En la Audiencia General de este 21 de enero de 2026, celebrada en el Aula Pablo VI, el Papa León XIV retomó el ciclo de catequesis sobre los Documentos del Concilio Vaticano II y centró su meditación en la Constitución dogmática Dei Verbum, bajo el tema: “Jesús Cristo revelador del Padre” (Jn 14,6-8).
En su intervención, el Pontífice insistió en que la Revelación no es un conjunto de ideas religiosas, sino un acto personal de Dios que se comunica en una historia y llama a la comunión, y subrayó que su plenitud se cumple en un encuentro real y concreto con Jesucristo, en quien “resplandece” la verdad íntima de Dios y la salvación del hombre, porque Cristo es “el mediador y la plenitud de toda la revelación” (DV 2). Conocer al Padre no se logra por abstracciones, sino entrando —por la acción del Espíritu— en la relación del Hijo con el Padre; y, al mismo tiempo, en Cristo el hombre descubre su identidad verdadera de hijo, conocido por Dios “en lo secreto” y llamado a una vida plena.
El Papa concluyó poniendo el acento en un punto decisivo de Dei Verbum: Jesús revela al Padre con su humanidad íntegra —palabras, obras, signos, muerte y resurrección—, de modo que la verdad de Dios no se comprende donde se recorta lo humano, y la fe cristiana desemboca en una certeza práctica: nada puede separarnos del amor del Padre, al que el creyente se abandona con confianza.
Dejamos a continuación el mensaje completo de León XIV:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Continuamos las catequesis sobre la Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, sobre la divina Revelación. Hemos visto que Dios se revela en un diálogo de alianza, en el cual se dirige a nosotros como a amigos. Se trata, por tanto, de un conocimiento relacional, que no comunica solo ideas, sino que comparte una historia y llama a la comunión en la reciprocidad. El cumplimiento de esta revelación se realiza en un encuentro histórico y personal en el cual Dios mismo se nos entrega, haciéndose presente, y nosotros nos descubrimos conocidos en nuestra verdad más profunda. Esto es lo que ha sucedido en Jesucristo. Dice el Documento que la verdad íntima tanto de Dios como de la salvación del hombre resplandece para nosotros en Cristo, que es al mismo tiempo el mediador y la plenitud de toda la revelación (cf. DV, 2).
Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él. En el Hijo enviado por Dios Padre, «los hombres […] pueden presentarse al Padre en el Espíritu Santo y son hechos partícipes de la naturaleza divina» (ibid.). Llegamos, pues, al pleno conocimiento de Dios entrando en la relación del Hijo con su Padre, en virtud de la acción del Espíritu. Lo atestigua, por ejemplo, el evangelista Lucas cuando nos narra la oración de júbilo del Señor: «En aquella misma hora Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido en tu benevolencia. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”» (Lc 10,21-22).
Gracias a Jesús conocemos a Dios como somos conocidos por Él (cf. Gal 4,9; 1 Cor 13,13). En efecto, en Cristo, Dios nos ha comunicado a sí mismo y, al mismo tiempo, nos ha manifestado nuestra verdadera identidad de hijos, creados a imagen del Verbo. Este «Verbo eterno ilumina a todos los hombres» (DV, 4) desvelando su verdad en la mirada del Padre: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.8), dice Jesús; y añade que «el Padre conoce nuestras necesidades» (cf. Mt 6,32). Jesucristo es el lugar en el que reconocemos la verdad de Dios Padre mientras nos descubrimos conocidos por Él como hijos en el Hijo, llamados al mismo destino de vida plena. Escribe san Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, […] para que recibiéramos la adopción filial. Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abbá, Padre!”» (Gal 4,4-6).
Por último, Jesucristo es revelador del Padre con su propia humanidad. Precisamente porque es el Verbo encarnado que habita entre los hombres, Jesús nos revela a Dios con su verdadera e íntegra humanidad: «Por eso Él —dice el Concilio—, viendo al cual se ve al Padre (cf. Jn 14,9), con toda su presencia y manifestación, con las palabras y las obras, con los signos y los milagros, y sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos, y finalmente con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación, llevándola a cumplimiento» (DV, 4). Para conocer a Dios en Cristo debemos acoger su humanidad integral: la verdad de Dios no se revela plenamente donde se quita algo de lo humano, así como la integridad de la humanidad de Jesús no disminuye la plenitud del don divino. Es la humanidad íntegra de Jesús la que nos narra la verdad del Padre (cf. Jn 1,18).
Lo que nos salva y nos convoca no son solo la muerte y la resurrección de Jesús, sino su persona misma: el Señor que se encarna, nace, cura, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros. Por eso, para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales. Si Jesús tiene un cuerpo real, la comunicación de la verdad de Dios se realiza en ese cuerpo, con su modo propio de percibir y sentir la realidad, con su modo de habitar el mundo y de atravesarlo. Jesús mismo nos invita a compartir su mirada sobre la realidad: «Mirad las aves del cielo —dice—: no siembran ni siegan, ni recogen en graneros; y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?» (Mt 6,26).
Hermanos y hermanas, siguiendo hasta el final el camino de Jesús, llegamos a la certeza de que nada podrá separarnos del amor de Dios: «Si Dios está con nosotros —escribe también san Pablo—, ¿quién estará contra nosotros? Él, que no perdonó a su propio Hijo, […] ¿no nos dará acaso todas las cosas junto con Él?» (Rm 8,31-32). Gracias a Jesús, el cristiano conoce a Dios Padre y se abandona con confianza a Él.
