El encuentro de casi seis mil jóvenes en torno a los vínculos certifica un cambio social y espiritual
El cartel colgado en la entrada del bar era demasiado optimista: “Debido al evento de esta noche, solo se servirá en barra, no en las mesas”. El local presentaba un triste vacío a una hora en que estaría a reventar si se celebrase un concierto de salsa o un congreso de Podemos o de Vox. Los alrededores del Palacio de Vistalegre (Madrid) transmitían una paz insólita, que me hizo pensar en un reportaje de la noche anterior en La Sexta, donde explicaban como Donald Trump había mirado a Richard Nixon para rescatar el concepto de ‘mayoría silenciosa’ (la gente corriente que en los sesenta no quemaba banderas, ni sujetadores, ni se hacía ‘hippie’ para derribar al gobierno). ¿Representa El Despertar a la mayoría silenciosa de la España de nuestro tiempo? Es muy probable, aunque dentro dominase un look específico y homogéneo de alumno de la universidad CEU‐San Pablo. El estadio estaba lleno de gente bien vestida que escuchaba en actitud respetuosa a cada ponente. Apuesto a que se batió a la baja el récord de venta de cerveza un sábado noche (no es una crítica, sino el síntoma de un cambio).
A pesar del triunfo, hay que hablar claro: el formato no terminó de funcionar. Juntar ponentes conservadores de tres en tres, voces que pasan muchas horas cada semana en nuestras pantallas, está condenado al fracaso porque solo pueden decir lo mismo en versión más corta. Quien ha pagado una entrada por verles sabrá casi todo lo que van a explicarle. Además no se fomentaba el debate, sino los monólogos sucesivos. La fórmula peca de blanda, lo cual también tiene sus ventajas: atraer a un público sin tanto espíritu combativo. El Despertar se mostró demasiado preocupado por evitar la crispación y su problema era justo el contrario, un exceso de educación. Ni el novelista Juan Manuel de Prada, ni el filósofo francés Fabrice Hadjadj pusieron una pega al discurso mamporrero del economista Antonini de Jiménez, que defendió premisas tan desquiciadas como que “Jesucristo fue el primer empresario porque vendía una mercancía que nadie tenía: la salvación”. Puro disparate neoliberal.
En todo caso, la mesa “El despertar del trabajo” fue la más sustancial de todas. Juan Manuel de Prada se las arregló incluso para contestar a ponentes que no estaban sentados con él. Replicó a un vídeo de C. Tangana donde el superventas trap recomendaba pasar de las instituciones y dedicarse “a la acción directa”, una estrategia que De Prada condenó por individualista y desnortada. También contestó al ensayista y comunicador Jano García —de la mesa anterior— por defender que el sistema nunca podrá destruir la naturaleza humana. El columnista de ABC nos recordó que uno de los mejores ensayos de C.S. Lewis se titula La abolición del hombre (1943) y está dedicado las formas en que el poder terrenal puede destruir virtudes eternas.
Hadjadj ofreció una lección de sabiduría y humilidad. Se disculpó por su nivel de español, que en realidad es muy alto, señalando que todavía habla “como alguien que está sufriendo un derrame”. Reivindicó un ensayo del profesor anarquista David Graeber, titulado Trabajos de mierda (2018), explicando que vivimos en una sociedad que quiere trabajadores más preocupados por su ingreso que por su progreso personal. Además, en cada oficina, todos deberíamos tener claro el propósito de nuestros esfuerzos. Luego criticó el estercolero de nuestro mercado laboral con una metáfora de la lidia: “Quien no coge al toro por los cuernos, solo puede recoger su mierda”. Hadjadj confirmó un amor por España superior al que muestran muchos españoles, no solo por su discurso, sino por trasladar a Madrid el hogar de su familia de diez hijos para dirigir el instituto Incarnatus, dedicado a formar católicos capaces de enfrentarse a la hostilidad y sinsentido del mundo actual.
El padre Jacques Philippe, pastor de la comunidad de las Bienaventuranzas, era una de las voces más esperadas. Fue capaz de resumir su defensa de la vida interior en un par de frases: «Nuestra actitud ante el silencio suele ser ambigua: lo deseamos, pero a la vez lo tememos. Nos da miedo el vacío, la soledad, aburrirnos, por lo que es como una amenaza”, lamenta. Para Philippe, la importancia del silencio radica en que «en el momento en que me callo puedo acoger al otro».
Se trata de encontrar una fuente de «paz y reconciliación» para llegar a Dios, un «amor infinito donde podemos abandonarnos y entregarnos con confianza». La experiencia le dice que «quien busca a Dios de buena fe, lo encuentra». Sus ensayos han tenido gran impacto social: traducidos a más de veinte idiomas, ha despachado cerca de un millón de ejemplares, con títulos destacados como La libertad interior (2003, Rialp) y La paz interior (2004, Rialp).
La mesa que transmitió mayor sensación de naufragio fue la de “El despertar de la espiritualidad”. Estaba compuesta por la evangélica Sarab Rey, el católico René ZZ —demasiado parecido a ratos a un predicador protestante— y el asesor político Pedro Herrero, a quien habían encargado representar la voz de los ateos. Es imposible llegar a nada sustancial en un diálogo de media hora, así que aquello se fue en vaguedades, anécdotas personales y alguna confesión de vulnerabilidad. Se habló del papel central de la familia, que puede parecer demasiado evidente, pero está siendo atacada por una izquierda, que busca destruirla, deconstruirla y diluirla. Rey cantó un salmo muy bonito contra los ricos, que dice “el hombre opulento no permanece/ es similar a las bestias”.
No quiero parecer un derrotista, ni un aguafiestas. Resultó emocionante estar en un recinto donde la carismática Ana Iris Simón reivindicó la defensa de las raíces, basándose en Simone Weil, Pier Paolo Pasolini y su abuelo fallecido la noche de Reyes. También es importante escuchar a De Prada alabando “la resistencia antropológica de fundar una familia en Albacete o en Cuenca y querer quedarse allí”. Las caras de los asistentes eran felices, silenciosas pero felices.
El encuentro del sábado fue posible, en gran parte, por el trabajo de cientos de voluntarios que durante meses organizaron thinkglaos (encuentros con ponentes antiprogresistas) por toda España y fuera de ella. Es un triunfo indudable que grandes empresas como Infojobs y La Caixa se impliquen en financiar este proyecto, pero debemos preguntarnos si no necesita ya un poco más de voltaje y cuáles son los límites de trabajar tan en sintonía con el sistema. El Despertar es un campo que debemos cuidar entre todos, aportando, debatiendo y profundizando.
