TRIBUNA: En Defensa de la Teología del Cuerpo (III)

Por: Oswaldo Lozano

TRIBUNA: En Defensa de la Teología del Cuerpo (III)

El error “tradicionalista” de afirmar que la humanae vitae y la teología del cuerpo son una ruptura con la “doctrina tradicional” de la iglesia.

Ni la Humanae Vitae del santo Papa que permitió el desprecio a la Santa Misa de rito tridentino —que se había celebrado con el misal de San Gregorio Magno en mano desde alrededor del año 600— y que además fue el encargado de imponer la “nueva misa” en 1969, la cual traslada su esencia del sacrificio del Señor Jesús el Viernes Santo en el Gólgota al banquete pascual del Jueves Santo en el aposento alto; ni la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II, que buscó profundizar, explicar y demostrar que lo propuesto en Humanae Vitae es verdad, rompen con la doctrina tradicional de la Iglesia, pues no niegan ninguno de los tres fines o bienes del matrimonio. Ponernos a defender la “jerarquía de los fines del matrimonio”, en nombre de tener que ser fieles a una “doctrina tradicional” que parece que, con la muerte del papa Pío XII, la Iglesia ya no tiene nada más que decir ni que enseñar, hace más daño que beneficio, sobre todo en un mundo maniatado por la cultura woke y la satánica ideología de género, además de estar permeado por cada vez más técnicas artificiales de reproducción asistida, ante las cuales la “doctrina tradicional” parece sucumbir sin saber qué más decir, fuera de repetir lo mismo de siempre sin que nadie le haga caso.

El que el gran papa Pío XII haya reafirmado —como hemos dicho—, en un documento que no era escrito por él sino solamente avalado por su firma, y en una conferencia de menor peso doctrinal que cualquier documento escrito, la jerarquía de los fines del matrimonio y haya condenado que se invirtiera dicha jerarquía, definitivamente no cierra la puerta a que haya un genuino “desarrollo de la doctrina”. Ciertamente, la Tradición de la Iglesia no le puso gran atención a esto, pues, como ya se ha dicho, parecía que la Iglesia consideraba como el ideal de la vida cristiana aquella vivida heroicamente, propia de los célibes, las vírgenes, los monjes, los ermitaños del desierto, los sacerdotes y los obispos, mientras que los matrimonios tenían como misión principal tener hijos y educarlos, subordinando a ello evitar divorcios y adulterios.

Que el matrimonio tuviera como prioridad la procreación y educación de los hijos, luego la llamada ayuda mutua (de la que convendría explicar y profundizar con muchísimo más detalle) y el famoso, nada claro, “remedio para la concupiscencia”, me lleva a preguntarme: ¿cuál es el tan grave problema de considerar los tres fines o bienes del matrimonio con el mismo nivel de importancia? ¿Acaso estos fines o bienes no están siempre intrínsecamente unidos y cada uno sostiene al otro? ¿Acaso la realidad del sacramento del matrimonio no implica la observancia estricta de los tres fines, siempre? ¿O acaso se puede escoger entre observar uno en vez de otro, lo que implicaría tener que escoger el de mayor “jerarquía” en detrimento de los otros dos, o de uno de ellos al menos? ¿Qué significa realmente esta “jerarquía”? Parecería que lo que más preocupaba al Santo Oficio en su documento De Finibus Matrimonii es que los fines del matrimonio fueran igualmente principales, pero por encima de ello, que fueran independientes; y eso es precisamente lo que hemos intentado evitar afirmar aquí. Hemos afirmado claramente que es imposible que se dé un fin o bien del matrimonio sin el otro: los tres dependen uno del otro; se necesitan. Que la indisolubilidad del sacramento y el amor y la fidelidad de los esposos se subordinen a la procreación y educación de los hijos no implica que darles a los tres bienes o fines la misma importancia sea en detrimento de la procreación o abra la puerta a la contracepción o autoesterilización. Además, si se entiende correctamente el amor de los esposos ungidos con el sacramento del matrimonio, nos damos cuenta de que, como veremos más adelante, es el medio más eficaz para la educación de los hijos en la verdad, en el amor y en la fe.

Además de lo dicho hasta aquí, llama la atención que, en Gn 2, 23-24, después de la fascinación propia del “hueso de mis huesos y carne de mi carne”, Dios dice: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”, sin mencionar nada acerca de la procreación. Por otro lado, llama la atención el hecho de que, en el relato de la creación del primer capítulo de Génesis, la diferenciación sexual del hombre, como varón y mujer, es la característica primordial que identifica el autor de dicho relato de la creación con respecto a la imagen de Dios en la cual el hombre ha sido creado. Debemos preguntarnos: ¿qué implicación hay en el hecho de que la imagen de Dios en la que el hombre ha sido creado se relacione, antes que otra cosa, con la diferenciación sexual humana? ¿Por qué Gn 1, 27 establece como característica prioritaria del hombre como imago Dei la diferenciación sexual humana de ser varón y mujer, y no la inteligencia, la voluntad, la libertad u alguna otra característica también propia de la naturaleza humana? Con esto no estoy sugiriendo que el hombre sea creado a imagen de un Dios que es cuerpo. Por supuesto, el significado de la imago Dei en el hombre, sexualmente diferenciado en el cuerpo, tiene una connotación mucho más allá de la corporeidad humana, pues la Santísima Trinidad es Espíritu y no es cuerpo.

Y vemos cómo el Señor Jesús une estos dos versículos de los dos distintos relatos de la creación al responder a la pregunta de los fariseos acerca del divorcio. El Señor Jesús dice: “¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y mujer, y que dijo: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19, 4-6). No hace el Señor Jesús ninguna mención de la procreación en esta unión del varón y la mujer en una sola carne, y con esto no estoy negando ni poniendo en duda siquiera el intrínseco fin o bien de la procreación: simplemente menciono que no es referido de manera jerárquica.

Además de esto, en la Carta a los Efesios, san Pablo establece que el gran misterio de unión de Cristo con la Iglesia es de carácter nupcial o esponsal, como quiera llamarse. ¿Por qué será que este gran misterio de Cristo y la Iglesia se explica en la Carta a los Efesios cuando se habla de la relación de los maridos con sus esposas? ¿Por qué la Carta a los Efesios, en el versículo 31 del capítulo 5, cita Gn 2, 24 y no cita otro pasaje de la Sagrada Escritura? Ni siquiera hace mención de la procreación, aunque sabemos que siempre está implícita. La Iglesia es la Madre de los hijos de Dios: ella da a luz a los hijos de Dios mediante el Bautismo y los nutre, santifica y educa mediante los demás sacramentos, cuya gracia brota de la cruz del Señor Jesús. Podemos ver que el énfasis de este gran misterio entre Cristo y la Iglesia es el amor que el marido debe tener por su esposa, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, mientras que la esposa debe ser sumisa a su marido como al Señor, tal como la Iglesia debe ser sumisa a Cristo. Volvemos a la pregunta: ¿por qué el gran misterio de unión de Cristo con la Iglesia se entiende en términos nupciales y no de otra manera? ¿Por qué no se habla de procreación explícitamente en Ef 5, 21-33?

Ahora bien, si Pío XII rechaza la teoría de que “el mutuo amor y la unión de los esposos deberían ser desarrollados y perfeccionados por la autoentrega corporal y espiritual” en el documento De Finibus Matrimonii que promulga el Santo Oficio, entonces ¿qué significa el matrimonio para la Iglesia preconciliar? ¿Qué significan los pasajes de los dos relatos del libro del Génesis aquí mencionados y que el Señor Jesús une en el Evangelio de san Mateo? ¿Cómo interpreta el gran papa Pío XII el gran misterio entre Cristo y la Iglesia mencionado en la Carta a los Efesios? Si el principal fin del matrimonio es la procreación y educación de los hijos, entonces pregunto:

Si se habla del riesgo del pecado venial o hasta mortal de no considerar la prole como el fin y bien primero del matrimonio, que pudiera causar la reducción del encuentro conyugal íntimo de los esposos a un momento de placer instrumentalista, ¿no habría riesgo también de que, si se considera que la prole es jerárquicamente prioritaria sobre cualquiera de los fines del matrimonio, al no llegar los hijos los esposos sintieran la tentación de separarse y buscar otra pareja que fuera fértil, o de recurrir a la fecundación in vitro, o a cualquiera de las técnicas artificiales de reproducción asistida?

Dicho sea de paso, san Juan Pablo II, explícitamente y durante varias catequesis, afirmó tajantemente y sin ambigüedades que el pecado no venial del adulterio podría darse en el matrimonio cuando, particularmente y con más frecuencia, el esposo redujera a su esposa a un instrumento de placer, lo cual va de la mano, muy seguramente, aunque no necesariamente, con el uso pecaminoso de la contracepción. Por eso san Juan Pablo hablaba, desde antes de ser papa y también en su Teología del Cuerpo, acerca de la diferencia de la mirada y de los dinamismos corporales propios de la sexualidad del varón y la mujer, que, de no entenderse bien, abrirían la puerta a la posibilidad de que el esposo utilizara a su esposa para satisfacerse él solamente, sin tomar en cuenta —por no entender— que la manera de vivir la sexualidad de su esposa es muy distinta a cómo la vive él.

En ningún momento la Teología del Cuerpo pone en riesgo el no afirmar que siempre los matrimonios deben estar abiertos a la vida en cada encuentro conyugal de los esposos en la intimidad y, obviamente, está la grande, grandísima, casi segura posibilidad de recibir de Dios el altísimo don y vocación de la paternidad y maternidad. En el consentimiento matrimonial se acepta la siempre disponibilidad de recibir ese don, con o sin deseo de recibirlo, pues no siempre se desea, ciertamente. Por eso se habla hoy de paternidad responsable, término que también ahora resulta que condenan los tradicionalistas y/o recalcitrantes tomistas.

Pero, reitero, de ahí a que los matrimonios se establezcan “para tener hijos sí o sí” como bien o fin primordial me parece fragmentario. Los novios se casan para ayudarse uno al otro a alcanzar la vida eterna y muy posiblemente el camino incluya vivir como esposos siendo padres de familia. ¿Llegarán los hijos y el llamado consecuente a la vocación a la maternidad y paternidad? Muy seguramente sí, y reitero que siempre, siempre, siempre debemos estar abiertos a recibir ese don; pero ¿qué pasa si una mujer se casa a una edad en la que sus años de fertilidad ya pasaron? ¿Cuál es el fin primordial para ella en el matrimonio, entonces? ¿Acaso la Tradición de la Iglesia ha impedido el sacramento del matrimonio a una pareja mayor de edad cuyos años de fertilidad de la mujer hayan terminado? Si ha sido así, por favor, instrúyame alguien, porque no sé si me perdí de algo.

Ahora que se han descubierto los períodos fecundos e infecundos del ciclo de la mujer y la paternidad responsable consiste en abrirse con generosidad a recibir el don de una familia numerosa o, por serias razones (que la Iglesia debería catequizar sobre ellas), buscar evitar por un tiempo o permanentemente los nacimientos de los hijos utilizando métodos que respeten la ley inscrita en el cuerpo de la mujer aquí mencionada, enseñando que el abrazo íntimo de los esposos debe consumarse con la eyaculación de él dentro del vientre de ella y, por tanto, dejando la decisión a Dios Nuestro Señor de crear o no una nueva vida humana en el vientre de la mujer, pregunto: ¿qué propondrán ahora los tradicionalistas? ¿Propondrían que únicamente haya intimidad conyugal los días en que se descubra que la esposa es fértil y está lista para concebir? ¿Esa sería la propuesta tradicionalista actual, aprovechando que ya se pueden descubrir, con altísimo nivel de certeza, los días del mes en que la mujer está ovulando? San Pablo dijo en 1 Co 7, 5: “No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia”. ¿Acaso dijo san Pablo: “Volved a estar juntos para que sigáis teniendo hijos”?

Con lo dicho aquí no se está ignorando que recurrir a los períodos infecundos de la mujer para tener intimidad conyugal pudiera tener una mentalidad e intención contraceptiva. Por supuesto que ese es un escenario muy posible y, de no ser enseñadas adecuadamente y de no ser catequizadas las “serias razones” para evitar los nacimientos de los hijos, la paternidad responsable pudiera llegar a ser una forma de “contracepción natural” en muchos matrimonios, que sentirían que viven la auténtica espiritualidad conyugal por no estar utilizando medios artificiales ni estar tomando ninguna clase de píldoras o medicamentos. Es por eso que tanto san Pablo VI, en Humanae Vitae n. 16, como san Juan Pablo II, en Familiaris Consortio n. 32, afirman que es lícito renunciar a hacer uso del matrimonio en los períodos fecundos para evitar la procreación, durante un tiempo o permanentemente, pero solamente por razones serias y plausibles. El gran problema —que sería deshonesto no reconocer— es que esas razones es posible que no sean tan serias ni plausibles, y la Iglesia debería catequizar sobre ellas, aunque no parece ser un tema ni de cerca prioritario en las insignificantes catequesis prematrimoniales que se ofrecen en la mayoría de las parroquias de la Iglesia actual.

Dice la Dama Católica, ex Perpleja, que ha sido condenado por la doctrina tradicional que el bien de los esposos sea superior al bien de los hijos. Sin afirmar ningún fin o bien del matrimonio como superior a cualquiera de los otros dos, pregunto: ¿acaso lo que más impacto tiene en la educación de los hijos no es que ellos vean y sientan que papá y mamá se aman mucho entre ellos? ¿No se dan cuenta del inmenso daño que hay en los hijos de la gran mayoría de los matrimonios rotos y familias disfuncionales? ¿No constituye, además de un inmenso dolor, ver el maltrato de papá hacia mamá —o viceversa— y la huella tan profunda que deja en la memoria y en la psique de los hijos? ¿Acaso si papá y mamá se aman mucho no serán los mejores educadores de sus hijos, incluso por amor del uno al otro? ¿Acaso el amor del esposo por su esposa no lo lleva a tratar de ser mejor papá de los hijos de ella, y viceversa? ¿Para qué andar jerarquizando los fines del matrimonio cuando no puede darse uno sin el otro? Insisto: por el hecho de que el amor y la fidelidad de los esposos, unidos por la gracia del sacramento indisoluble del matrimonio, constituyen el mejor contexto para una adecuada educación de los hijos, jerarquizar estos bienes confunde más de lo que ayuda y parecería como si la jerarquización fragmentara más de lo que une.

La Carta Encíclica Humanae Vitae del papa san Pablo VI estableció claramente que “la Iglesia… al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del encuentro conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el encuentro conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el encuentro conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad”. Díganme, por favor, los tradicionalistas: ¿qué tiene esta enseñanza de ruptura con la “doctrina tradicional”? ¿Cuál es la obsesión con la “jerarquía” de los fines del matrimonio? ¿Será porque únicamente la dijeron los grandes san Agustín y santo Tomás de Aquino y porque fue mencionada por el Catecismo Romano y, por tanto, haya que ser fieles a eso al pie de la letra sí o sí, sin considerar como posible una ulterior reflexión y una profundización en esa doctrina, sin negar ni contradecir lo que se ha dicho? ¿Acaso no hubo un auténtico “desarrollo de doctrina” respecto a la comprensión que la Iglesia ha hecho del destino eterno de los fetos o los bebés que, contrayendo el pecado original, jamás cometieron un pecado libremente, ni siquiera venial? Desde que san Agustín pensaba que todo bebé o feto que moría sin ser bautizado, su alma sería condenada al fuego eterno en el infierno, y pasando por el resto de la Patrística, luego por santo Tomás de Aquino y por toda la Escolástica medieval, hasta llegar al documento de la Comisión Teológica Internacional, que publicó en enero de 2007 concluyendo que existen “poderosas razones para esperar que Dios salvará a estos niños cuando nosotros no hemos podido hacer por ellos lo que hubiéramos deseado hacer, es decir, bautizarlos en la fe y en la vida de la Iglesia”, ¿no sería esto un claro ejemplo contundente de un genuino “desarrollo de doctrina”? ¿Acaso la Teología del Cuerpo según san Juan Pablo II no pudiera ser también un auténtico “desarrollo de doctrina” respecto a la llamada “doctrina tradicional” sobre el matrimonio? ¿Qué sería lo que impediría que esto fuera así?

San Juan Pablo II estableció con toda claridad y sin ambigüedad que “según el criterio de esta verdad, que debe expresarse con el ‘lenguaje del cuerpo’, el encuentro conyugal no sólo ‘significa’ el amor, sino también la potencial fecundidad, y por eso no puede ser privado de su pleno y adecuado significado mediante intervenciones artificiales… [Cuando el encuentro conyugal es] privado de su verdad interior, por ser privado artificialmente de su capacidad procreativa, cesa también de ser un acto de amor” (Audiencia general del 22 de agosto de 1984). ¿Qué tiene esta enseñanza de ruptura con la “doctrina tradicional”?

Continuará en la Parte IV

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