ABC titula que “el sínodo alemán forzará la primera decisión impopular de León XIV”. Y solo con eso ya se retrata. No por lo que cuenta, sino por lo que da por supuesto. Es muy revelador: para buena parte del mainstream mediático-eclesial, frenar un disparate doctrinal y eclesiológico sería “impopular”. Es decir, ir contra el llamado Camino Sinodal alemán, ese artefacto híbrido de obispos y laicos con pretensiones cuasi parlamentarias, sería una decisión contra el sentir del “pueblo”. Ahí está el error de base.
Lo que ABC presenta como una disyuntiva arriesgada para el Papa —aprobar o rechazar un organismo que divide abiertamente a la Iglesia en Alemania— en realidad no tiene nada de impopular fuera de esa burbuja autorreferencial. Al contrario: es exactamente lo que el pueblo fiel lleva años esperando. No los aparatos, no las conferencias episcopales hipertrofiadas, no los comités sinodales con lenguaje inclusivo y teología líquida. El pueblo real. El que va a misa. El que cree lo que la Iglesia siempre ha creído. El que está harto de que se le tome por tonto mientras se le vende como “progreso” lo que no es más que ruptura.
Pero estos análisis parten de una confusión interesada: identifican al pueblo con cuatro dinosaurios mediáticos, siempre los mismos, que llevan décadas ocupando platós, columnas y despachos, convencidos de que ellos son la Iglesia. Son irrelevantes, pero hacen ruido. Se enfadan, se indignan, amenazan con cismas que solo existen en su imaginación y con abandonos que nadie lamentaría. Están como esa señora pasada de vueltas que sigue dando vueltas por la calle cuando ya ha amanecido, sin aceptar que la fiesta se acabó hace horas y que nadie la está mirando.
La realidad es otra. La inmensa mayoría de los fieles no quiere experimentos alemanes, ni herejías maquilladas de sinodalidad, ni estructuras paralelas al orden sacramental de la Iglesia. Quieren un Papa que haga de Papa. Que confirme en la fe. Que diga no cuando toca decir no. Que recuerde que la Iglesia no es una ONG deliberativa ni una federación de iglesias nacionales con agenda propia. Eso no es impopular: es literalmente lo mínimo exigible.
Llamar “decisión impopular” a poner freno a una deriva cismática dice mucho más de quien lo escribe que de la Iglesia. Revela hasta qué punto algunos viven encerrados en un mainstream ficticio, donde creen que las cuatro dinosaurias demacradas que aún se resisten a morir representan al pueblo de Dios. No lo representan. Nunca lo han representado. Y cada vez menos.
Si León XIV decide plantar cara al engendro sinodal alemán, no estará desafiando al pueblo fiel. Estará, por fin, escuchándolo. Y eso, aunque a algunos les cueste aceptarlo, no es impopular. Es agua de mayo.