En los últimos días se ha sumado un nuevo texto al clima de optimismo eclesial casi eufórico que venimos leyendo en algunos medios católicos. Esta vez lo firma José Francisco Serrano Oceja, que se añade —con su estilo habitual— al relato de que algo grande, profundo y casi irreversible estaría ocurriendo en la Iglesia española a raíz de eventos como Hakuna, Llamados o El Despertar.
Conviene empezar por lo evidente, porque si no el debate nace viciado: no es malo que se llenen pabellones, no es malo que haya jóvenes, no es malo que haya entusiasmo, ni siquiera que haya música, emoción o testimonios. Los católicos queremos conversiones, queremos sacramentos, queremos que la gente vuelva a mirar a Cristo. Y si para eso hay que atravesar primero un evento multitudinario, bienvenido sea.
El problema no está en el hecho.
El problema está en lo que se deduce del hecho.
Porque de ahí a hablar de cambio de ciclo, de agotamiento del mayo del 68, de despertar cultural o de giro antropológico hay un salto que no está justificado. Llenar un recinto —seis mil personas, diez mil, las que sean— no demuestra por sí mismo ni conversión estable, ni fidelidad sacramental, ni solidez doctrinal, ni una cosmovisión cristiana alternativa a la dominante.
Si el criterio es el número, convendría recordar algo elemental: en ese terreno la Iglesia siempre perderá. Siempre habrá más gente en un partido de Segunda División, en un concierto del reguetonero de turno o en cualquier fenómeno de consumo emocional bien empaquetado. Y no pasa nada. La fe no compite ahí. No puede ni debe hacerlo.
Por eso resulta ingenuo —cuando no peligroso— medir la vitalidad del cristianismo con las mismas categorías que el espectáculo. Aforo, ambiente, emoción, impacto en redes. Todo eso puede ser un síntoma, pero nunca una prueba. Confundir una cosa con la otra es una tentación muy clerical: la de tranquilizarse rápido porque algo “funciona”.
El propio artículo de Serrano Oceja roza, aunque no la desarrolla, la única pregunta verdaderamente relevante:
¿qué propuesta antropológica, moral y cultural hay detrás de todo esto?
Ahí es donde el entusiasmo empieza a flojear. No porque no haya ninguna propuesta, sino porque la que se ofrece es blanda, poco definida y cuidadosamente compatible con la antropología dominante. Un cristianismo emocional, terapéutico, sin conflicto serio con el mundo, donde el horizonte parece ser un “paraíso posible” aquí y ahora, más que la conversión, la cruz y la vida eterna.
Se critica el progresismo, pero se asume gran parte de su marco mental. Se habla de pensamiento crítico, pero se evita toda fricción real. Se proclama libertad, pero se dice poco del juicio, del pecado, de la gracia, del sacrificio. Todo resulta amable, luminoso, acogedor. Todo muy “Hakuna”.
Nada de esto es escandaloso en sí mismo. Lo escandaloso es venderlo como un despertar profundo sin esperar a ver los frutos. Porque la Iglesia no está llamada a llenar estadios, sino a llenar confesionarios. No a producir experiencias intensas, sino a formar discípulos perseverantes. Si a veces coinciden ambas cosas, mejor. Pero no son equivalentes.
Cuando se apagan las luces del pabellón, cuando se recogen las pulseras y se acaba la música, es cuando empieza lo decisivo. Y esa es la parte que el triunfalismo —más bienintencionado que desbordado— suele pasar por alto.
Alegría, sí. Prudencia, también.
Porque la fe no se mide por el ruido que hace cuando aparece, sino por lo que queda cuando el ruido se va.
