La Hoja Dominical de esta semana de la archidiócesis de Barcelona no se limita a informar. Señala. Y señala con una palabra cargada, gruesa, moralmente infamante: xenófobos. Así califica —sin matices— a quienes se opusieron a la presencia de inmigrantes ilegales alojados en el B9, en Badalona.
No delincuentes. No traficantes. No mafias. No administraciones que miran a otro lado.
No. Xenófobos, los vecinos.
La escena es ya conocida: un barrio popular, una instalación ocupada o habilitada sin consenso, una llegada desordenada de personas en situación irregular, problemas de convivencia, miedo, tensión. Y ante eso, ciudadanos que protestan. Algunos con razón. Otros quizá con torpeza. Pero ciudadanos, al fin.
Desde el palacio episcopal, lejos del portal que se abre de madrugada y del ascensor que deja de funcionar, la respuesta es simple: el reproche moral. El sello. La etiqueta. Xenofobia.
No es doctrina social de la Iglesia. Es retórica ideológica.
Porque oponerse a la inmigración ilegal y descontrolada no es odiar al extranjero. Es constatar un hecho: sin ley no hay caridad, y sin orden no hay acogida posible. La Iglesia lo ha enseñado siempre. Siempre. Con fronteras, con autoridad legítima, con primacía del bien común.
Y oponerse a la ocupación —sí, también cuando la ocupación se disfraza de “emergencia social”— no es insolidaridad: es defensa básica de la justicia. La propiedad no es un capricho burgués; es un derecho natural reconocido por la propia doctrina católica.
Pero Omella prefiere el atajo. El mismo de siempre. El del progresismo eclesial agotado: si no estás de acuerdo, eres moralmente sospechoso.
Así, el obispo no se enfrenta al problema real —la irresponsabilidad política, el colapso de servicios, el abandono de los barrios— sino que culpabiliza al vecino. Al que vive allí. Al que paga. Al que sufre las consecuencias.
Hablar de acogida es fácil cuando no afecta a tu calle.
Predicar la apertura es cómodo cuando no compartes escalera.
Llamar “xenófobo” es sencillo cuando no eres tú quien pierde.
Esto no es pastoral. Es propaganda con sotana.
Y sí, todo esto depende del cardenal Omella. No de un redactor despistado ni de una frase mal entendida. De una línea sostenida, reiterada, y cada vez más ajena a la realidad social de Cataluña.
La Iglesia no puede permitirse insultar a su propio pueblo mientras absuelve a quienes han generado el caos. Porque cuando el pastor desprecia a las ovejas reales para quedar bien con el discurso oficial, deja de pastorear. Y empieza a pontificar desde el aire.