El obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), monseñor Athanasius Schneider ha respondido con una crítica severa al último informe litúrgico del cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, elaborado para el consistorio del 7-8 de enero en Roma. En una entrevista publicada por la periodista Diane Montagna, Schneider sostiene que el documento se apoya en “razonamiento manipulador” y llega a “distorsionar la evidencia histórica” para justificar la línea restrictiva de Traditionis custodes.
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Un documento distribuido en el consistorio
El texto de Roche —dos páginas presentadas como una “cuidadosa reflexión teológica, histórica y pastoral”— se distribuyó entre los miembros del Colegio Cardenalicio durante el consistorio convocado por el papa León XIV. Aunque no se debatió formalmente por —debemos suponer— falta de tiempo, su circulación posterior generó un rechazo significativo al notarse la manipulación e intencionalidad en el discurso.
Schneider sitúa el problema en el terreno de la intención y del método. A su juicio, el informe “transmite la impresión de un claro prejuicio contra el rito romano tradicional y su uso actual” y parece impulsado por “una agenda orientada a denigrar esta forma litúrgica y, en última instancia, eliminarla de la vida eclesial”.
“Falta objetividad”: la acusación de fondo
El obispo denuncia que “el compromiso con la objetividad y la imparcialidad —marcado por la ausencia de sesgo y una preocupación genuina por la verdad— brilla por su ausencia”. En su lugar, afirma, el texto “emplea razonamiento manipulador e incluso distorsiona la evidencia histórica”.
Schneider resume la exigencia con un principio clásico que, según él, el informe incumple: sine ira et studio, es decir, un enfoque “sin ira ni celo partidista”.
Continuidad o ruptura: Benedicto XVI como referencia
En el núcleo de su respuesta, Schneider niega que la reforma litúrgica moderna pueda describirse sin más como desarrollo orgánico. Por eso cita a Benedicto XVI: “En la historia de la liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura”. Desde esa premisa sostiene que el Novus Ordo de 1970 se percibe como una ruptura con la tradición milenaria del rito romano.
“La Misa más fiel al Concilio fue el Ordo Missae de 1965”, recuerda Schneider, y añade que el orden de Misa presentado en 1967 a los padres sinodales —sustancialmente el mismo que se promulgaría después— habría sido rechazado por la mayoría por considerarlo demasiado “revolucionario”.
Ratzinger: “un tipo de prohibición” ajeno a la tradición
Asimismo, Schneider recurre a un testimonio de Joseph Ratzinger. Cita una carta de 1976 al profesor Wolfgang Waldstein, en la que el entonces teólogo denuncia con claridad:
“El problema del nuevo Misal radica en que se separa de esta historia continua —que progresó ininterrumpidamente tanto antes como después de Pío V— y crea un libro completamente nuevo, cuya aparición va acompañada de un tipo de prohibición de lo que existía anteriormente, algo totalmente ajeno a la historia del derecho y de la liturgia de la Iglesia.”
añade la conclusión de Ratzinger, decisiva para su argumento:
“Puedo afirmar con certeza que esto no era lo que se pretendía.”
Quo primum: “unidad no significa uniformidad”
Schneider también combate la lectura que Roche haría de Quo primum (san Pío V). Le reprocha una referencia selectiva que “distorsiona” el sentido del documento y recuerda que el texto permitía continuar legalmente variantes del rito romano con al menos doscientos años de uso ininterrumpido. De ahí su conclusión:
“La unidad no significa uniformidad, como lo atestigua la historia de la Iglesia.”
Pluralismo litúrgico: “manipulador y deshonesto”
El obispo rechaza la idea de que la pluralidad de formas litúrgicas “congele la división”. Sostiene que esa afirmación contradice la praxis bimilenaria de la Iglesia y la califica en términos explícitos:
“Tal afirmación es manipuladora y deshonesta, porque contradice (…) la práctica de dos mil años de la Iglesia.”
Schneider recuerda episodios históricos en los que la uniformidad impuesta no trajo unidad, sino heridas profundas y duraderas, y sostiene que la coexistencia pacífica de formas legítimas evitaría fracturas y permitiría una auténtica comunión.
¿“Concesión” sin promoción? Schneider apela a san Juan Pablo II
Otro de los puntos que rebate es la tesis de que el uso de los libros anteriores a la reforma fue una mera “concesión” sin intención de promoverlos. Schneider lo contradice apelando a la noción de pluriformidad y citando a san Juan Pablo II sobre el Misal de san Pío V:
“En el Misal Romano de san Pío V (…) hay oraciones muy hermosas (…) que revelan la sustancia misma de la liturgia.”
Para el obispo, este testimonio desmiente que se trate de una tolerancia incómoda: el rito antiguo posee un valor espiritual objetivo y forma parte de la vida litúrgica de la Iglesia.
Hacia junio: una vía para restaurar la paz litúrgica
Schneider mira al consistorio extraordinario previsto para finales de junio y sugiere que, ante la falta de formación litúrgica de muchos miembros de la jerarquía, el Papa podría apoyarse en expertos que aporten un análisis más sólido. Propone una salida clara: reconocer a la forma más antigua del rito romano la misma dignidad y derechos que a la forma ordinaria, mediante una medida pastoral amplia que ponga fin a interpretaciones casuísticas y a un trato de hecho discriminatorio hacia muchos fieles, especialmente jóvenes y familias jóvenes.
El cierre: “instrumentalizando el poder y la autoridad”
En el tramo final, Schneider endurece su diagnóstico y describe el documento de Roche como propio de una estructura envejecida que pretende sofocar la crítica, especialmente la que nace de las generaciones jóvenes. Lo expresa así:
“El documento del cardenal Roche es reminiscente de una lucha desesperada de una gerontocracia (…) cuya voz intenta silenciar mediante argumentos manipuladores y, en última instancia, instrumentalizando el poder y la autoridad.”
Frente a esa lógica, Schneider concluye que la autoridad en la Iglesia está ordenada a custodiar la Tradición, no a emplearse contra ella, y por eso reclama que la paz litúrgica se reconstruya sobre bases de continuidad, justicia y respeto.
