Cordileone llama a «construir una cultura de la vida» desde la amistad con Cristo y la caridad en el combate público

Cordileone llama a «construir una cultura de la vida» desde la amistad con Cristo y la caridad en el combate público

En la Misa previa a la Walk for Life West Coast (Caminata por la Vida de la Costa Oeste), celebrada el 24 de enero de 2026 en la memoria de san Francisco de Sales, el arzobispo de San Francisco, Salvatore Cordileone, situó el combate provida en un terreno que suele olvidarse cuando todo se reduce a estrategia y confrontación: el de la vida espiritual y la amistad con Cristo. Si el cristiano no aprende a “dar la vida” —a rebajarse, a sacrificarse, a perseverar con caridad—, terminará defendiendo la vida con un estilo que contradice el Evangelio.

Cordileone arrancó con una pregunta sencilla, casi doméstica: si supiéramos que vamos a morir mañana, ¿qué les pediríamos a nuestros amigos? Y recordó la respuesta de Cristo en la Última Cena: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.

La amistad con Cristo no es sentimentalismo

El arzobispo advirtió que el mundo contemporáneo tiende a leer ese mandato de Jesús como algo superficial, reducido a afecto y compañía. Pero subrayó el criterio que pone el propio Cristo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

En otras palabras: la amistad verdadera no es emoción, sino entrega. Y esa entrega tiene un precio: “Dar la vida… es decir, sacrificarlo todo por el bien del otro.” De ahí la pregunta decisiva que el arzobispo colocó —sin moralismo, pero sin evasivas—: Cristo ha hecho de nosotros sus amigos al entregar su vida; la cuestión es si queremos ser sus amigos o preferimos vivir “de forma autocentrada”.

San Pablo: la humildad como condición para servir a Cristo

Cordileone puso delante el ejemplo de san Pablo, que se describe a sí mismo como “el más pequeño de todos los santos”. El punto no era hacer un elogio genérico del Apóstol, sino mostrar la lógica del Evangelio: “dar la vida” implica abajarse.

En ese contexto, el arzobispo recordó —a través de la misma Escritura— el catálogo de sufrimientos del Apóstol (azotes, naufragios, peligros, fatiga, hambre, frío…) y su carga interior por las Iglesias. El hilo conductor es claro: la misión cristiana no se sostiene por orgullo o prestigio, sino por humildad. Por eso, Cordileone señaló un obstáculo muy actual: “Demasiadas personas están más preocupadas por su propio prestigio y por hacerse notar que por hacer que Cristo sea visto y conocido en el mundo.”

San Francisco de Sales: firmeza con mansedumbre

Asimismo, Cordileone recordó que san Francisco de Sales vivió en un tiempo de fracturas y hostilidad hacia los católicos, y lo presentó como un modelo de mansedumbre perseverante. Citó la máxima conocida: “una cucharada de miel atrae a más moscas que un barril de vinagre”

El arzobispo evocó episodios concretos de su vida —persecuciones, agresiones y amenazas— para recalcar que la paciencia no es blandura, sino fortaleza contenida. Incluso mencionó que algunos católicos le criticaban por parecer “demasiado suave” con los pecadores; su respuesta, recordó Cordileone, era remitir a lo que pide Cristo: mansedumbre y humildad de corazón.

El estilo provida: caridad real frente a un mundo violento

El tramo final fue el más práctico y, a la vez, el más incómodo. Cordileone describió un mundo atravesado por la violencia y advirtió que a veces se usan tácticas violentas para promover “una de las ofensas más violentas”. Sin entrar en casuísticas, la referencia es transparente: la cultura de la muerte se sostiene también por un clima de agresión moral y emocional.

Y ahí vino la consigna concreta para los católicos provida: “Nuestra respuesta no es devolver los gritos, los alaridos, las maldiciones y los insultos en la misma moneda”, sino responder “con paciencia, amabilidad y verdadera caridad” hacia quienes están “heridos en lo más hondo del alma” y no han alcanzado sanación ni paz.

Cordileone definió ese estilo como una forma cotidiana de “dar la vida” por los amigos, pidiendo a Cristo la gracia de que incluso quienes hoy son adversarios puedan convertirse en aliados “en la gran causa de construir una cultura de la vida.”

Perseverar: el “deseo final” de Cristo

El arzobispo cerró retomando el origen: ese amor sacrificial no es una táctica, sino el “deseo final” de Cristo. “Este fue el deseo final de Nuestro Señor” Y animó a mirar a los santos y mártires como prueba de que esa lógica se puede vivir hoy: perseverar “con paciencia, humildad y caridad”, cargar con el sufrimiento que venga “por el bien del Evangelio de Vida”, y recordar que es entonces cuando el Señor llama a alegrarse, porque la recompensa será grande.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando