Gracias al Vaticano II supimos que Dios se había hecho hombre

Gracias al Vaticano II supimos que Dios se había hecho hombre

Hay que reconocerlo: menos mal que llegó el Concilio Vaticano II. Porque hasta 1965, según parece, la Iglesia no tenía del todo claro si Dios se había hecho hombre, estantería o constelación menor del sistema solar. El Evangelio estaba ahí, sí, pero necesitaba una actualización de firmware conciliar para volverse comprensible.

Así lo explica Gabriel Richi, catedrático de Eclesiología en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, con tono grave y gesto doctoral: «El mensaje central del Concilio Vaticano II es que Dios ha querido hacernos participar de su vida enviándonos a su Hijo». Impactante. Revelador. Inédito. Dos mil años de cristianismo, cuatro evangelios, credos, concilios, mártires y Padres de la Iglesia… esperando a que alguien en los años sesenta nos lo aclarase por fin.

Porque claro, sin el Vaticano II, ¿quién habría sospechado que Dios se encarnó? ¿San Juan? Exagerado. ¿San Pablo? Confuso. ¿Nicea? Demasiado metafísico. Lo que hacía falta era Gaudium et Spes y una entrevista en COPE para que todo encajara.

Aquí no hay confusión, como ingenuamente piensan algunos. No es que se confunda el Concilio con el Evangelio. Es algo más serio: se identifica. El Vaticano II no explica el Evangelio; lo sustituye, lo reescribe y, de paso, se coloca por encima. El cristianismo empieza a ser inteligible en 1965. Antes, tinieblas, incienso y Saturno.

De ahí el tono triunfalista, casi salvífico: menos mal del Concilio. Menos mal. Porque sin él seguiríamos pensando que Dios no se había hecho hombre. O que la Iglesia no tenía nada que decir al mundo. O que la fe no necesitaba adaptarse a los tiempos modernos, como un sistema operativo obsoleto.

Lo verdaderamente fascinante no es la afirmación en sí, sino la naturalidad con la que se dice. Sin ironía. Sin rubor. Como si fuera obvio que el centro del cristianismo no es Cristo, sino un concilio pastoral del siglo XX. Como si la Encarnación necesitara aval conciliar para existir.

Y luego se extrañan de que algunos hablen de Iglesia conciliar. No como insulto, sino como descripción. Porque cuando el Vaticano II deja de ser un concilio y pasa a ser el Evangelio mismo, cuando se lo eleva a criterio último de verdad, entonces no estamos ante una mala formulación. Estamos ante otra cosa.

Da miedo, dicen algunos. No. Da risa. Una risa amarga, eso sí. La risa de comprobar que, para ciertos sectores eclesiales, la Buena Nueva no es que el Verbo se hizo carne, sino que en los años sesenta alguien lo recordó en televisión.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando