El Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal publicó el 14 de enero de 2026 una tribuna que llega con intención clara: frenar el relato amable con el que se pretende abrir paso en el Senado a un supuesto “derecho a la ayuda a morir”. Los obispos advierten de que, detrás del eufemismo, hay un cambio de civilización. Y lo resumen con una frase que no deja escapatoria: no se cuida la vida dando la muerte.
El texto apunta al núcleo del debate. No es solo una reforma sanitaria, ni un “nuevo derecho” que complete el sistema. Es, dicen, una operación de ingeniería moral que cambia los nombres para anestesiar conciencias. Llamar “acto de cuidado” a la eutanasia o al suicidio asistido no clarifica nada; confunde, borra límites y normaliza que el Estado presente la muerte provocada como una salida legítima ante el sufrimiento.
Una sociedad que ofrece la muerte porque no garantiza el cuidado
Los obispos denuncian que si en Francia se muere mal, no es por falta de una inyección letal autorizada, sino por la desigualdad real en el acceso a cuidados paliativos, por leyes existentes aplicadas a medias y por una red de acompañamiento que no llega a todos. En ese marco, la pregunta es incómoda pero lógica: ¿con qué autoridad se ofrece la muerte como opción cuando no está garantizado el alivio del dolor, la presencia humana y el cuidado integral?
Recuerdan, además, que durante más de veinticinco años Francia había sostenido una línea coherente: ni encarnizamiento terapéutico ni muerte provocada. Las normas vigentes, incluida la ley Claeys-Leonetti, han permitido herramientas como la sedación profunda y continua para aliviar sufrimiento, sin transformar al médico en ejecutor. Para el episcopado, el giro legislativo rompe esa lógica y abre una puerta que luego es difícil cerrar.
Dignidad y libertad: palabras usadas como coartada
Los obispos rechazan que la dignidad dependa de la autonomía, la productividad o la apariencia de “vida útil”. Si la dignidad se mide por estándares de rendimiento, el enfermo terminal o el discapacitado queda expuesto a una conclusión implícita: “sobras”.
También cuestionan la idea de libertad presentada como decisión pura y sin condicionantes. La libertad real, recuerdan, se deforma cuando hay dolor, miedo, soledad o presión social. Y aquí está el riesgo de fondo: que el “derecho” se convierta en expectativa. Que el vulnerable sienta que debe escoger la muerte para no ser una carga emocional o económica.
Fraternidad no es eliminar al que sufre
El texto golpea otra idea instalada: presentar la ley como “fraterna”. Para los obispos, es lo contrario. La fraternidad no consiste en facilitar una sustancia letal ni en empujar a los sanitarios a actuar contra su conciencia. Consiste en no abandonar, en sostener, en acompañar y en invertir de verdad en paliativos, formación, apoyo a cuidadores y redes contra la soledad.
Un voto que compromete a toda la sociedad
El episcopado pide a los legisladores que asuman la magnitud del paso que están a punto de dar. No se trata de “casos límite” ni de debates teóricos: afecta a familias, médicos y enfermos, y puede deteriorar el vínculo de confianza entre quien cuida y quien es cuidado. La vida, sostienen, no es una causa ideológica que se gestiona con consignas; es un misterio que exige humildad y una humanidad concreta, especialmente cuando más cuesta.
