Timothy Radcliffe nos explica que hay que enseñar la fe con compasión. O, dicho de otro modo: no enseñarla, pero hacerlo con mucho sentimiento. El cardenal dominico nos invita a habitar un “espacio” etéreo, vaporoso, indefinido, situado entre el yunque y el martillo, entre el dogma y la vida, entre el Arca de la Alianza y una tumba vacía, entre el cielo y la tierra, entre la pregunta y la pregunta… pero curiosamente nunca entre la verdad y el error, porque eso ya sería demasiado concreto.
La enseñanza —nos dicen— no consiste en dar respuestas, sino en abrazar preguntas. Mejor aún: en hacer nuestras las preguntas de los demás, rezarlas, masticarlas y sentarnos a la mesa con quienes no creen nada, compartiendo pan, dudas y, si se tercia, una buena perplejidad existencial. Enseñar ya no es afirmar, sino acompañar; no es transmitir el credo, sino experimentar la tensión; no es decir “esto es así”, sino “entiendo que te sientas así”.
Radcliffe insiste en que el centro de la enseñanza cristiana es una pregunta. No una respuesta, no una verdad revelada, no un “yo soy el camino, la verdad y la vida”, sino una pregunta. Convenientemente aislada, eso sí, de todo el resto del Evangelio, que podría resultar excesivamente afirmativo.
El resultado es una pedagogía admirablemente estéril: el maestro no enseña, el alumno no aprende, pero todos se sienten profundamente comprendidos. La fe no se propone, se comparte como estado de ánimo. El dogma no se explica, se rodea. La doctrina no se proclama, se suspende en el aire, como Cristo entre el cielo y la tierra, pero sin cruz, que incomoda.
San Tomás aparece solo para ser regañado póstumamente: ¡qué escándalo eso de ofrecer respuestas! Mucho mejor la duda permanente, la pregunta sin fin, la Iglesia como taller de incertidumbre acompañada. Porque, al parecer, enseñar algo con claridad podría impedirnos “reconocer la presencia de Dios en nuestras luchas cotidianas”. Dios, por lo visto, huye despavorido en cuanto alguien afirma algo con precisión.
Todo culmina en la gran consigna: compasión. Enseñar con compasión significa no exigir, no corregir, no delimitar, no distinguir. Amar tanto al interlocutor que uno renuncia a decirle la verdad, no vaya a ser que se sienta violentado por ella. La misericordia espiritual ya no consiste en enseñar al que no sabe, sino en confirmar al que duda… en su duda.
Así que ya lo saben: si alguien pregunta qué cree la Iglesia, no le respondan. Abrácenlo. Si alguien quiere saber si algo es verdad o mentira, recen con él su desconcierto. Y si alguien pide doctrina, explíquenle que la doctrina es una forma de falta de compasión.
Enseñar la fe con compasión: hablar mucho, no decir nada y llamarlo Magisterio ordinario.