En la primera entrega planteamos el escándalo de la cruz y la pregunta inevitable: si Dios quería perdonar, ¿por qué no lo hizo “sin sangre”? Antes de entrar en el núcleo teológico, conviene detenerse en algo elemental: el sentido humano del sacrificio. Solo desde ahí se entiende por qué la entrega de Cristo no es crueldad, sino amor llevado al extremo.
II
Para intentar racionalizar esta locura es necesario que nos situemos, en primer lugar, en el nivel más general de comprensión del problema: en el sentido común y en la experiencia de la vida acerca del concepto de sacrificio. En efecto, siempre se ha considerado digno dar la vida por los demás, y esa dignidad se sobredimensiona si la persona que entrega su vida es mucho más importante que el salvado. Pongamos un ejemplo, que solemos leer a menudo en periódicos: el hombre que muere ahogado por salvar a un desconocido que se está hundiendo en el mar ¿Es este individuo cruel, sadomasoquista o repelente? Cualquier persona que lea esta noticia responderá que en absoluto; que es un héroe y que salvar una vida es un acto noble y valioso. Sin embargo, los familiares del fallecido, que observan cómo el náufrago ha sobrevivido a su salvador, pueden no pensar lo mismo. Tenía mujer e hijos, y por salvar a un desconocido los ha dejado huérfanos. Para esos hijos, que se van a criar a partir de ahora sin su padre, el acto de su progenitor ha sido (o puede ser) un profundo error: repelente y cruel, porque los deja en soledad; o algo sadomasoquista, porque era muy probable que el salvador asumiese su propio sufrimiento y muerte dado el estado rabioso del mar. Ahora bien, siendo comprensible el juicio egoísta (digámoslo así) de esos huérfanos, es posible también que esos niños sean educados por su madre en la idea de que tuvieron un padre ejemplar, que no dudó en inmolarse por salvar a un desconocido, y es posible que ese ejemplo de su padre les lleve a ser mejores personas, más generosas, más entregadas a los demás, verdaderos iconos cívicos.
Por tanto, desde un punto de vista general, el concepto de sacrificio (en el sentido de acto de abnegación de una persona en beneficio de otra/s) sólo puede merecer nuestra admiración. Pero, desde otro punto de vista, no negamos que también es en cierto modo una locura, y máxime si la grandeza como hombre del salvador excede con creces a la del rescatado. El instinto nos urge a preservar nuestra existencia, y por ello nos preguntamos ¿cómo es posible que este hombre que lo tenía todo en la vida (una mujer excepcional, unos hijos admirables, amigos, salud, riqueza, y una excelente fama) ha podido ofrecer su vida por un vagabundo, un perdedor, un pícaro, un sinvergüenza, un individuo mediocre que no ha hecho nada que merezca la pena? Es irracional, porque lo que ha movido a ese hombre a dar la vida por otro ha sido sencillamente el amor o la compasión, no la prudencia; el corazón y no la razón. Morir por otro es, ciertamente, una locura, pero no un acto sadomasoquista, cruel y repelente. Es un acto de inmensa nobleza.
Los cristianos, como no puede ser de otra manera, pensamos de ese modo. Y creemos que lo que puede hacer un hombre por otros (o por muchos), lo realizó Dios (plena santidad) por todos (todos somos pecadores), porque la salvación de todo el género humano, persona por persona, sólo está en las manos de Dios. Y sabemos por los profetas que Dios no delega la salvación: Él mismo la hace. ¿No dice Isaías:
“Mirad, es el Señor (…) viene él mismo a salvaros” (Is. 35, 4).
¿No señala Ezequiel que Dios pastoreará el rebaño de Israel:
“Yo mismo cuidaré de mi ganado y le pasaré revista” (Ez. 34, 11).
En definitiva, los grandes profetas anuncian que la salvación de los hombres (de todos, independientemente de su sexo o raza) no se realizará a través de intermediarios humanos, sino por el mismo Dios, el cual:
“Dios, después de haber hablado muchas veces y de diversas formas a los padres por medio de los profetas, en estos días, que son los últimos, nos ha hablado también por el Hijo” (Hb. 1, 1), (…) «el cual, siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo realizado la purificación de los pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hb. 1,3)
Coincido, en fin, con Dawkins y San Pablo en que el solo hecho de encarnarse Dios para sacrificarse hasta la muerte por salvar a otros es, ciertamente, una locura. Pero no nos quedemos en el exabrupto del primero ni en el estupor del segundo, e intentemos profundizar en ella.
Continúa en la Parte III
