Ayer, paseando por Barcelona, viví una situación profundamente dual, casi esquizofrénica, visitando Santa María del Mar.
Por un lado, porque hay obras de arte que no se dejan contar. No porque sean complejas, sino porque la experiencia que producen no se reproduce ni en una fotografía ni en un texto. Me ocurre con el Cristo de Velázquez, con la mezquita de Córdoba y me ha vuelto a ocurrir aquí. Las fotografías de Santa María del Mar no reflejan ni de lejos el impacto de verla en persona. Santa María del Mar no se contempla: se está dentro de ella como se está dentro de una idea verdadera. El cuerpo entiende antes que la cabeza.
La nave principal es una lección de gusto geométrico perfecto. Un gótico que ya sabía, con una madurez asombrosa, que podía prescindir del énfasis para alcanzar lo sublime. No hay retórica, no hay alarde. Hay proporción exacta, una sobriedad magnífica que expresa sin esfuerzo la aspiración del hombre a lo divino. Todo está en su sitio y nada parece necesitar justificación. Es una arquitectura que no dialoga con la época porque no lo necesita: habla desde un lugar más profundo, más estable, más verdadero. La belleza aquí no es decorativa ni emocional. Está en la medida, en la relación entre las partes, en la inteligencia silenciosa que atraviesa los siglos sin pedir permiso.
Y por eso, quizá por eso mismo, la novedosa y absurda capilla del Santísimo resulta tan violentamente discordante. A alguien tenía que dolerle tanta belleza y tanta verdad concentradas en la nave principal. Cuesta no pensar en una mente ideológica detrás, en algún masón o, en todo caso, en alguien que no podía soportar que un espacio proclamara con tanta claridad una jerarquía, un centro, un sentido.
La capilla parece concebida deliberadamente como negación. Una sala de paredes lisas, iluminación cálida y uniforme, más propia del reservado de un restaurante de diseño que de un templo. En el centro, una mesa larga de madera oscura, rodeada de sillas, como preparada para una una reunión. No hay orientación, no hay eje, no hay tensión simbólica. El Santísimo queda reducido a una pieza vertical iluminada, arrinconada al fondo, casi como el armario en el que se guardan los cubiertos, más cercano a una lámpara conceptual que a un sagrario. El texto grabado, la luz interior, todo remite a un lenguaje estético contemporáneo que busca acompañar sin presidir.
Es imposible no leer ahí una teología, o mejor, una antiteología. Cristo está, pero como un elemento más del mobiliario. Puede acompañar una mesa, puede presenciar una reunión, puede formar parte del ambiente. No ordena el espacio, no lo estructura, no reclama centralidad. Es la sacralidad rebajada a convivencia. La lógica del salón trasladada al corazón del culto. La misma sensibilidad que se ha extendido en ciertos movimientos actuales, como Hakuna, donde el Santísimo se coloca sobre palés, se prescinde de custodias, se opta por tabernáculos minimalistas y se construye una estética amable, emocional, aparentemente respetuosa, pero profundamente reductora. La adoración IKEA. No el sacrilegio abierto, sino el sacrilegio encubierto: aquel que no niega la presencia real, pero la mundaniza hasta volverla irrelevante.
Salir hoy de Santa María del Mar ha sido salir de dos iglesias distintas. Una, construida con la seguridad de quien sabe lo que cree y lo expresa en piedra, proporción y silencio. Otra, improvisada desde el malestar, desde la necesidad de rebajar, de domesticar, de neutralizar lo que resulta demasiado verdadero. La visita ha sido hermosa y desagradable a la vez. Una experiencia dual que refleja una tensión muy actual: la de una fe que supo edificar para la eternidad y otra que, incapaz de soportar esa grandeza, prefiere esconderla detrás de una mesa.
