León XIV en el Ángelus: «Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu»

León XIV en el Ángelus: «Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu»

Este domingo 18 de enero de 2026, II del Tiempo Ordinario, el Papa León XIV presidió el rezo del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro. En su breve catequesis, tomando como punto de partida el Evangelio de Juan (Jn 1,29-34), centró su reflexión en la figura de san Juan Bautista, que reconoce en Cristo al “Cordero de Dios” y, cumplida su misión, se aparta para dejar espacio al Señor.

A partir de ese testimonio, León XIV advirtió sobre la tentación contemporánea de buscar aprobación, visibilidad y éxito como “sustitutos de felicidad”, capaces —dijo— de condicionar ideas y conductas y de generar sufrimiento y divisiones. Frente a esa lógica de la apariencia, el Pontífice llamó a una vida sobria y vigilante: volver a lo esencial, cultivar el silencio y la oración cotidiana, y aprender del Bautista y de la Virgen María la sencillez, la humildad y la fidelidad a lo necesario.

Dejamos a continuación el mensaje completo de León XIV: 

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1,29-34) nos habla de Juan el Bautista, que reconoce en Jesús al Cordero de Dios, el Mesías, diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (v. 29). Y añade: «He venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel» (v. 31).

Juan reconoce en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).

El Bautista es un hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las autoridades de Jerusalén (cf. Jn 1,19). Le habría sido fácil aprovecharse de esta fama; en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad. Frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor» (Mc 1,3; cf. Is 40,3), y cuando el Señor viene, reconoce su presencia con alegría y humildad y se retira de la escena.

¡Qué importante es para nosotros hoy su testimonio! De hecho, a menudo se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes. En realidad, no necesitamos estos “sucedáneos de la felicidad”. Nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos.

El amor del que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas, revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.

Queridos hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón, conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible, un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar, escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el Señor y estar con Él.

Que nos ayude en esto la Virgen María, modelo de sencillez, sabiduría y humildad.

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