El arzobispo de Portland (Oregón), Alexander K. Sample, publicó una carta pastoral sobre la música sacra en la liturgia en la que expone las directrices pastorales para su diócesis en la materia tras un diagnóstico de fondo. En no pocas celebraciones, el canto ha dejado de servir al culto y ha terminado rebajándolo. Su propuesta no es un ajuste cosmético, sino una renovación “en términos cualitativos” de la música sagrada y del canto litúrgico, precisamente porque —advierte— “en ocasiones ha prevalecido cierta mediocridad, superficialidad y banalidad, en detrimento de la belleza e intensidad de las celebraciones litúrgicas”.
Sample parte de un principio básico que hoy se olvida con facilidad: la música en la Misa no es un accesorio. Es parte constitutiva del rito y, por tanto, no puede quedar a merced del gusto o de la moda. Por eso rechaza el enfoque subjetivo que domina tantas veces la elección musical: “tan a menudo la música seleccionada para la Misa se reduce a una cuestión de ‘gusto’ subjetivo… como si no hubiera principios objetivos que seguir”.
La Misa exige lo mejor: “Nada puede ser demasiado bello para Dios”
El arzobispo sostiene que la música influye decisivamente en la calidad espiritual de la celebración. Y subraya que la Misa debe reflejar la grandeza de Dios: “La Santa Misa debe ser verdaderamente bella, lo mejor que podamos ofrecer a Dios, reflejando su propia belleza y bondad perfectas”.
Recuerda así una máxima de Benedicto XVI que sirve de criterio general para el ars celebrandi: “Nada puede ser demasiado bello para Dios, que es Él mismo Belleza infinita”.
Tres criterios objetivos para la música litúrgica
La música sacra —dice— debe reunir tres cualidades: santidad, belleza (bondad artística) y universalidad. Y advierte que “solo la música que posee las tres cualidades es digna de la Santa Misa”.
No basta con que una letra “hable de Dios”. Sample denuncia una idea muy extendida: “a menudo se tiene la impresión de que, mientras el texto escrito… hable de Dios, entonces califica como ‘música sagrada’. … esto claramente no es el caso”.
Y pone un ejemplo para dejarlo claro: “el Gloria de la Misa puesto con ritmo de polka o en estilo de música rock no es música sagrada”. ¿Por qué? Porque esos estilos —aunque puedan gustar o entretener— no cumplen las notas internas propias del culto: “no poseen las tres cualidades intrínsecas de santidad, bondad artística (belleza) y universalidad”.
No “cuatro canciones”: “cantar la Misa” y no solo “cantar en la Misa”
La música no está para “decorar” la liturgia, sino para hacer cantar los textos de la propia Misa. Sample critica la mentalidad de “añadir” piezas como un apéndice: “Esto excluiría la noción común de que tomamos la Misa y simplemente ‘le pegamos’ cuatro canciones…”.
Frente a esa costumbre, propone recuperar el ideal litúrgico: “la función de la música sagrada es ayudarnos a cantar y rezar los textos de la Misa misma, no simplemente ornamentarla”. En términos concretos, recuerda que los libros litúrgicos “prevén” como norma “que cantemos la Misa en la Misa, en lugar de cantar canciones durante la Misa”.
Gregoriano y latín: “debe rectificarse” que apenas se escuche
El arzobispo reafirma que el canto gregoriano tiene “lugar principal” en el rito romano y que la enseñanza oficial lo repite una y otra vez. Sin embargo, constata la realidad: “rara vez, o nunca, se escucha canto gregoriano” y agrega, “esta es una situación que debe rectificarse”. El gregoriano “debe introducirse más ampliamente como parte normal de la Misa”.
También recuerda la orientación conciliar de que los fieles puedan cantar juntos en latín al menos algunas partes ordinarias: “deben tomarse medidas para que los fieles… puedan decir o cantar juntos en latín aquellas partes del Ordinario de la Misa que les corresponden”.
Una Misa dominical cantada en cada parroquia
Sample establece una propuesta concreta para elevar el estándar real: “Una celebración parroquial cada domingo debe ser una Misa cantada (Missa cantata), ofrecida con constancia y con el mayor cuidado y atención que la comunidad pueda darle”.
Aclara además que no hace falta convertirla en un despliegue: “Una Misa cantada no necesita ser elaborada; de hecho, debe guiarla el principio de la noble sencillez”.
Himnos: permitidos, pero como “sustitución” y con exigencias doctrinales
Sobre el uso de himnos en lugar de los cantos propios, Sample recuerda un dato que suele omitirse: cuando se cantan himnos en ciertos momentos, “estamos omitiendo algunos de los cantos de la Misa, es decir, los Propios”.
Admite que por razones pastorales puede tolerarse la sustitución en entrada, ofertorio y comunión, pero impone condiciones estrictas: los textos deben ser teocéntricos, ligados al tiempo litúrgico y doctrinalmente seguros. Lo formula sin ambigüedad: “Los textos deben conformarse a las enseñanzas y doctrinas de la Iglesia, especialmente en lo relativo al Sacrificio eucarístico y a la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía”.
Y añade una advertencia, “debe reconocerse tristemente que algunos himnos… en himnarios aprobados… no reflejan la teología católica y no deberían usarse”.
Instrumentos: órgano “en gran estima”, y límites claros para lo secular
Sample reivindica el lugar propio del órgano de tubos: “en la Iglesia latina, el órgano de tubos debe ser tenido en gran estima, pues es el instrumento musical tradicional… y eleva poderosamente la mente del hombre hacia Dios y hacia las cosas de arriba”.
Para otros instrumentos aplica el criterio de la Iglesia: pueden admitirse solo si son aptos para el culto y edifican. Pero marca una frontera: “aquellos instrumentos que, por opinión y uso común, son aptos solo para la música secular, deben ser totalmente prohibidos en toda celebración litúrgica”. Dando ejemplos prácticos, Sample habla de que “instrumentos como las guitarras eléctricas… usadas en la música rock… no son adecuados”, y sentencia: “la batería propia del rock nunca es apropiada”.
Además, prohíbe que la música grabada suplante a músicos reales: “la música pregrabada no puede sustituir a músicos reales durante la Misa”.
Contra el “show”: “Por favor, no sean ‘prima donna’”
El documento también corrige un vicio frecuente: convertir el canto litúrgico en actuación. Sample cita al Papa Francisco con una frase que resume el problema: “Por favor, ¡no sean una ‘prima donna’!”. La música, insiste, debe servir a la liturgia: “no debe buscar entretener ni llamar la atención sobre sí misma o sobre los músicos. La sobre-amplificación y la impresión de espectáculo son dos cosas que deben evitarse siempre”.
Y reivindica un elemento olvidado: el silencio. “La importancia del silencio en la liturgia no puede exagerarse”, escribe, rechazando la idea de rellenar cada pausa con sonido: “la noción de que todos los momentos… deben rellenarse con canto o música instrumental es inválida”.
“Preparación, no planificación”: recuperar el plan de la Iglesia
Otra de sus claves es pastoral y disciplinar: no se trata de “inventar” la celebración cada domingo, sino de obedecer el marco que ya existe. “No planificamos la Santa Misa; la Iglesia ya nos ha dado un plan. Nosotros nos preparamos para celebrar la Misa”.
Sample llama así a una reforma que apunta al corazón del culto litúrgico, música verdaderamente sagrada, al servicio del rito, con criterios objetivos, con amor a la tradición y con exigencia espiritual.
