Evangelii Gaudium, versión Tucho: el manual para blindar el «espíritu de Francisco»

Evangelii Gaudium, versión Tucho: el manual para blindar el «espíritu de Francisco»

Pasada una semana del consistorio de León XIV, con la expectativa del mundo ante el capítulo litúrgico y el texto de Roche, podemos pasar a examinar otro documento. Se trata del presentado por el cardenal Víctor Manuel Fernández —Tucho—, prefecto de Doctrina de la Fe, sobre Evangelii Gaudium. Y lo que ofrece no es tanto una lectura nueva como una operación clara de continuidad: un informe de autocitas destinado a sostener que el “espíritu de Francisco” no solo sigue vigente, sino que debe seguir marcando el rumbo.

Fernández abre con una tesis tajante, Evangelii Gaudium “no es un texto que ha muerto con el anterior Pontífice” y “no es una opción pastoral antigua que pueda ser reemplazada por otra”. Con esa frase, lo que se intenta blindar no es simplemente un documento, sino un marco: el de una Iglesia que, bajo el rótulo de “anuncio”, consolida una jerarquía de prioridades donde lo que estorba al proyecto pasa a segundo plano.

El “kerygma” como llave maestra… y como coartada

Tucho insiste en poner el kerygma “en el centro” y “relanzarlo con renovado ardor”. Nadie discute la centralidad de Cristo. El problema es el uso del concepto como llave maestra para reordenar el discurso católico: cuando Fernández afirma que no se trata de una proclamación “obsesiva” de doctrinas y normas, introduce el viejo reflejo del progresismo eclesial: presentar la doctrina como lastre, como ruido, como obstáculo para la evangelización.

El texto repite la fórmula habitual: “hay un núcleo” y “no todas las verdades son igual de importantes”. Esto, en abstracto, es cierto: existe una jerarquía de verdades. Pero en manos de ciertos operadores eclesiales, esa jerarquía se convierte en un tamiz ideológico: se invoca el “corazón” para desactivar lo que incomoda —moral, disciplina, liturgia, claridad doctrinal— y para mantener un cristianismo reducido a slogans amables, incapaz de contradecir al mundo.

La pregunta que propone para “sermones y proyectos” plantea un punto relevante: si transmitimos que Dios ama, que Cristo salva, que camina con nosotros. Bien. Pero el texto sugiere que el principal problema de la Iglesia sería hablar demasiado de doctrina, normas o “cuestiones bioéticas y políticas”. Es una lectura interesada: en la práctica, lo que muchos fieles han padecido en los últimos años no es un exceso de doctrina, sino su evaporación, reemplazada por psicología, activismo y retórica de procesos.

“Reforma” y sinodalidad: el verdadero objetivo del documento

Tras el barniz kerigmático, el documento aterriza donde realmente quiere llegar: reforma y sinodalidad. Fernández habla de “mantenerse abiertos a la reforma de nuestras prácticas, estilos y organizaciones” y remata con la consigna: Ecclesia semper reformanda. La frase, repetida sin matices, funciona como contraseña. No se presenta la reforma como corrección de abusos o renovación de la vida interior; se plantea como dinámica permanente donde “nuestros planes pueden no ser los mejores” y donde “todo lo que no sirva directamente” al primer anuncio se pone “en segundo plano”.

Aquí aparece la trampa: ¿quién define qué “sirve directamente” al anuncio? Con ese criterio, cualquier elemento tradicional —liturgia, disciplina, formas, lenguaje doctrinal preciso— puede ser declarado “no prioritario” y relegado. Es el mismo mecanismo que ha alimentado el desorden: lo estable se tilda de accesorio; lo novedoso se vende como imprescindible.

En el contexto del consistorio, el mensaje es transparente: mientras el debate litúrgico queda en una especie de limbo y se evita una definición que muchos esperaban, se empuja con fuerza la continuidad del programa franciscano en su núcleo operativo: sinodalidad misionera y reforma estructural.

Un “capítulo social” como salvoconducto

Fernández insiste en que Evangelii Gaudium tiene un capítulo social y que sin promoción humana se “desfigura el Evangelio”. Nadie discute la doctrina social. Lo inquietante es el patrón: cada vez que se quiere desactivar el conflicto doctrinal o moral, se desplaza el foco a lo social como espacio de consenso. Y el texto lo remacha vinculando esa línea con otros documentos —y hasta menciona una reciente exhortación atribuida a León XIV— para presentar una continuidad total.

El “espíritu” como sustituto de la definición

El documento concluye apelando a un “espíritu misionero” de entusiasmo, motivación y deseos. Todo eso es bueno. Pero en el actual clima eclesial, este tipo de lenguaje suele operar como reemplazo de lo que se evita, definiciones claras, correcciones necesarias, límites doctrinales, disciplina. Se pide fervor, pero se tolera confusión; se pide entusiasmo, pero se relativiza la forma concreta de la fe.

Por eso, más que una relectura, el texto es una estrategia, asegurar que, aunque cambie el Papa y haya señales de prudencia o de estilo distinto, la agenda de Francisco sigue viva y debe ser asumida como irrenunciable. No es un debate sobre Evangelii Gaudium; es un intento de blindar un rumbo.

La pregunta que queda

Si León XIV quiere realmente gobernar como Papa de la Iglesia universal, no puede limitarse a administrar equilibrios mientras sus hombres de confianza convierten el consistorio en plataforma de continuidad ideológica. La evangelización no exige rebajar la doctrina, ni presentar la moral como “obsesión”, ni usar el kerygma como coartada para una reforma indefinida.

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