La liturgia de la Iglesia no se limita a ordenar celebraciones en el calendario: enseña a mirar el tiempo con ojos redimidos. Por eso su lenguaje no es accesorio, ni meramente funcional; nombrar los días y las estaciones es ya una forma de confesar la fe y de educar el alma. En la liturgia, la palabra no describe simplemente lo que ocurre: revela el tiempo tocado por Cristo.
El Vetus Ordo ofrece una articulación teológica del año litúrgico que no es arbitraria, sino profundamente espiritual, al distinguir dos grandes prolongaciones del misterio: los domingos post Epiphaniam y los domingos post Pentecosten. Ambos son tiempos “después”, pero no del mismo modo; prolongan el misterio bajo luces distintas.
Las Dominicae post Epiphaniam viven aún bajo el resplandor de la manifestación del Verbo hecho carne. La Epifanía no es un recuerdo piadoso ni un episodio clausurado, sino una luz que sigue avanzando. El Niño adorado por esos Magos que personifican a todas las gentes, Se dejará reconocer progresivamente en la predicación, en los signos, en Su autoridad serena. Cada domingo es como un nuevo ángulo desde el cual la Iglesia contempla el mismo rostro de Cristo. El lenguaje litúrgico lo dice con sobriedad y precisión: la Epifanía no ha pasado, sigue actuando.
Los domingos post Pentecosten, en cambio, se sitúan bajo otra clave, acaso más interior. Pentecostés inaugura el tiempo de la Iglesia habitada por el Espíritu Santo, y los domingos que siguen expresan la paciente maduración de la vida cristiana. Ya no se trata tanto de una manifestación exterior, cuanto de una transformación interior: el crecimiento del Cuerpo de Cristo, la edificación de la Iglesia, la docilidad al Espíritu que conduce a la plenitud. Es el tiempo largo de la santidad cotidiana, sostenida por la gracia y orientada hacia la consumación final.
La liturgia, pedagoga espiritual, sabiendo que no todo tiempo santificado tiene la misma tonalidad, los nombra de manera diversa. El lenguaje no es ornamental, sino mistagógico: enseña, conduce, eleva. Por lo mismo, el cambio de nomenclatura nunca es indiferente: cuando la palabra litúrgica pierde densidad, los liturgistas necesitan dar explicaciones al fiel, para que comprenda lo que antes percibía casi instintivamente. No es la fe la que se debilita, sino su expresión simbólica, vehículo de una lectura sobrenatural del tiempo, que en ningun caso es «ordinario», porque el tiempo no es sólo el marco neutro donde acontece la historia de la salvación, sino una realidad asumida, penetrada y transfigurada por el Misterio pascual de Cristo.
Y así, al hablar del tiempo la liturgia romana no improvisa su lenguaje, sino que lo pule, en una nomenclatura nacida de una larga sedimentación de la fe celebrada, donde la oración precede siempre a la teoría. La Iglesia, desde antiguo, comprendió que los grandes misterios no podían quedar reducidos a un solo día: la celebración debía prolongarse, reposar, desplegarse. Así surgieron, de manera orgánica, los tiempos post Epiphaniam y post Pentecosten como el modo natural de prolongar litúrgicamente lo celebrado.
La Epifanía se entendió siempre como una manifestación progresiva: a las naciones, a Israel, a los discípulos. La expresión post Epiphaniam subrayaba esta conciencia: no se trataba de recordar un hecho pasado, sino de permanecer bajo su luz. Del mismo modo, Pentecostés inauguraba el tiempo propio de la Iglesia. Los domingos post Pentecosten expresaban la vida cristiana sostenida por el Espíritu en la historia, en espera de la plenitud escatológica. Era como decir: ahora es el tiempo de crecer, de perseverar, de ser edificados. Tal nomenclatura no fue fijada por decreto, sino confirmada por los siglos. Su autoridad procede de haber sido rezada, cantada, vivida. La antigüedad de este lenguaje no es un argumento estético, sino un criterio de sabiduría eclesial: si la Iglesia ha perseverado durante siglos en un mismo modo de nombrar, es que había una intuición teológica profunda, difícilmente sustituible sin pérdida de matices.
En realidad, se trata de vivir dentro del tiempo sin tiempo de Dios. La liturgia santifica al hombre enseñándole a santificar el tiempo, y el hombre aprende que no todos los tiempos se viven del mismo modo, aunque todos vivan de la misma Gracia.
Los domingos post Epiphaniam enseñan a mirar a Cristo, que Se deja descubrir paso a paso. La fe madura, no por impactos sentimentalistas, sino por contemplación y virtud perseverante.
Los domingos post Pentecosten enseñan a permanecer. Son el tiempo largo, sin fulgor aparente, donde el Espíritu transforma desde dentro, enseñando la fidelidad, la paciencia, la santidad cotidiana.
Quien se deja formar por esta pedagogía descubre que también su vida espiritual tiene ritmos semejantes: hay tiempos de luz y tiempos de crecimiento silencioso en la noche. La liturgia ayuda al alma a reconocerse; las palabras heredadas, probadas por los siglos, enseñan a ofrecer el tiempo como ofrenda: el creyente no vive arrastrado por los días, sino elevado en ellos hacia Dios. El tiempo no es enemigo, sino compañero de camino, porque, cuando se vive en Dios, los días nos maduran extraordinariamente para la eternidad. Y entonces no cabe hablar de «tiempo ordinario».
