La Misa, tesoro de la fe: El Credo, umbral entre la Palabra y el Sacrificio

La Misa, tesoro de la fe: El Credo, umbral entre la Palabra y el Sacrificio

Con el Credo se cierra solemnemente la Misa de los catecúmenos y se abre el paso hacia la Misa de los fieles. Situado después del Evangelio y de la homilía, los domingos y días de fiesta, el Credo es la respuesta directa y ferviente del pueblo cristiano a la Palabra proclamada. No es una reflexión personal ni una emoción pasajera, sino la adhesión clara y consciente de la fe: «Sí, Señor, creo». Por eso, toda la asamblea se pone en pie al recitarlo, manifestando exteriormente la firmeza interior de su fe.

Un texto nacido para el bautismo

En su origen, el Credo no fue compuesto para la Misa. Las grandes profesiones de fe —el símbolo de Nicea-Constantinopla y el símbolo de los Apóstoles— surgieron en el contexto del catecumenado, como síntesis de la fe que los candidatos al bautismo debían profesar antes de recibir el sacramento. El símbolo de Nicea-Constantinopla aparece explícitamente en el Concilio de Calcedonia (451), como compendio de la fe definida en los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381), frente a las herejías que amenazaban la verdad revelada.

El término “símbolo” procede del griego sýmballein, “unir”. Designaba originalmente un objeto partido en dos, cuyas mitades permitían reconocerse a quienes las poseían. Así, el Credo es lo que une al hombre con Dios y, al mismo tiempo, el signo visible de comunión entre todos los cristianos que confiesan la misma fe.

La entrada del Credo en la liturgia latina

La introducción del Credo en la liturgia latina se debe probablemente al impulso de Carlomagno, a finales del siglo VIII, en un contexto de confusión doctrinal persistente sobre la persona de Cristo. Desde la capilla imperial, su uso se difundió progresivamente por Europa durante los siglos IX y X. Roma, sin embargo, lo adoptó con más cautela. En el año 1014, cuando el emperador Enrique II asistió a la Misa en Roma y se sorprendió de no escuchar el Credo, el clero respondió que la Iglesia romana, al no haber sido afectada por la herejía, no veía necesario confesarlo con tanta frecuencia. Con el tiempo, sin embargo, el Credo fue incorporado de manera estable a la Misa romana.

Desde entonces, el Credo se convirtió en un texto teológico y apologético, proclamado especialmente los domingos y solemnidades para afirmar públicamente el dogma frente a los errores.

Una profesión de fe trinitaria

El Credo es una profesión de fe plenamente trinitaria, estructurada en tres grandes partes. En la primera se confiesa a Dios Padre, creador del cielo y de la tierra. En la segunda se proclama a Jesucristo, Hijo eterno del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre, engendrado, no creado, consustancial al Padre, frente al arrianismo que negaba su divinidad. En la tercera se confiesa al Espíritu Santo, Señor y dador de vida, contra los macedonianos que negaban su divinidad, y se prolonga esta confesión en la fe en la Iglesia y en la gracia.

Esta estructura trinitaria se refleja también en los gestos litúrgicos. Durante el Credo se inclina la cabeza tres veces: al confesar a Dios Padre, al nombrar a Jesucristo y al proclamar la divinidad del Espíritu Santo. En el corazón del texto, como una joya preciosa, se encuentra el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios hecho hombre por obra del Espíritu Santo y de la Virgen María. En ese momento, el sacerdote desciende del altar y se arrodilla, adorando el misterio central de la fe cristiana. No es casual que la tradición musical haya desarrollado páginas de extraordinaria belleza en torno a estas palabras: Et incarnatus est.

El Credo como proclamación eclesial

El Credo ocupa una posición decisiva dentro de la liturgia. Cierra la parte de la enseñanza —a la que podían asistir los catecúmenos— mediante una proclamación fuerte y unánime de la fe, y abre el acceso al mysterium fidei, el sacrificio eucarístico. Antes de ofrecer el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Iglesia exige una confesión íntegra de la fe. No hay Eucaristía sin fe, ni sacrificio sin adhesión a la verdad revelada.

Por eso, el Credo no es una oración privada, sino una proclamación eclesial. La fe interior se hace palabra, canto y testimonio visible. La Iglesia cree y confiesa como un solo cuerpo.

La fe: don recibido y testimonio ofrecido

La fe es un don de Dios, una gracia que debe pedirse y cuidarse con esmero mediante la formación, el estudio y la oración. Es una adhesión total a Cristo y a la verdad que Él revela, incluso cuando atraviesa la oscuridad. No se puede aceptar una parte de la fe y rechazar otra: negar una sola verdad revelada es poner en peligro la fe entera.

Pero la fe tampoco puede quedar recluida en el ámbito de lo íntimo o privado. Está llamada a irradiar, a ser luz para las naciones y fuego que encienda el mundo. El Credo expresa precisamente esta dimensión pública de la fe: se canta con todo el corazón para manifestar exteriormente lo que se vive interiormente.

El Credo es la gran profesión pública de la fe de la Iglesia antes de entrar en el sacrificio. Resume lo que creemos para que podamos ofrecer lo que creemos.

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