Conviene dejar algo claro desde el principio, para evitar malentendidos interesados. No son las mafias de tráfico de personas del norte de África quienes suelen leer Infovaticana, ni los patrones de cayucos quienes reflexionan sobre nuestros editoriales. Por tanto, plantear esta cuestión no genera ideas nuevas ni añade incentivos. Lo único que pretendemos es compartir una preocupación legítima ante una posibilidad real, inmediata y potencialmente dramática.En julio de 2013, cuando el Papa Francisco decidió viajar a Lampedusa, lo hizo de manera deliberadamente inesperada. Hubo un anuncio discreto apenas días antes, sin agenda pública prolongada, ni semanas de anticipación mediática. ¿El motivo? Aquella forma de proceder no fue accidental. Respondía a una prudencia pastoral muy concreta: evitar que el gesto pudiera convertirse en una señal interpretada como oportunidad por quienes se juegan la vida en el mar o por quienes se lucran de esa desesperación.
No se trataba entonces de restar fuerza al mensaje, sino de no crear una ventana temporal concreta que pudiera ser leída como un momento “propicio” para lanzarse al mar. Precisamente por eso resulta legítimo preguntarse si hoy se está aplicando el mismo criterio de prudencia.
La anunciada visita del Papa León XIV a Canarias, confirmada oficialmente por José Cobo y Eloy Santiago, tendría al parecer el propósito de encontrarse con los inmigrantes que llegan por la ruta atlántica, abrazarlos y ofrecerles un mensaje de misericordia y acogida. Nadie discute la buena fe del gesto ni la coherencia moral que lo inspira. Sin embargo, el problema no está en la intención, sino en las consecuencias previsibles cuando ese gesto se inserta en un contexto humano extremadamente frágil.
No hablamos de un posible “efecto llamada” abstracto, teórico o ideológico, sino de uno muy concreto. La visita de un Papa a un punto específico del mapa convierte ese lugar en el centro de atención del mundo durante varios días. Las cámaras, los titulares y la presión internacional se concentran allí. En ese escenario, no es descabellado pensar que quienes organizan las salidas de embarcaciones precarias, o incluso quienes se plantean embarcarse, interpreten que ese momento ofrece mayores garantías de llegar con vida. Menos intercepciones de retorno, mayor despliegue de rescate, más medios pendientes del mar y una dificultad práctica añadida para aplicar medidas de repatriación inmediata bajo un foco mediático global. La percepción, acertada o no, puede ser que “ese es el momento”.
La consecuencia lógica de esa percepción puede ser una salida extraordinaria y simultánea de decenas de embarcaciones. No una más, no dos más, sino muchas más de lo habitual, forzando un sistema de salvamento que ya opera al límite. Y el mar, conviene recordarlo, no entiende de agendas papales ni de buenas intenciones. Si a esa salida masiva se suman inclemencias meteorológicas, averías, descoordinación o simple mala suerte, el resultado puede ser una cadena de naufragios y muertes que, como tristemente sabemos, cuando se producen no se cuentan por unidades, sino por decenas o centenares.
La pregunta es incómoda pero inevitable. ¿Se está valorando seriamente esta hipótesis concreta? ¿Se ha medido el riesgo real de que un gesto de misericordia pueda traducirse indirectamente en una tragedia humana de proporciones gigantescas? Porque si algo así ocurriera, la crisis no sería solo política o mediática. Sería una crisis moral de primer orden. La Iglesia se vería interpelada no por lo que quiso hacer, sino por no haber previsto lo que podía pasar.
No se trata de ser agoreros ni de convertirnos en críticos sistemáticos de cada gesto pontificio. Precisamente porque la intención es buena, preocupa que una prudencia que sí se tuvo en cuenta en 2013 pueda hoy estar siendo obviada. Aún se está a tiempo de replantear el formato, el momento o incluso la conveniencia del viaje.
