El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, intervino este sábado 17 d enero, en el 325º aniversario de la Pontificia Academia Eclesiástica con una lectio magistralis centrada en “paz y justicia”, ante las nuevas crisis del orden internacional. Su diagnóstico, en buena parte, es realista. El sistema nacido tras la II Guerra Mundial se agrieta, el derecho internacional se relativiza, y la fuerza vuelve a imponerse como método político. Sin embargo, la clave del discurso no está solo en lo que denuncia, sino en el idioma en que lo hace, el lenguaje de la gobernanza global, de la arquitectura institucional y del multilateralismo, con un tono marcadamente inmanentista que, por momentos, suena más a cancillería que a Iglesia.
Parolin planteó que “el orden internacional ya no es” el de hace ochenta años y llamó a abandonar la nostalgia para actuar como protagonistas, formulando propuestas y estrategias para reconstruir un marco creíble. La Santa Sede se siente cada vez más cómoda hablando el idioma de la ONU —seguridad integral, instituciones supranacionales, equilibrio multilateral— y menos dispuesta a sostener su palabra en lo que le es propio, es decir: la primacía de Dios y el juicio moral que nace del Evangelio y de la ley natural.
Paz y justicia: pilares que se invocan… mientras se vacían por dentro
El secretario de Estado insistió en que paz y justicia no pueden reducirse a “aspiraciones” o “reivindicaciones vacías”. Denunció el cuestionamiento de principios como la autodeterminación de los pueblos, la soberanía territorial y hasta las reglas que limitan la guerra, además de la erosión del entramado del derecho internacional en ámbitos como desarme, cooperación, derechos fundamentales o comercio.
Citó también un pasaje del mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de la Paz 2026, donde el Papa defendía la “vía desarmante” de la diplomacia, la mediación y el derecho internacional, y lamentaba las violaciones de acuerdos alcanzados con dificultad, en un contexto que exigiría reforzar —y no deslegitimar— las instituciones supranacionales.
El problema es que ese marco, cuando se convierte en el eje del discurso, acaba reduciendo la paz a un producto de procedimientos y la justicia a ingeniería institucional. Si la aportación de la Santa Sede se limita a recomendar “más instituciones” y “más multilateralismo”, su voz se vuelve indistinguible de la de cualquier organismo moralista internacional. La Iglesia no tiene autoridad porque gestione mejor el tablero geopolítico, sino porque anuncia la verdad sobre el hombre y recuerda que el poder sin Dios termina inevitablemente en idolatría, violencia y mentira.
“Seguridad integral”: el catálogo que lo abarca todo
Parolin reclamó ampliar el concepto de seguridad más allá de lo militar y del terrorismo, para incluir la seguridad alimentaria, sanitaria, educativa, ambiental y energética. Añadió un punto relevante: la seguridad religiosa, amenazada no solo por la violencia y la discriminación, sino por la instrumentalización de la fe, la privatización del culto y la indiferencia hacia lo trascendente.
Este último elemento es el más cercano a lo específicamente eclesial, pero queda enmarcado como un componente más del catálogo de riesgos globales. Incluso cuando la Iglesia habla de persecución o de libertad religiosa, lo hace en clave de “seguridad” y “estabilidad”, como si el hecho religioso fuese una variable dentro de un sistema, y no una cuestión de verdad, salvación y adoración debida a Dios.
Multipolarismo, rearme y “paz armada”: cuando la confianza se reemplaza por la disuasión
El cardenal describió un multipolarismo regido por la potencia, con conflictos militares, económicos e ideológicos. Criticó el uso de la “seguridad” como coartada para preparar campañas de rearme y advirtió contra la tentación del ataque preventivo, cada vez más alejado de la legalidad internacional.
Recordó a Juan XXIII cuando pedía sustituir el equilibrio de armamentos por la confianza mutua, y alertó contra la mentalidad que cree que la paz solo llega cuando el enemigo es aniquilado, fabricando la categoría de “enemigo” desde la voluntad de poder.
El diagnóstico es sensato, pero falta el golpe de realidad que la Iglesia debería dar sin complejos: no hay paz sin conversión, y no hay justicia cuando se niega la ley moral. La diplomacia puede contener conflictos; no puede sanar el corazón del hombre. Si el Vaticano adopta un lenguaje puramente técnico, acaba aceptando la ficción moderna de que la política y el derecho bastan para redimir la historia.
“Mucho hacer, poco decir”: discreción diplomática frente al ruido mediático
Parolin reivindicó el estilo propio de la diplomacia vaticana y citó la expresión atribuida a Fabio Chigi —futuro Alejandro VII— en Westfalia: “mucho hacer, poco decir”, señalando que el peso de los medios y de la comunicación inmediata ha oscurecido esa actitud.
El punto es válido. Pero cuando “poco decir” se traduce en una voz que evita nombrar el fundamento sobrenatural de la Iglesia para no sonar incómoda en el foro global, la discreción puede mutar en dilución. La Santa Sede no está llamada a ser eficaz por el silencio, sino fiel por la verdad.
La Academia Eclesiástica y la formación de diplomáticos: entre la misión y la técnica
El discurso se enmarcó en la misión de la Pontificia Academia Eclesiástica, responsable de formar sacerdotes para el servicio diplomático. Parolin recordó la reforma por la que el secretario de Estado asumió el título de Gran Canciller tras el quirógrafo Il ministero petrino (15 de abril de 2025) y pidió conjugar la formación sacerdotal con una preparación actualizada en ciencias diplomáticas, orientada a las necesidades futuras de la acción internacional de la Santa Sede.
La pregunta inevitable es si se formarán diplomáticos-sacerdotes para llevar la luz del Evangelio al mundo, o expertos religiosos que hablen el idioma del sistema internacional sin incomodarlo. Porque si la Iglesia adopta la gramática del mundo como lengua principal, termina pareciendo una ONG con sotana: respetable, moralista, “útil”… pero prescindible.
Parolin cerró con un llamamiento a no delegar en otros y a recuperar responsabilidad personal y colectiva, citando una idea de León XIV sobre el perdón: no negar el mal, sino impedir que genere otro mal y que sea el rencor quien decida el futuro. La frase es buena, pero la Iglesia no puede contentarse con administrar consecuencias: debe señalar causas. Y la primera causa de la guerra es siempre la misma: la rebelión del hombre contra Dios, que se expresa en la idolatría del poder y en el desprecio de la ley moral.
En tiempos de guerra, la diplomacia es necesaria. Pero la misión de la Iglesia no puede reducirse a un programa de “arquitectura de paz”. Si el Vaticano quiere ser verdaderamente distinto, debe recordar al mundo —también en los salones de la política internacional— que la paz sin Dios no es posible, y que la justicia sin verdad no se sostiene.
