Uno de los grandes autoengaños del debate sobre el aborto consiste en creer que la batalla se gana con una declaración solemne o una ley fulminante, como si la realidad social se doblegara por decreto. Es una ilusión reconfortante, pero falsa. Y, lo que es peor, profundamente estéril.
La experiencia internacional es clara y poco sentimental: no existe un solo caso en el mundo en el que una sociedad ampliamente abortista haya pasado, de un día para otro, a una legislación de máximos con resultados estables y eficaces. Ni en Europa, ni en América. En ningún sitio. Todas las victorias reales han seguido un camino largo, incómodo y poco heroico: primero, un cambio gradual en las conciencias; después, avances legales parciales; y solo al final —si es que llega— una protección amplia y duradera de la vida.
Polonia, Hungría, Estados Unidos. Contextos distintos, mismo patrón. Nadie empezó por el final. Nadie ganó el día uno. Y nadie consolidó nada sin haber preparado antes el terreno cultural, moral y antropológico.
Por eso medidas como la del latido fetal son mucho más importantes de lo que reconocen los maximalistas de consigna. No porque sean el objetivo último, sino porque introducen una grieta en el relato dominante. Obligan a mirar lo que se quiere ocultar, a escuchar lo que se quiere silenciar. Son el tipo de paso que no cambia una ley para siempre, pero sí empieza a cambiar una mentalidad.
Y precisamente por eso generan tanta incomodidad. No solo en la izquierda, sino también en ámbitos supuestamente afines, que reaccionaron con abandono, tibieza o abierta oposición —baste recordar el papel de COPE— cuando la realidad biológica empezó a hacerse audible. Ese detalle debería bastar para entender en qué punto está realmente nuestra sociedad y cuán infantil es exigir soluciones instantáneas.
Una ley sin una mínima comprensión social que la sostenga es un parche fugaz. Puede quedar en papel mojado, ser boicoteada en su aplicación, o revertida en cuanto cambie el viento político. O peor aún: puede provocar un efecto rebote que refuerce la causa abortista con más fuerza que antes. El maximalismo sin pedagogía no es valentía; es imprudencia.
En este contexto, campañas como las de HazteOír —exigiendo proclamaciones públicas cuando no se gobierna y no se puede legislar— revelan una confusión interesada entre testimonio moral y agitación rentable. Nadie duda de la gravedad del aborto. Lo que sí es legítimo cuestionar es la pureza de intención de quienes fuerzan gestos que no salvan una sola vida, pero sí generan ruido, polarización y, de paso, ingresos.
HazteOír no paga el precio de sus exigencias. No pierde elecciones, no bloquea reformas posibles, no sufre el desgaste institucional. Su modelo no es gobernar ni transformar, sino mantener viva una indignación que cotiza bien. Cuanto más tensa la cuerda, mejor. Aunque eso implique debilitar al único actor político que, con todas sus limitaciones, puede abrir camino a avances reales.
La política, por desgracia para los amantes de la épica inmediata, no funciona a base de pureza performativa. Funciona acumulando fuerza, cambiando marcos, desplazando consensos. Exige paciencia, pedagogía y una disposición constante a ser acusado de tibio por quienes no asumen ninguna responsabilidad efectiva.
Defender la vida no es gritar más alto, sino avanzar cuando se puede, aunque sea poco, para que mañana se pueda avanzar más. No es exigir el máximo hoy para perderlo todo mañana, sino preparar una victoria que no sea simbólica ni reversible.
Quien no entienda esto seguirá ganando aplausos en redes y donaciones en campañas.
Quien lo entienda quizá no gane hoy la guerra, pero estará construyendo las condiciones para que, cuando llegue, no sea un espejismo.
Y la historia —no Twitter— demuestra que es el único camino que ha funcionado nunca.
