Religión Digital ha publicado un artículo en el que retrata a Infovaticana como una suerte de Inquisición moderna, dedicada a perseguir herejes y a negar la «diversidad» dentro de la Iglesia. No es nuestra intención entrar en una dialéctica constante de reproches con un medio pequeño en su audicencia y casposo en su doctrina. Religión Digital sería una entrañable pieza de museo de la decadencia eclesial ochentera, si no fuese porque decenas de miles de euros de recursos oficiales de la Iglesia católica siguen desviándose a financiar ese medio con el apoyo de algunos obispos desnortados.
La escena que nos proponen es casi cómica: de un lado, ellos, abiertos, dialogantes y plurales; del otro, unos cuantos aguafiestas obsesionados con el catecismo. El problema es que, cuando se rasca un poco esa pintura moral, lo que aparece no es pluralismo, sino monopolio ideológico e imposición financiada con dinero eclesial.
Porque si hablamos de falta de diversidad real, pocos ejemplos más claros que Religión Digital. No solo en el terreno doctrinal, donde todo vale salvo la doctrina católica, sino en el terreno mucho más prosaico del dinero. Seguros UMAS, dependiente directamente de diócesis españolas; la Universidad Pontificia de Salamanca; la Universidad Pontificia Comillas; la Universidad de Deusto; Manos Unidas; Oikocredit; la llamada Escuela de Teología por Internet… Todos ellos, mencionamos solo algunos, financian de manera constante y preferente a Religión Digital. Todos ellos lo hacen a pesar de que su audiencia es muy inferior a la de Infovaticana u otros medios católicos. Todos ellos lo hacen sin que jamás se plantee la más mínima necesidad de pluralismo mediático. Para repartir el dinero no hay diversidad: hay unanimidad, fidelidad ideológica y silencio administrativo. Sobre este tema entraremos a fondo próximamente.
Es curioso cómo funciona la diversidad cuando molesta. Para cuestionar dogmas, reinterpretar la moral católica o presentar como “opiniones legítimas” tesis que la Iglesia ha rechazado de forma constante durante siglos, la diversidad es un valor sagrado. Para repartir la publicidad institucional de diócesis y universidades católicas, en cambio, la diversidad desaparece como por arte de magia. Ahí no se pregunta si existen otros medios católicos, con más lectores, más impacto y mayor fidelidad doctrinal. Ahí se financia siempre al mismo, porque no se está pagando información, se está pagando una ridícula protección reputacional en el boletín oficial de autoconsumo donde unos funcionarios eclesiales gustan verse adulados junta a una Charo recién ordenada obispa.
La ironía es aún mayor cuando se observa qué entiende Religión Digital por diversidad en los foros oficiales de la Iglesia. No hablamos de debates honestos ni de confrontación equilibrada entre distintas corrientes católicas. Hablamos de conferencias unidireccionales, en seminarios y actos institucionales, donde se enseñan tesis abiertamente incompatibles con la fe católica sin el menor contraste. Teólogos que consideran plausible que el cadáver de Cristo se pudriera y pueda aparecer algún día, o «asesores espirituales» que sostienen que la homosexualidad activa es perfectamente compatible con el estado de gracia, son presentados como referentes ¡en los seminarios! Eso no es diálogo.
Y, por supuesto, nunca hay contraste. Nunca aparece un teólogo de doctrina tradicional en igualdad de condiciones. Nunca se plantea, por ejemplo, que esas “interesantísimas tesis” sean confrontadas públicamente ante seminaristas con la enseñanza real de la Iglesia. La diversidad, al parecer, consiste en que hable siempre el mismo, desde el mismo enfoque y con el mismo resultado. Es algo así como invitar a Morante de la Puebla a impartir formación ética en un congreso de PACMA y llamar a eso pluralismo. Todo el mundo vería el absurdo… salvo cuando el disparate se disfraza de progresismo eclesial.
Lo verdaderamente revelador es que quienes sostienen estas posiciones no crean su propio espacio, su propia iglesia o sus propios foros con su propio dinero. No, eso sería demasiado coherente. Prefieren ocupar las instituciones oficiales de la Iglesia católica, utilizar sus universidades, sus seminarios y sus presupuestos, y luego acusar de inquisidor a quien recuerda que una institución tiene derecho y deber de ser fiel a su identidad.
Religión Digital defiende abiertamente, entre otras muchas tésis heréticas, la ordenación de mujeres y la existencia de obispas, algo que no es una “sensibilidad” más dentro de la Iglesia, sino una negación explícita de su doctrina. Ahora quieren presentar como católica la posibilidad de que el cadaver de cristo se pudriese y corrompiese. Que alguien le sacó del sepulcro. Presentar esta posición como diversidad es una tomadura de pelo. Nadie impide que quienes las sostienen funden su propia iglesia, consagren a sus obispas y se organicen como deseen. Incluso pueden dedicarse a buscar el cadáver de Cristo si eso les parece teológicamente estimulante. Lo que no es aceptable es que pretendan hacerlo con el dinero de las diócesis y desde instituciones que existen para enseñar exactamente lo contrario.
La petición de fondo es insultantemente sencilla, y quizá por eso molesta tanto. No se pide censura, ni hogueras, ni tribunales eclesiásticos. Se pide que la Iglesia católica, en sus foros oficiales, enseñe la doctrina católica. Y se pide que quienes claman por la diversidad tengan la decencia de aplicarla también cuando se decide a qué medios se destina el dinero de todos los católicos. Diversidad para negar el catecismo y unanimidad absoluta para cobrar la publicidad institucional no es pluralismo. Es negocio. Y bastante bien engrasado, además.