El obispo de Ventimiglia–San Remo (Italia), mons. Antonio Suetta, se ha pronunciado sobre la ofensiva política y mediática contra la iniciativa de la campana por la vida que suena cada día a las 20:00 desde la sede episcopal de Sanremo en memoria de los niños no nacidos. El gesto, lejos de pasar desapercibido, ha desatado una reacción furiosa de la CGIL (sindicato italiano), que lo acusa de “patriarcado”, de “violencia” y de “culpabilizar a las mujeres”. Suetta ha respondido en TV Verità que el objetivo no es señalar a nadie, sino recordar un principio básico: “no matarás”.
Lea también: Una campana por la vida, un escándalo para la izquierda italiana
La campana —explica el prelado— no es una ocurrencia de último minuto. La iniciativa nació en 2021 dentro de los “40 días por la vida” que la diócesis realiza cada año como preparación a la Jornada por la Vida, que en Italia se celebra el primer domingo de febrero. La campana fue fundida en 2021, bendecida y presentada el 5 de febrero de 2022, pero por obras en la sede episcopal no había podido colocarse de manera estable. Este año, finalmente, quedó instalada en la torreta de Villa Giovanna d’Arco, sede de la curia en el centro de San Remo, y comenzó a sonar el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes.
Una campana para rezar… y para despertar conciencias
Suetta insiste en el sentido religioso y moral del gesto. En primer lugar, dice, es una llamada a la oración por todos los implicados en “el gran drama”: los niños que no llegaron a nacer —tanto por abortos provocados como espontáneos—, las madres, las familias, médicos, sanitarios y la sociedad entera. En segundo lugar, la campana actúa como “monición para la conciencia”: no para “apuntar con el dedo”, sino para recordar un principio que califica como “sacrosanto”: la vida humana no es disponible.
La acusación de la CGIL: “¿y por qué no por los migrantes, las guerras o las mujeres asesinadas?”
El sindicato ha respondido con el clásico reproche del “¿por qué no…?”, enumerando tragedias: migrantes muertos en el mar, feminicidios, conflictos bélicos. Suetta rechaza esa lógica —la llama abiertamente “benaltrismo”— y puntualiza que, como diócesis y personalmente, se ha implicado y se implica en acciones de solidaridad y oración por muchas de esas realidades, especialmente en una zona fronteriza como la suya, donde el fenómeno migratorio es cotidiano.
Sobre este tema, dice, ha caído “voluntariamente la conjura del silencio”, explica Suetta, y añade que la polémica, en el fondo, le parece útil porque amplifica lo que se quiere ocultar.
“Patriarcado” y “misericordia”: el choque ideológico
La CGIL le acusa de sostener la “cultura patriarcal” y de imponer su visión a una comunidad, en contradicción —dicen— con la misericordia religiosa. Para Suetta, así como para la Iglesia Católica, el patriarcado no tiene nada que ver con el núcleo del problema, el centro es “el abortado”, un ser humano. Todo lo demás puede existir alrededor, pero no puede desplazar el principio. La vida es sagrada e inviolable.
Añade además que la primera misericordia debe dirigirse a la vida inocente e indefensa que es eliminada. Y recuerda que la Iglesia, en su experiencia, ha tendido la mano de múltiples maneras a mujeres en dificultad, tanto a quienes temen la maternidad como a quienes han abortado y cargan con culpa o traumas.
“No es un derecho: es un delito”
Sobre la presión internacional —incluido el debate europeo— para presentar el aborto como “derecho”, Suetta afirma que “no es un derecho, sino un delito”. El paso de entenderlo como un recurso “extremo” a elevarlo a bandera de emancipación y promoción femenina es la deriva cultural de nuestros tiempos. Cita como ejemplo el reconocimiento del aborto en la Constitución francesa y habla de una “antropología equivocada”, una “desestructuración del hombre” y un rechazo de principios cristianos —y aun de la simple razón—.
La campana seguirá sonando “siempre”
La campana no es un gesto puntual para una campaña, sino una señal permanente. Suetta confirma que seguirá sonando todos los días, de forma estable, y reivindica la necesidad de parresía: llamar las cosas por su nombre, con claridad, sin miedo. Y admite que en la Iglesia hay a veces “timidez”: comprender y acompañar es necesario, dice, pero llegado el momento hay que indicar la dirección.