José Cobo no gobierna Madrid desde la autoridad serena del pastor legítimamente reconocido, sino desde el complejo permanente de quien sabe que llegó donde está por una vía anómala. Su problema no es coyuntural ni fruto de una “campaña”: es estructural. No figuraba en la terna propuesta para la sede madrileña, no estaba entre los nombres recabados por la nunciatura tras largos y serios diálogos con la Iglesia local, y aun así terminó ocupando una de las sedes más relevantes del mundo católico. Un aterrizaje forzado, una excentricidad de Francisco, muy atípica en términos eclesiales, que explica buena parte de su conducta posterior.
Ese nombramiento se produjo cuando la Congregación para los Obispos estaba presidida por un prefecto recién llegado, el cardenal Prevost, hoy Papa León XIV, que pudo contemplar sin intermediarios la cadena de decisiones extrañas que llevaron a Cobo a Madrid. Decisiones que evidencian una realidad incómoda: la falta de respaldo real del clero madrileño y la ausencia de reconocimiento entre sus iguales. El entonces pontífice, el Papa Francisco, nos dejó como regalo en Madrid este proceso anómalo y de un contraste brutal entre el peso de la sede y el perfil finalmente impuesto.
De ese origen nace el complejo. Un complejo profundo, corrosivo, que se traduce en miedo patológico a la crítica y en una obsesión enfermiza por la imagen. Cobo no actúa como quien se sabe sostenido, sino como quien necesita demostrarse continuamente fuerte porque sabe que no lo es. De ahí su nerviosismo, su fijación con lo que se publica sobre él y su tendencia a reaccionar con amenazas judiciales frente a quienes simplemente informan. Amenazas ridículas, por cierto, en un orden civil donde rige la exceptio veritatis y donde no bastan firmas sin jurisdicción ni decretos de autoridad ficticia.
En este contexto encaja a la perfección el episodio de Convivium. No estamos ante una asamblea pastoral ni ante un ejercicio serio de sinodalidad, sino ante una operación de propaganda personal. Tras un supuesto “proceso de escucha” en el que se colaron, con inquietante normalidad, propuestas abiertamente heréticas —sacerdocio femenino, sacerdocio temporal— calificadas con el eufemismo de “peculiares”, Cobo convoca un gran acto para escenificar lo único que le interesa: la foto. La imagen de fortaleza. La apariencia de respaldo unánime.
Por eso fuerza al clero a acudir físicamentr y a la vez. Por eso presiona, insiste y llega al extremo de ordenar que no se celebren eucaristías si coinciden con su asamblea, como si un tinglado seudosinodal pudiera ponerse al nivel de la Misa, centro absoluto de la vida de la Iglesia. Es una temeridad pastoral y una obscenidad eclesiológica, pero para Cobo el objetivo no es la fe ni la doctrina, sino el encuadre, el plano general, la instantánea que pueda vender como prueba de autoridad ante un Papa que conoce sus costuras.
Convivium no busca discernir, ni escuchar, ni tiene una aplicación práctica clara. Busca una fotografía. Busca proyectar una imagen de poder que tape la fragilidad de origen. Es el recurso clásico del dirigente inseguro: sustituir el respaldo real por la escenografía obligatoria. Madrid no asiste al gobierno de un pastor, sino a la gestión nerviosa de un cargo que sabe que su legitimidad es discutida y que su ascenso fue, como mínimo, profundamente irregular.
Ese es el nivel. Ese es el problema. Y ese es el cardenal que hoy ocupa la sede de Madrid.