Este 21 de enero, en la memoria de santa Inés, fueron presentados al Papa dos corderos cuya lana servirá —como cada año— para confeccionar los palios que recibirán los nuevos arzobispos metropolitanos. Con este gesto, la Iglesia sigue recordando que la autoridad no es un “cargo” que se asigna, sino un servicio que se recibe, se porta y se rinde.
No es casual que esto ocurra en torno a santa Inés. La Iglesia romana conserva su memoria como la de una joven mártir, símbolo de pureza, de entrega y de fidelidad sin componendas. Y es precisamente ese el contraste: la lana suave, blanca; el testimonio duro, sangriento. La tradición junta lo que el mundo separa: ternura y firmeza, insignia y cruz.
El palio: no es un adorno, es una señal de vínculo y de carga
El palio es una banda estrecha de lana blanca, marcada con seis cruces negras. Pero su significado no está en el tejido sino en lo que representa: una jurisdicción ejercida en comunión. No es “un premio” por la carrera eclesiástica; es una señal visible de que el metropolitano no se pertenece del todo a sí mismo. Lleva sobre los hombros una parte del peso de la Iglesia local y, a la vez, su vínculo con Roma.
La Iglesia, con estos símbolos, se resiste a la tentación de convertir el gobierno pastoral en pura gestión. En tiempos de estructuras, comisiones y protocolos, el palio vuelve a lo esencial: el obispo no es un gerente; es un padre y un pastor, y su autoridad tiene una forma concreta: servicio, sacrificio, vigilancia y responsabilidad.
¿Por qué corderos?
El origen de la lana no es un detalle pintoresco, son dos corderos para tejer una insignia que se apoya en los hombros, una imagen que evoca a Cristo, quien es el Cordero y el Buen Pastor. El obispo —en su nivel propio— participa de ese pastoreo. No hay autoridad legítima si no es “en clave de rebaño”: cuidar, guiar, corregir, proteger. La lana que abriga también recuerda que el pastor se desgasta. Si el ministerio no desgasta, quizá es porque se está ejerciendo desde lejos.
El 29 de junio: Pedro y Pablo y la comunión en continuidad
La tradición culmina el 29 de junio, solemnidad de san Pedro y san Pablo, cuando el Papa bendice y entrega los palios. No se hace cualquier día. Pedro representa la roca, la continuidad, la unidad. Pablo representa la misión, el anuncio, el choque con el mundo. Un obispo está llamado a sostener ambas tensiones: fidelidad y misión; unidad y valentía.
En una época en la que se habla mucho de “procesos” y “caminos”, este signo devuelve una verdad simple: la comunión no es una palabra amable; es una estructura real, visible y exigente.
Una tradición que resiste en el tiempo
La escena de hoy —corderos presentados al Papa, lana destinada a palios— no es un capricho de museo. Es la forma que tiene Roma de recordar que el ministerio episcopal no nace del aplauso, ni del consenso, ni del clima cultural, sino de un encargo recibido en la Iglesia y para la Iglesia.
