TRIBUNA: La locura de la Cruz (III)

Por: Luis López Valpuesta

TRIBUNA: La locura de la Cruz (III)

El sacrificio por otro puede parecer “locura”, pero es una locura noble. Si quien se entrega es Dios, ¿por qué encarnarse y morir de ese modo? La clave —sostiene el texto— está en la libertad humana y en la forma concreta en que Dios salva sin violentarla.

III

Asentada esa verdad sobre la bondad en general del sacrificio por los demás, surgen las más graves objeciones en el caso de Cristo. Si un hombre muere por otro es meritorio, de acuerdo. Pero si es Dios quien lo hace se dirá que es absurdo; y si encima lo efectúa a través del sufrimiento, que es además cruel, repelente y sadomasoquista. ¿Por qué tuvo que realizar esa salvación a través de un procedimiento cruento y escandaloso? ¿No era Dios; no podía evitarnos una referencia tan desoladora como la figura de un crucificado?  Si nos creó con una Palabra, ¿por qué no nos redimió con otra sola Palabra, pronunciada desde la gloria inmarcesible del Cielo?¿Por qué esa Palabra tuvo que encarnarse, vivir como un hombre y morir de una manera tan ignominiosa? En definitiva, si un héroe humano pudiese lograr por otros medios (es decir, sin su sangrienta inmolación) los mismos resultados ¿No sería su sacrificio hasta la muerte no sólo un derroche inútil sino un acto en rigor cruel, repelente y sadomasoquista? ¿No es Dios omnipotente? ¿Por qué no salvarnos directamente mediante un mero fiat?

Las objeciones expuestas son poderosas, pero intentemos llegar al corazón del problema. En primer lugar, la expiación de nuestros pecados operada por Jesucristo sería incomprensible si prescindimos del aspecto más esencial de la naturaleza humana: su libertad. La libertad humana es la condición necesaria no solo para entender la naturaleza del hombre (y el pecado que nos aleja de Dios) sino también todas las acciones de Dios, que es bondad, justicia y omnipotencia absolutas. Dios nos crea libres porque si el hombre no lo fuera, no podríamos decir que Dios es bueno, puesto que la libertad es hermana de la dignidad y “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” (Quijote II, 58). Crear a un hombre sin libertad es reducirlo a un mero animal irracional o a un robot; quitarle su libertad es rebajarlo a la condición de esclavo. Dios no hace lo primero porque desea regalarnos la máxima dignidad como criatura (y eso sólo es posible siendo racionales y libres). Y no hace lo segundo porque es infinitamente bueno.

Pero esa voluntad divina de crearnos libres tiene su riesgo, que Dios tiene asumido y resuelto desde su eternidad. Al ser libres, podemos apartarnos de Dios y eso sería (es) una tragedia. Es más, esa libertad puede llevarnos al pecado inimaginable de llegar a crucificar al Hijo de Dios si este se hace uno de nosotros. Sin embargo, la omnipotencia de Dios debe tolerar la decisión autónoma del hombre para no comprometer su bondad y su justicia.

Sabemos por la Escritura que Dios desea salvarnos a todos (1 Tim. 2, 4) (Tit. 2, 11), pero Dios no quiere, para preservar su bondad, violar nuestra libertad. No puede redimirnos mediante algún tipo de amnistía puesto que se quebraría su justicia si otorgase el don de la salvación a quien contumazmente le rechazase. A Dios, por otra parte, “nadie lo ha visto jamás”  (Jn. 1, 18), pues si se manifestase empíricamente destruiría por su irresistibilidad no sólo la libertad humana sino incluso la vida (nadie puede verme y quedar con vida, nos advierte la Biblia -Ex. 33,20-). Ante tantas dificultades ¿Cómo puede el mismo Dios salvarnos, rompiendo el abismo infinito con el hombre pecador?

La divina Sabiduría, sin embargo, encontró la más hermosa salida a este laberinto soteriológico, desatando así ese nudo de ataba nuestra salvación. Los Santos Padres  lo resumieron con una frase luminosa: lo que no es asumido no puede ser redimido. Por eso Dios se hace hombre “en todo semejante a nosotros, salvo en el pecado“ (Hb. 4, 15), para realizar a través del mayor ejemplo humano de amor (morir por alguien), una acción que sólo puede ejecutar la divinidad: la redención de toda humanidad, sin excluir a nadie.

Cristo -perfecto Dios y perfecto hombre, en todo semejante a nosotros salvo en el pecado-, se da a sí mismo en su totalidad como hombre, y extiende el efecto de su entrega a todos como Dios.

El misterioso y todopoderoso Deus absconditus (Is. 45,15), por respeto riguroso a la libertad y dignidad humanas, no interviene directamente en un inmediato y supremo acto salvador con un mero hágase. Más bien, se introduce pausada y progresivamente en la historia humana, revelándose en la Palabra de la Ley y de los Profetas, hasta el momento en el que “la Palabra se hizo carne, y habitó con nosotros y nosotros vimos su gloria, gloria del unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de Verdad” (Jn. 1, 14). Y al igual que un hombre puede dar la vida por un náufrago desvalido, el sacrificio de Jesús en la cruz “salvó otra vez la tierra inundada, dirigiendo al justo sobre un leño despreciable” (Sab. 10, 4).

Lo hizo de la manera en que el amor de un hombre alcanza su mayor potencialidad: morir por el prójimo, darlo todo por los demás, coherencia absoluta de lo revelado por un Dios que es amor. (1 Jn. 4,8) y que se encarnó con el único fin de morir por nosotros (dar la vida en rescate de muchos -Mc. 10,45-). Lo que la Sabiduría Divina no puede hacer como Dios –mostrarse a los hombres, ser visto en su esencia como “salvación que  has preparado ante la faz de todos los pueblos” (Lc. 2, 31)-, lo realiza como hombre, porque Dios no puede morir (ni tan siquiera por amor), pero el hombre sí puede sacrificarse, puesto que “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). Pero, a la vez, como Dios, la eficacia del acto de ese hombre/Dios es universal y absoluta. Fue perfecto hombre, al darse entero por amor a sus semejantes; Es perfecto Dios al extender la Gracia de su salvación a todos los seres humanos que hayan existido en la tierra, ayer, hoy y mañana.

De este modo, Dios por medio de Jesucristo, quiso compartir nuestra humanidad para revelarnos tres  sublimes verdades que, hasta que Él vino a nosotros, el mundo, no podía siquiera soñar:  la profundidad e inmensidad de su amor: pues Cristo “pasó haciendo el bien” (Hch. 10, 38); la intensidad de su compromiso y su entrega hasta la muerte “para el perdón de los pecados (Mt. 26, 28) ), y por último la ganancia infinita que nos espera mediante la primicia (1 Cor. 15, 23) de su resurrección.

El Hijo de Dios, en definitiva, realiza el más grande acto de amor jamás acaecido sobre la tierra; el más perfecto sacrificio, dada la plenitud de todos los elementos que intervinieron: la sublimidad de la víctima (Dios y hombre verdadero); las dramáticas carencias del hombre herido por el pecado, y la esencia sublime del acto: amar hasta morir, sufrir por amor hasta el final. Es la manifestación de un amor que –en palabras de Joseph Ratzinger- “nada deja para sí, sino que todo lo entrega” (Introducción al Cristianismo). Jesús lo dejó absolutamente todo en la cruz. Probablemente murió desnudo, sin siquiera el sudario con el que piadosamente se le cubre en las representaciones artísticas. Se vació de sí mismo para regalarnos todo su Ser, como Gracia, a cada uno de nosotros, donándonos la nueva vida divinizada que nos hace hijos de Dios y nos salva. Asumió nuestra vida, para redimir nuestras vidas y divinizarnos.

Comprometido, en fin, hasta la último aliento por la causa del hombre,  hasta anonadarse a sí mismo (Fil. 2, 7), compartió con nosotros todos los estragos del mal uso de nuestra libertad: el dolor, la humillación, la traición y la muerte. Y una vez operada la salvación, sólo nos queda acogerla mediante la fe viva en la caridad (Gal. 5,6), pues “en sus heridas hemos sido salvados” (Is. 53, 11). El  delicioso Árbol del Bien y del Mal (Gen. 2, 9) –metáfora de nuestra libertad y nuestra desdicha- queda definitivamente contrabalanceado por el árbol seco de la cruz de Jesús, realidad de nuestra salvación y nuestra bienaventuranza.

Continúa en la Parte IV

Ayuda a Infovaticana a seguir informando