El secretario de Unidad de los Cristianos pone como ejemplo un texto clave del luteranismo como modelo de ecumenismo hacia el 2030

El secretario de Unidad de los Cristianos pone como ejemplo un texto clave del luteranismo como modelo de ecumenismo hacia el 2030

Escrita por el teólogo protestante Philip Melanchthon y presentada en 1530 al emperador Carlos V, la Confessio Augustana no es un folleto piadoso ni un ejercicio de “búsqueda común”: es uno de los textos fundacionales del luteranismo, es decir, un documento nacido para plantar cara a Roma en cuestiones nucleares de la fe y la vida sacramental. Pues bien, ahora resulta que en el Vaticano hay quien la propone como “modelo” para redescubrir un terreno común entre cristianos, con la vista puesta en una conmemoración ecuménica prevista para 2030.

Este 22 de enero, el secretario del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, el arzobispo Flavio Pace (en foto), se permitió el gesto en una entrevista con Vatican News, revestido del lenguaje habitual de este ecumenismo de despacho: “Tras la crisis con Martín Lutero, se intentó encontrar un punto de encuentro, una profesión de fe compartida… Es importante conmemorar ese texto para redescubrir un fundamento común…”. Es decir: se toma como referencia positiva un escrito que precisamente se redactó para negar —o erosionar— aspectos esenciales del catolicismo.

Un documento nacido para confrontar la fe católica

La Confessio Augustana no es un documento “puente” en sentido católico. En ella se cuestionan, entre otras cosas, la comprensión de la Misa como sacrificio, la disciplina y la teología de la penitencia, la visión tradicional de la confesión, el celibato sacerdotal y otras materias que no son periféricas, sino que tocan el nervio de la identidad católica. No se trata de “matices” históricos superables con buena voluntad. Se trata de puntos de ruptura.

Y por eso, en su momento, la Iglesia no respondió con sonrisas diplomáticas, sino con doctrina. La Confutatio Augustana, elaborada por teólogos pontificios, contestó de manera detallada las tesis luteranas y exigió el retorno a la fe católica romana íntegra. Aquel pulso doctrinal no quedó en un papel: se retomó y se desarrolló con precisión en el Concilio de Trento, que definió con claridad lo que estaba en juego. Eso es historia, sí, pero es también magisterio.

La normalización en el discurso de la Iglesia

Lo inquietante del episodio no es solo el elogio de Pace, sino el marco en el que encaja: la idea —ya instalada— de que la unidad se construye a partir de un “mínimo común” y que lo demás puede quedar como “controversias” con fecha de caducidad. En esa línea, el propio León XIV ha dado señales elocuentes. En su carta apostólica In Unitate Fidei habría minimizado el Filioque, calificándolo como una controversia teológica que ha “perdido su razón de ser”. Si una verdad de fe puede presentarse así, como una disputa de otro tiempo, el resto ya viene rodado: cualquier diferencia puede rebajarse a “malentendido” si estorba al relato ecuménico.

De cara a 2030, la pregunta no es si se celebrará un aniversario más con fotos y gestos simbólicos. La pregunta es qué se pretende conmemorar exactamente, ¿un intento histórico de los reformadores por justificarse ante el Emperador… o la verdad católica que respondió con contundencia y que luego fue afirmada en Trento? Porque, si se toma como “modelo” un texto que nació para impugnar el catolicismo, el riesgo no es solo diplomático. Es doctrinal y pastoral. Acostumbrar a los fieles a que lo que ayer fue error hoy se presente como “fundamento común”.

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