El obispo Joseph Strickland habló durante un acto de Catholics for Catholics, en una ceremonia de premios en honor de Tom Homan, presentado como responsable de haber contribuido a rescatar a más de 62.000 niños de redes de trata. En ese contexto, el obispo puso el foco en una cifra que, por su magnitud, no permite eufemismos: unos 250.000 menores seguirían “perdidos” tras los cruces fronterizos durante la administración de Joe Biden. La denuncia, tal como la formuló, es doble: el fenómeno existe y es masivo; y, además, no está recibiendo una respuesta moral proporcionada. En este contexto,Strickland lanzó una acusación directa contra la jerarquía católica estadounidense sobre el silencio ante el drama de los menores traficados tras cruzar ilegalmente la frontera.
El prelado insistió en que la cuestión no puede reducirse a consignas políticas o a sentimentalismos sobre “acogida” desligados de la realidad. “No podemos fingir que las fronteras abiertas son una bendición para nadie”, afirmó, subrayando que sin ley y sin verdad el resultado es el caos. Y cuando el caos se instala, quienes primero quedan a merced de los depredadores son los niños. En su lectura, la tragedia no es accidental, es consecuencia de un marco que, al normalizar la irregularidad, multiplica los espacios de impunidad para las mafias.
Strickland advirtió que cuando “los ministerios” dependen de la financiación estatal “hasta el punto de callar”, la voz profética de la Iglesia se debilita. Y afirmó que “la Iglesia nunca debe lucrarse del sufrimiento de otros”. Es una crítica que apunta, sin rodeos, a la tentación de convertir la acción caritativa en un engranaje administrativo que, a fuerza de subvenciones, termina neutralizando la denuncia.
El obispo no exculpó al pueblo cristiano. Habló de complacencia, de esa facilidad con la que se aprende a convivir con lo intolerable cuando el daño no golpea en la propia puerta. Y enlazó esta crisis con otra más profunda: si una sociedad acepta que el no nacido no merece protección, “las amenazas contra los niños se propagan” después en todas las etapas de la vida. No es un argumento de estrategia, sino de coherencia moral: cuando se rompe el principio, el resto cae por efecto dominó.
Su mensaje final fue una llamada a la conversión y a la oración. Pidió el rezo diario del rosario y reclamó una súplica especial por los pastores —“de Roma a la USCCB”— para que sean pastores de verdad y no “políticos” o “CEOs de una gran corporación”.
En el mismo evento, el presidente de Catholics for Catholics, John Yep, remachó la idea desde un criterio clásico: el juicio sobre una nación se mide por cómo trata a los más vulnerables, especialmente a quienes no tienen voz. Y situó el debate en clave histórica: a las puertas del 250 aniversario del país, decía, Estados Unidos está siendo “juzgado” por lo que haga —o deje de hacer— ante estos menores.