El obispo de Córdoba, Jesús Fernández, lamentó este domingo en Adamuz que la “confusión” existente entre las distintas autoridades impidiera que los sacerdotes desplazados hasta el lugar del accidente ferroviario pudieran administrar los últimos sacramentos a los heridos. Así lo expresó en declaraciones a los medios de comunicación antes de presidir la misa funeral en memoria de las 45 víctimas mortales del siniestro ocurrido el pasado 18 de enero.
Según explicó el prelado, se trató de un momento extraordinariamente complejo, marcado por una situación a la que ni los servicios de emergencia ni las propias autoridades están acostumbrados. En ese contexto, señaló que posiblemente no se tuvo en cuenta la opción de permitir el acceso de los sacerdotes al lugar de los hechos para atender espiritualmente a las víctimas, al entender que los fallecidos ya habían muerto y que a los heridos solo podía ayudárseles desde el punto de vista sanitario. A su juicio, esa falta de comprensión de la dimensión espiritual provocó una confusión general que dejó sin atención sacramental a quienes se encontraban en situación grave.
Las palabras del obispo permiten poner el acento en una realidad que con frecuencia queda relegada en situaciones de emergencia: la misión propia de la Iglesia no es únicamente acompañar o consolar, sino ofrecer los sacramentos, especialmente cuando la vida se encuentra en peligro. La confesión, la unción de los enfermos y la comunión no son gestos secundarios, sino el centro de la acción pastoral en momentos en los que el ser humano se enfrenta a la muerte.
Que hubiera sacerdotes desplazados e intentando acceder al lugar del accidente es un signo claro de una Iglesia presente desde el primer momento, consciente de su responsabilidad pastoral y dispuesta a actuar incluso en medio del caos. Lejos de una Iglesia ausente o pasiva, lo ocurrido muestra una voluntad real de estar en primera línea, allí donde el sufrimiento es más intenso y la necesidad espiritual más urgente.
El propio obispo quiso destacar, junto a esta carencia, la rápida respuesta de la parroquia de Adamuz y de los vecinos del municipio, subrayando el “despliegue impresionante” realizado para atender a las víctimas y ayudar también a quienes llegaron después a comprender la magnitud de lo sucedido. Asimismo, relató cómo desde el obispado se intentó estar presente desde el primer momento, primero a través del párroco y después personalmente, cuando aún muchas familias aguardaban noticias de sus seres queridos en medio de una esperanza que se iba apagando con el paso de las horas.
En su mensaje pastoral, monseñor Fernández insistió en la necesidad de acompañar ahora a las familias, de abrazarlas y de alzar la mirada al cielo con la memoria de los fallecidos, apelando a la fe, la comunión y la fraternidad como únicas vías para continuar tras una tragedia de tal magnitud. En esa línea, recordó que mientras los sanitarios atienden a los heridos y muchos intentan consolar a los familiares, a la Iglesia le corresponde una tarea específica: rezar por los muertos y ofrecerles el auxilio espiritual que la fe católica considera esencial.
Lo sucedido en Adamuz pone de manifiesto una incomprensión cada vez más extendida sobre el papel de la Iglesia en el espacio público, especialmente en situaciones límite. Impedir el acceso de los sacerdotes no fue solo una decisión operativa, sino el reflejo de una sociedad que ha ido perdiendo la conciencia del valor de los sacramentos y de la dimensión trascendente de la vida y de la muerte. Frente a ello, los numerosos testimonios de fe surgidos en torno a esta tragedia muestran que una parte importante del pueblo sigue reclamando una respuesta auténticamente cristiana, muy distinta de los homenajes civiles y ceremonias laicistas que, para muchos, resultan insuficientes y ajenas a su dolor.
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