El Papa pide un ecumenismo sinodal hacia 2033

El Papa pide un ecumenismo sinodal hacia 2033

Este 25 de enero de 2026, en San Pablo Extramuros, León XIV clausuró la 59ª Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos con una homilía centrada en san Pablo y en la urgencia de la unidad visible. El Papa habló de la conversión como encuentro transformador con Cristo, reconoció que las divisiones “oscurecen” el rostro con el que la Iglesia debe reflejar la luz de Cristo y lanzó un llamado a profundizar un camino “ecuménico y sinodal”, con la vista puesta en 2033. El problema no es el deseo de unidad —mandato evangélico— sino el marco conceptual que se impone: cuando la “sinodalidad” se convierte en el instrumento privilegiado de la unidad, el riesgo es que el método termine dictando el contenido.

La sinodalidad como “puente”

León XIV recoge una tesis de Francisco: “el camino sinodal… debe ser ecuménico, así como el camino ecuménico es sinodal”. Dicho de otro modo, se propone la sinodalidad como plataforma común para caminar juntos. Pero esta propuesta necesita una advertencia elemental: la sinodalidad no puede convertirse en un sustituto de la doctrina ni en un atajo para relativizar el depósito de la fe.

En nombre de “procesos”, “escucha” y “discernimiento”, se han abierto puertas a debates que, en realidad, estaban cerrados por la enseñanza constante de la Iglesia. Se ha generado una dinámica donde la presión mediática y los consensos locales pretenden reescribir lo que la Iglesia siempre ha enseñado sobre el sacerdocio, la moral sexual, la naturaleza del matrimonio o la autoridad del Magisterio. Si esa misma lógica se exporta al terreno ecuménico, el resultado puede ser un ecumenismo de ingeniería: armonizar estructuras y lenguajes sin resolver el núcleo doctrinal.

La unidad cristiana no se construye con una metodología, sino con la confesión íntegra de la fe. La sinodalidad puede ser útil como forma de consulta y de caridad práctica; pero cuando se absolutiza, se transforma en un “marco” que pide lealtad propia, a veces por encima de la claridad dogmática.

“Sanar la memoria” sin reescribir la historia

El Papa cita la necesidad de “sanación de la memoria”, evocando a san Nerses Shnorhali’ y a san Juan Pablo II. Bien entendido, es justo: la caridad exige purificar resentimientos, reconocer pecados, evitar caricaturas. Pero la “sanación” no puede convertirse en amnistía doctrinal ni en relectura sentimental de rupturas reales.

El ecumenismo maduro no teme nombrar las diferencias. Las asume con respeto, precisamente para no convertir el diálogo en propaganda. Cuando se pide “una sola voz” para comunicar la fe al mundo, la pregunta es inevitable: ¿una sola voz en qué términos? ¿Bajo qué autoridad? ¿Con qué definición de fe? Si la respuesta es “con un consenso sinodal”, entonces el cristianismo se reduce a plataforma ética y cultural, y el Evangelio se vuelve mensaje de convivencia.

Hacia 2033: el peligro de un ecumenismo de calendario

La referencia a 2033 (bimilenario de la Pasión, Muerte y Resurrección) puede incentivar iniciativas valiosas. Pero también puede alimentar un ecumenismo de evento: celebraciones conjuntas, declaraciones, gestos simbólicos. Todo eso es positivo si expresa verdad; es dañino si la sustituye.

La unidad no se decreta por aniversarios. Nace de la conversión —tema central de la homilía—, pero conversión significa volver a Cristo entero, no a un Cristo negociado. San Pablo no se “reconciliò” con el error: se rindió a la Verdad.

Rezar por la unidad es deber. Pero un ecumenismo sin verdad produce una paz aparente; y una sinodalidad sin límites se convierte en un método que termina gobernando la fe. La Iglesia no necesita una nueva ingeniería eclesial. Necesita, como recordó el propio Papa ante la tumba del Apóstol, volver al único punto de partida que transforma todo: el encuentro real con Jesucristo.

Dejamos a continuación la homilía completa de León XIV: 

Queridos hermanos y hermanas:

En uno de los pasajes bíblicos que acabamos de escuchar, el apóstol Pablo se define como «el último de los Apóstoles» (1 Co 15,9). Se considera indigno de este título, porque en el pasado fue perseguidor de la Iglesia de Dios. Sin embargo, no es prisionero de ese pasado, sino más bien «preso por el Señor» (Ef 4,1). Por la gracia de Dios, de hecho, conoció al Señor Jesús Resucitado, que se reveló a Pedro, luego a los Apóstoles y a cientos de otros seguidores del Camino, y finalmente también a él, un perseguidor (cf. 1 Co 15,3-8). Su encuentro con el Resucitado determina la conversión que hoy conmemoramos.

El alcance de esta conversión se refleja en el cambio de su nombre, de Saulo a Pablo. Por la gracia de Dios, aquel que una vez persiguió a Jesús se transformó por completo y se convirtió en su testigo. Aquel que combatía con ferocidad el nombre de Cristo, ahora predica su amor con ardiente celo, como expresa vívidamente el himno que cantamos al comienzo de esta celebración (cf. Excelsam Pauli gloriam, v. 2). Mientras nos reunimos ante los restos mortales del Apóstol de los gentiles, se nos recuerda que su misión es también la misión de todos los cristianos de hoy: anunciar a Cristo e invitar a todos a confiar en Él. Cada encuentro verdadero con el Señor es, en efecto, un momento transformador, que concede una nueva visión y una nueva dirección para llevar a cabo la tarea de edificar el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12).

El Concilio Vaticano II, en el inicio de la Constitución sobre la Iglesia, declaró el ardiente deseo de anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) y así «iluminar a todos los hombres con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia» (Const. dogm. Lumen gentium, 1). Es tarea común de todos los cristianos decir al mundo, con humildad y alegría: «¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela!» (Homilía del inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma León XIV, 18 mayo 2025). Queridos hermanos, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos llama cada año a renovar nuestro compromiso común en esta gran misión, conscientes de que las divisiones entre nosotros, si bien no impiden que brille la luz de Cristo, hacen, sin embargo, más opaco aquel rostro que debe reflejarla sobre el mundo.

El año pasado celebramos el 1700° aniversario del Concilio de Nicea. Su Santidad Bartolomé, Patriarca Ecuménico, invitó a celebrar este aniversario en İznik, y doy gracias a Dios por el hecho de que tantas tradiciones cristianas estuvieran representadas en esa conmemoración, hace dos meses. Recitar juntos el Credo niceno en el mismo lugar donde fue redactado fue un testimonio valioso e inolvidable de nuestra unidad en Cristo. Ese momento de fraternidad nos permitió también alabar al Señor por lo que obró en los Padres de Nicea, ayudándoles a expresar con claridad la verdad de un Dios que se ha hecho cercano a nosotros encontrándonos en Jesucristo. ¡Que también hoy el Espíritu Santo halle en nosotros una inteligencia dócil para comunicar con una sola voz la fe a los hombres y mujeres de nuestro tiempo!

En el pasaje de la Carta a los Efesios elegido como tema para la Semana de Oración de este año, escuchamos repetidamente el calificativo “uno”: un sólo cuerpo, un sólo Espíritu, una sola esperanza, un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, un sólo Dios (cf. Ef 4,4-6). Queridos hermanos y hermanas, estas palabras inspiradas ¿cómo podrían no conmovernos profundamente? ¿Cómo puede nuestro corazón no arder ante su impacto? Sí, «compartimos de hecho la fe en el único y sólo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio» (Carta ap. In unitate fidei, 12). ¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo, manifestémoslo!

Mi querido predecesor, el Papa Francisco, observó que el camino sinodal de la Iglesia católica «es y debe ser ecuménico, así como el camino ecuménico es sinodal» (Discurso a S.S. Mar Awa III, 19 noviembre 2022). Aquello se reflejó en las dos Asambleas del Sínodo de los Obispos de 2023 y 2024, caracterizadas por un profundo celo ecuménico y enriquecidas por la participación de numerosos delegados fraternos. Creo que este es un camino para crecer juntos en el conocimiento mutuo de nuestras respectivas estructuras y tradiciones sinodales. Mientras miramos hacia el bismilésimo aniversario de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús en el 2033, comprometámonos a desarrollar aún más las prácticas sinodales ecuménicas y a comunicarnos mutuamente lo que somos, lo que hacemos y lo que enseñamos (cf. Por una Iglesia sinodal, 137-138).

Queridos hermanos: Al concluir la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, dirijo mi cordial saludo al Cardenal Kurt Koch, a los miembros, consultores y personal del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, así como a los participantes en los diálogos teológicos y otras iniciativas promovidas por el Dicasterio. Agradezco la presencia en esta liturgia de numerosos líderes y representantes de las diversas Iglesias y Comuniones cristianas del mundo, en particular del Metropolitano Polykarpos, por el Patriarcado Ecuménico; del Arzobispo Khajag Barsamian, por la Iglesia Apostólica Armenia y del Obispo Anthony Ball, por la Comunión Anglicana. Saludo también a los estudiantes becados por el Comité para la Colaboración Cultural con las Iglesias Ortodoxas y Ortodoxas Orientales del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, a los estudiantes del Instituto Ecuménico de Bossey del Consejo Ecuménico de Iglesias, a los grupos ecuménicos y a los peregrinos que participan en esta celebración.

Los materiales para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de este año han sido preparados por las Iglesias de Armenia. Con profunda gratitud, recordamos el valiente testimonio cristiano del pueblo armenio a lo largo de la historia, una historia en la que el martirio ha sido una constante. Al término de esta Semana de Oración, recordamos al santo Catholicós san Nerses Shnorhali’, «el Agraciado», que trabajó por la unidad de la Iglesia en el siglo XII. Él se adelantó a su tiempo al comprender que la búsqueda de la unidad es una tarea que incumbe a todos los fieles y requiere la sanación de la memoria. San Nerses también puede enseñarnos la actitud que debemos adoptar en nuestro camino ecuménico, como recordó mi venerado predecesor san Juan Pablo II: «los cristianos deben tener una profunda convicción interior de que la unidad es esencial no para una ventaja estratégica o un beneficio político, sino para bien de la predicación del Evangelio» (Homilía en la celebración ecuménica, Ereván, 26 septiembre 2001).

La tradición nos transmite el testimonio de Armenia como primera nación cristiana, con el bautismo del rey Tirídates en el año 301 por san Gregorio el Iluminador. Demos gracias por cómo, gracias a la labor de intrépidos anunciadores de la Palabra que salva, los pueblos de Europa oriental y occidental acogieron la fe en Jesucristo; y recemos para que las semillas del Evangelio sigan produciendo en este continente frutos de unidad, justicia y santidad, también en beneficio de la paz entre los pueblos y las naciones del mundo entero.

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