En el orden de nuestra vida en Cristo, esto es nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es nuestra recepción y adoración de la Eucaristía. Aquí, en la barra superior de la Cruz, somos unidos a la cabeza: como dice san Pablo, fue voluntad de Dios «recapitular (dar una nueva cabeza a) todas las cosas en Cristo». (Efesios 1,10)

El relato de la Natividad de Jesús nos señala esta culminación eucarística. En la iconografía tradicional, el Niño Jesús es representado en un pesebre entre un buey y un asno: símbolos de los judíos y de los gentiles, respectivamente. Jesús se ha hecho a sí mismo alimento y sustento de todos, y nuestra participación en la Eucaristía es la participación en Él, en quien «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad». (Colosenses 2,9)

La vida de Cristo es un don otorgado a través de sus sacramentos, que permiten a cada católico vivir una vida en Cristo, ser otros cristos. En Jesucristo, «vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,28); somos vivificados por su Cruz en el Bautismo, movidos por su voluntad mediante la Confirmación y recibimos nuestro ser en esplendor divino al participar de la Eucaristía. Al hacer lo que hace el Hijo, al vivir una vida en Cristo, mostramos que Cristo está plenamente vivo en nosotros: por el fruto se conoce la vid.

Se nos recuerda ahora que el descenso del Hijo inaugura el ascenso de los hijos de Dios. Por los sacramentos, su vida se convierte en el principio mismo de la nuestra. La vida cristiana no es una fórmula, sino una participación en una vida: la Vida de Jesucristo. La vida de Jesucristo crucificado y resucitado (1 Corintios 1,23) es el molde en el que todo cristiano es introducido. Y solo mediante esa participación podemos, como «otros cristos», dar testimonio de la Verdad. (Juan 18,37)

El Verbo se hizo carne, para que nosotros llevemos el Verbo en nuestra carne.

Sobre el autor

Dominic V. Cassella es esposo, padre y estudiante de doctorado en la Universidad Católica de América. El Sr. Cassella es también asistente editorial y en línea en The Catholic Thing.

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