Hay reproches que, más que indignar, provocan incredulidad. Que HazteOír —y su entorno satélite— acuse a VOX de “no hacer nada” contra el aborto después de leer los acuerdos firmados y las medidas conseguidas es, sencillamente, para mear y no echar gota, si se entiende.
Durante cuarenta años, el supuesto “voto católico” ha sostenido en España sin pestañear al PP, un partido abortista, promotor de la ideología de género, impulsor del matrimonio homosexual y colonizador de las aulas. Cuarenta años votando al PP, tragando con todo, justificándolo todo, bendiciéndolo todo, en un matrimonio episcopado – PP que habría empalagado a Barbie. Sin campañas de camiones, sin reproches histéricos, sin exigencias de pureza. Sólo babeo y premios. Y los católicos combatientes que promovían alternativas políticas tenían que soportar el desprecio y el cordón sanitario de las mojigatas que salían de Misa de 8 con el peinado intacto.
Y ahora, cuando aparece un partido que —con todas las limitaciones del contexto— defiende explícitamente la vida, la familia y la natalidad, presenta programas provida y arranca compromisos reales allí donde gobierna o condiciona gobiernos, resulta que no es suficiente. En lugar de aplaudir con ocho manos, se le buscan pegas. No vaya a ser que alguien confunda la política real con la épica de Instagram.
El reproche, además, es profundamente tramposo. Se exige a VOX que “haga todo lo posible”, pero nadie concreta qué significa eso, ni asume las consecuencias de ese “todo”. Porque abortos hay todos los días. Se sabe dónde se producen. Si el criterio fuera puramente físico, inmediato, sin cálculo, cualquiera podría intentar impedirlos hoy mismo. Y nadie lo hace. No por falta de valor, sino porque así no se salva una sola vida.
No es miedo. Es sentido común.
La acción impulsiva, maximalista y sin estrategia no reduce abortos; los blinda. Refuerza el consenso abortista, legitima la represión legal y regala a la izquierda el marco moral que necesita. Por eso nadie serio actúa así. Por eso tampoco lo hace HazteOír, aunque finja exigirlo a otros desde la grada.
Aquí está el núcleo de la hipocresía:
ellos tampoco hacen “todo lo físicamente posible”, porque saben que no sirve. Pero exigen a otros gestos que tampoco sirven, solo que con coste político añadido. Es el reproche perfecto: no arriesgan nada, no consiguen nada, pero conservan intacta su superioridad moral de escaparate.
Mientras tanto, los hechos son tozudos. VOX ha arrancado en distintos acuerdos autonómicos compromisos en favor de la familia, la natalidad, la protección de la maternidad, el acompañamiento a la mujer embarazada y la lucha contra la cultura de la muerte. Medidas parciales, sí. Graduales, también. Pero reales. Escritas. Firmadas. Ejecutables.
¿Resultado? Ataques furibundos. No solo de la izquierda y los medios, sino incluso —como se vio en Castilla y León— desde ámbitos eclesiales, obispos incluidos, más preocupados por no incomodar al consenso progre que por defender una verdad elemental. Ese precedente debería bastar para entender por qué el camino no puede ser el del maximalismo inmediato. Si hasta la COPE, la radio de la que son responsables todos los obispos que conforman la Asamblea Plenaria de la CEE, dice que defender la vida es una cosa rancia.
La defensa de la vida no se hace a gritos ni con desafíos suicidas. Se hace preparando el terreno, cambiando marcos mentales, introduciendo verdades incómodas, avanzando cuando se puede y resistiendo el desgaste. Es el camino que han seguido todos los países donde ha habido avances duraderos. No hay otro. Y es de lo que Vox está aprendiendo e inspirándose.
Por eso resulta obsceno que quienes no movieron un dedo durante décadas ahora se erijan en inquisidores. Que quienes aplaudieron el consenso abortista del PP durante cuarenta años se rasguen las vestiduras porque VOX no hace magia legislativa en un contexto hostil, y se limita a hacer todo lo que buenamente puede.
Si esto va de salvar vidas, convendría empezar por dejar de sabotear a quien está abriendo camino, aunque no sea al ritmo que exigen los puristas profesionales de Hazteoir, esclavos del fundraising desleal.