Cuando el pueblo fiel queda indefenso

Cuando el pueblo fiel queda indefenso

Hay un punto en el que la paciencia deja de ser virtud y empieza a parecer resignación. Y hay un momento —muy concreto— en el que el silencio ya no es prudencia, sino abandono. Muchos fieles en Madrid han llegado ahí.

Porque cuando un arzobispo firma documentos sobre un lugar sagrado sobre el que reconoce no tener jurisdicción, cuando entrega de facto una basílica a un poder civil hostil, cuando contradice públicamente sus propios actos, y cuando nadie desde arriba parece poner freno, la pregunta se vuelve insoportable: ¿quién protege al pueblo fiel?

El problema no es solo Cobo

El escándalo no es únicamente la actuación de un arzobispo concreto. El escándalo es la indefensión estructural. La sensación de que, haga lo que haga un obispo, diga lo que diga, firme lo que firme, no existe un mecanismo real y accesible para que los fieles se protejan de abusos de autoridad, de extralimitaciones o de decisiones gravemente dañinas.

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En teoría, la Iglesia tiene Derecho. Tiene procedimientos. Tiene Roma. En la práctica, cuando el poder episcopal se ejerce sin freno, el fiel queda reducido a espectador impotente.

Cuando el Derecho deja de proteger

La tradición católica nunca fue ingenua respecto al poder. Por eso, durante siglos, los teólogos se preguntaron qué sucede cuando la autoridad deja de actuar como autoridad legítima y empieza a comportarse como un poder arbitrario. No por gusto, sino por necesidad.

De ahí nace —en la teología moral clásica— la doctrina del tiranicidio. No como apología de la violencia, sino como un último recurso teórico para responder a una pregunta angustiosa: ¿qué ocurre cuando el poder se vuelve injusto y no hay vía ordinaria de corrección?

Los grandes doctores no hablaban de emociones, hablaban de límites. De que la autoridad no es absoluta. De que existe para servir al bien común y a la verdad, y que cuando se pervierte, deja de ser plenamente legítima.

Hoy no hay tiranos… pero sí indefensión

Nadie está hablando hoy de violencia. Nadie la pide. Nadie la justifica. Pero sí estamos viendo algo inquietantemente parecido a la pregunta de fondo: ¿qué puede hacer el pueblo fiel cuando su pastor actúa contra el bien que debe custodiar y no hay corrección efectiva?

Cuando Roma calla. Cuando los dicasterios miran a otro lado. Cuando los comunicados no llegan. Cuando el obispo se protege a sí mismo, pero no protege a sus fieles.

Ahí es donde la Iglesia moderna muestra su fragilidad: ha eliminado los contrapesos morales, pero no ha puesto nada a cambio.

Una Iglesia sin defensa para los fieles

El resultado es devastador. Los fieles contemplan cómo se firman documentos que comprometen templos, cómo se cede ante gobiernos hostiles, cómo se ignora a comunidades religiosas enteras, y cómo todo queda envuelto en una niebla de competencias difusas y responsabilidades evaporadas.

Y mientras tanto, se les pide obediencia. Paciencia. Silencio.

La doctrina clásica al menos tenía una virtud: reconocía que el poder puede corromperse y que la autoridad no es un cheque en blanco. Hoy ni siquiera se reconoce el problema.

El escándalo final

El mayor escándalo no es que un arzobispo actúe mal. El mayor escándalo es que, cuando lo hace, el pueblo fiel descubra que no tiene a quién acudir.

Y eso, más que cualquier firma, más que cualquier contradicción pública, es lo que está rompiendo la confianza de muchos católicos: la sensación de que están solos frente a decisiones que afectan a lo más sagrado.

Una Iglesia que no protege a sus fieles frente al abuso de poder se convierte en una Iglesia frágil. Y una autoridad que no acepta límites acaba perdiendo legitimidad, aunque conserve el cargo.

La historia y la teología lo enseñan con crudeza. Ignorarlo nunca ha salido gratis.

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