Si aceptamos que la redención pasa por la entrega total de Cristo, queda todavía una objeción decisiva: ¿por qué una muerte cruel, y precisamente en una cruz romana? Esta última parte aborda el vínculo entre cruz y sufrimiento humano: no solo la muerte, también el dolor, la humillación y la soledad quedan asumidos para que nadie pueda decir que Dios le abandonó.
IV
Pero todavía ronda una nueva objeción, y habrá más pues jamás podremos comprender del todo la extensión e intensión de ese amor de Dios. Admitamos que “morir por” es un acto sublime de amor, y que Dios fue fiel a su promesa por todo lo que hizo a través del Hijo:
”Estaba escrito que el Mesías sufriera y resucitase de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la penitencia y la remisión de los pecados a todas las naciones” (Lc. 24, 46-47).
Ahora bien, ¿por qué a través de una muerte cruel, y concretamente mediante una terrible cruz romana? Una ejecución, definida por Cicerón como “crudelissimum taeterrimunque supplicium” “el suplicio más cruel y horrible que existe”. Surge así una pregunta. Si Jesús hubiera muerto pacífica y naturalmente, como tantos otros grandes hombres de la historia tras una vida haciendo el bien ¿se producirían para la raza humana los mismos efectos salvíficos que los que nos reportó su agonía y muerte en una cruz?
Sin duda que sí. Pero aún quedaría un cabo suelto, el del sufrimiento humano causado por el pecado. Si Dios se encarna para dar la vida por todos, y sólo se solidariza con ellos en la muerte, pero deja de lado todos los dolores de la humanidad, se abriría el Cielo para los hombres, sí, pero su compromiso con la humanidad, herida por el pecado, no hubiera sido pleno. Por eso dice la Epístola a los Hebreos que «convenía perfeccionar a través de padecimientos al que iba a abrir el camino de la salvación» (Hb. 2,10), de modo que «una vez probado Él personalmente por lo que ha padecido pueda ayudar a los que están siendo probados» (Hb. 2,18).
Pudiera entonces pensarse que Cristo escogió la cruz (el más infamante instrumento de muerte de su tiempo), precisamente por eso mismo, por ser «el más cruel y horrible que existe”. Una explicación, a mí juicio, más dramática y sentimental que real.
Yo pienso que no lo eligió por eso. Más bien lo hizo porque ese suplicio representaba para el judío la figura del pecado (“Maldito el que cuelga de un madero” Dt. 21, 23), y para el romano el desagüe de lo más infame de la sociedad (patíbulo de esclavos, bandidos y rebeldes). En la cruz de Jesús, pues, convergen los demonios de los dos mundos: del mundo hebreo, el pecado, y del universo pagano, el mal. La redención abraza así -con los brazos abiertos del crucificado- todo el infierno del hombre caído, sea judío o pagano. Cristo no quiso asumir sólo la muerte, también el dolor físico y -sobre todo- moral: sufrir en sus carnes el estado del hombre caído pese a ser Él la Santidad encarnada. Es decir, abrazar todos y cada uno de los efectos directos o indirectos del pecado humano, sin que ningún aspecto quede fuera. El compromiso de Dios con el hombre lo abarca todo; el infierno que puede sufrir un hombre lo padeció El. Nos lo entregó todo, y fue golpeado por todos. Literalmente “fue traspasado por nuestros pecados”.
La cruz, como icono perfecto del dolor, la humillación, la soledad, la muerte, ha sido en última instancia la respuesta de Dios, llamado “Enmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mt. 1, 23) al problema del hombre y de su libertad, cuya consecuencia más nociva es nuestro mundo con estructura de pecado que nos aleja de Dios. Ya sabemos que Dios está “con nosotros”, pero sobre todo –mientras sufrimos el dolor y la injusticia- está colgado en la cruz. La cruz quiso, de este modo, servir de referencia a cada persona sufriente, inmersa en la mayor de las angustias físicas y morales, tentada a pensar que ha sido olvidada por Dios y que no puede caer más bajo. De ahí la queja del salmista: “Dios mío, de día clamo y no contestas; de noche y no hay respuesta para mí” (…) Pero yo soy un gusano, que no un hombre, vergüenza de todos, escarnio de la plebe” (Sal. 22).
Así reflexionaba también Job, el prototipo de hombre doliente antes de la cruz de Cristo. Pero tras haber estado Él entre nosotros, clavado en un madero, la gran pregunta de todo cristiano es la siguiente: qué preferimos, no sufrir en ningún caso el dolor o asumirlo gallardamente con la certeza absoluta de que mi Dios y mi Salvador ha padecido por mí. Y que, unido al de Cristo crucificado, verdaderamente me salvo, e incluso puedo salvar a muchos, vinculándome a su cruz redentora. Por supuesto, el cristiano no es un masoquista, no debe buscar el dolor por el dolor pues el mismo Cristo oró a su Padre en Getsemaní para que se lo evitase. Pero una vez dentro del mismo, nuestra mirada debe estar fija siempre en el crucificado. El dolor, en fin, es la prueba definitiva, el termómetro que marca la calidez y autenticidad de nuestra fe.
Por tanto, a partir de Jesús crucificado, nadie que “desde lo más profundo, clame a ti, Yahveh” (Sal. 129), puede pensar que Dios no está con él, y que le ha abandonado. Por eso Jesús exclamó en la cruz el abandono del Padre, para que ningún hombre se sienta tentado a hacerlo, ni en las circunstancias más dramáticas y adversas. Perdonó nuestros pecados por su muerte y su resurrección, se erigió en la referencia definitiva de la humanidad enferma y pecadora por el instrumento de la cruz, y llenó de esperanza el terrible trance del inevitable sufrimiento humano. El dolor ya no tiene la última palabra de desesperanza. El cristiano que acoge su sufrimiento con fe se cristifica. Es decir, se diviniza, la paradoja de las paradojas.
En definitiva, en la cruz observamos el mal desde una perspectiva racional y política (punto de vista pagano) pero también religiosa (perspectiva hebrea). Quiso Dios, por lo tanto, abarcar mediante la realidad y simbología de la cruz, toda la vasta geografía del infierno humano en sus múltiples facetas: el rechazo y condena de todas las autoridades legítimas, religiosas y políticas; la traición y cobardía de los amigos, el cruel ensañamiento de los enemigos, el sufrimiento hasta morir de dolor, y la soledad absoluta. Ni una aflicción corporal o moral quedó fuera para que ante cualquier faceta del sufrimiento humano se pueda tomar como referencia, no a un Dios encumbrado en su omnipotencia celestial, sino clavado en una cruz y escarnecido. Por eso San Pablo, que comprendió por sus experiencias místicas (2 Cor. 12, 2-4) hasta los últimos recovecos de esta “locura”, llegará a decir que “a mí nunca me acontezca gloriarme sino en la cruz de nuestro señor Jesucristo” (Gal. 6, 14). Por eso, ante el escándalo y la locura de la cruz, todo cristiano debe elevar los ojos al cielo y sentir tal sobreabundancia de agradecimiento que le lleve a iniciar una nueva vida en la que pueda exclamar, como Pablo: “Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mi”.