Respuesta a la Carta abierta de un fiel ortodoxo al papa de Roma León XIV
Muy estimado hermano Nikolaos Mannis:
Aunque, obviamente, yo no soy León XIV y, por tanto, mi contestación a su carta le puede resultar bastante decepcionante, también le puedo decir, por experiencia propia, que, como no se conforme con esta, lo lleva claro. Pues yo no sé cuántas cartas —también abiertas, aunque no precisamente inclusivas— le he dirigido al mismo encumbrado destinatario; y menos mal que desde entonces estoy bien sentadito, porque, si no, ya me habría dado alguna apoplejía o algo por el estilo.
Mi intención es simplemente presentar —con toda franqueza— a su consideración algunos argumentos, pues, tratándose de ecumenismo, esta tendría que ser la verdadera vía, además de la oración, para que la fuente única de toda verdad se digne iluminarnos y así podamos ver cómo la razón se complementa con la fe.
Querría empezar tratando el asunto eclesiológico. Al igual que el protestantismo se asienta sobre un mito —la idealización de los tres primeros siglos, con los que pretende entroncar, mientras que, a partir de ahí, todo habría sido un proceso imparable de corrupción—, el orientalismo cismático se asienta sobre el mito de la idealización del primer milenio, del que se pretende exclusivo continuador, mientras que la Iglesia occidental se habría ido corrompiendo. En el fondo, tal supuesto ideológico es innato a cualquier proceso de ruptura con la Iglesia oficial, como se puede observar en el que quizá sea el último: el sedevacantismo pospiísta, que también habla, por una parte, de una total corrupción histórica —la propiciada por el Vaticano II— y, por otra, de un entronque con la etapa anterior.
Sin embargo, lo cierto e indiscutible, históricamente, es que, así como no se puede señalar ninguna herejía formal en el Vaticano II, tampoco hubo ninguna ruptura ni, consiguientemente, hizo falta ninguna solución de continuidad a principios del siglo IV; ni ocurrió otro tanto a mediados del siglo XI. En este último caso, se produjo simplemente otra más de las —por desgracia— constantes rupturas políticas entre la sede romana y la constantinopolitana, con la mala fortuna de que las circunstancias ya no permitieron la reconciliación, hasta entonces no menos acostumbrada. A partir de ahí, se fue tejiendo en las iglesias orientales la argumentación falaz de que la culpable era Roma: por imponer una teología de la primacía y por innovar en la doctrina ortodoxa, que sería solo la anterior.
Ahora bien, Roma y los occidentales tendrán la culpa de muchas cosas, como, por ejemplo, de las cruzadas, sin las cuales —y aun con todos sus errores— lo cierto es que Constantinopla habría caído mucho antes, pues precisamente cayó cuando los papas ya no pudieron organizar ninguna. Pero eso, por un lado, no tapa una evidencia histórica: que la primacía de la sede romana no surgió en el siglo XI; ni tampoco, por otro, funda ninguna razón teológica que dicte que solo hasta ese mismo siglo podía evolucionar la doctrina.
Es constatable que las iglesias orientales separadas se quedaron doctrinalmente paralizadas y como congeladas, lo que ya es indicativo de que las que habían roto con la dinámica doctrinal eran ellas. Lo que ocurrió en la Iglesia unida a Roma fue la continuación natural de esa misma dinámica, o sea, la evolución como explicitación doctrinal, fundada en el magisterio de la sede romana, con la cual anteriormente también las sedes orientales se habían mantenido en comunión de subordinación, ya que, tanto jurídica como doctrinalmente, Roma fue siempre la última y suprema instancia, siendo así la única cuya autoridad se extendió a todas.
Al decir: «El Espíritu Santo os conducirá hasta la verdad plena» (Jn 16, 13), ¿dónde indicó Cristo que esa verdad plena quedaría cerrada en el siglo XI? A propósito de la evolución del dogma, estimo muy clarificador este texto de san Vicente de Leríns:
¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos?: ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da; (…) pero este progreso sólo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa, crezca también y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda, se convierta en algo totalmente distinto; es conveniente, por tanto, que a través de todos los tiempos y de todas las edades crezcan y progresen la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del conjunto de los hombres tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de cada uno de los miembros; pero este crecimiento debe seguir la propia naturaleza, es decir: debe estar de acuerdo con las líneas del dogma, y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina; el conocimiento religioso imite pues el modo como crecen los cuerpos, los cuales, aun desarrollándose con el correr de los años, conservan empero la propia naturaleza; (…) es también esto mismo lo que acontece con los dogmas cristianos, pues las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de las edades, se desarrollen con el correr de los años, y crezcan con el paso del tiempo; (…) así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de cosechar el fruto de los primeros trabajos (Primer Conmonitorio, cap. 23).
Si la Trinidad solo puede tener un principio personal, que es el Padre —como trataré en el siguiente apartado—, y a eso se aferran con ahínco y con razón los orientales, ¿cómo la Iglesia, que ha de ser su reflejo aquí, como comunión visible que tiende hacia la comunión invisible trinitaria, puede tener muchos principios personales de autoridad?
Sólo a un apóstol Cristo entregó las llaves, con todo lo que eso significa (cf. Mt 16, 19), y sólo a ese mismo le encargó, por tres veces, el pastoreo universal (cf. Jn 21, 15-17), dándole así autoridad sobre todos los demás y sus sucesores.
Sobre la función eminente y exclusiva de la sede romana por razón de su consideración de sede petrina definitiva, pueden resultar ilustrativos estos textos magisteriales que, no siendo precisamente posteriores al siglo XI, tampoco innovan algo que hasta entonces hubiera sido insólito:
Dz 41: Nos procuraréis júbilo y regocijo si, obedeciendo a lo que por el Espíritu Santo os acabamos de escribir, cortáis de raíz la impía cólera de vuestra envidia, conforme a la exhortación que en esta carta os hemos hecho sobre la paz y la concordia.
Dz 57a: ¿Y por qué no había que escribirnos precisamente sobre la Iglesia de Alejandría? ¿Es que ignoráis que ha sido costumbre escribirnos primero a nosotros, y así determinar desde aquí lo justo? Así pues ciertamente, si alguna sospecha había contra el obispo de ahí, había que haberlo escrito a la Iglesia de aquí.
Dz 57b: (…) Si algún obispo hubiere sido juzgado en alguna causa, y cree tener buena causa para que el juicio se renueve, si a vosotros place, honremos la memoria del santísimo Apóstol Pedro, y por aquellos que examinaron la causa, o por los obispos que moran en la provincia próxima, escríbase al obispo de Roma, y, si él juzgare que ha de renovarse el juicio, renuévese, y señale jueces. Mas, si probare que la causa es tal que no debe refregarse lo que se ha hecho, lo que él decretare, quedará confirmado.
Dz 57e: Parecerá muy bueno y muy conveniente que de cualesquiera provincias acudan los sacerdotes a su cabeza, es decir: a la sede de Pedro Apóstol.
Dz 87: (…) Llevamos los pesos de todos los que están cargados, o, más bien, en nosotros los lleva el bienaventurado Pedro Apóstol, que, como confiamos, nos protege y defiende, en todo, como a herederos de su administración.
Dz 100: Habéis fortalecido de modo verdadero el vigor de vuestra religión, pues aprobasteis que debía el asunto remitirse a nuestro juicio, sabiendo qué es lo que se debe a la Sede Apostólica, como quiera que cuantos en este lugar estamos puestos, deseamos seguir al Apóstol de quien procede el episcopado mismo y toda la autoridad de este nombre. (…) Los Padres (…) no por humana sino por divina sentencia decretaron que cualquier asunto que se tratara, aunque viniera de provincias separadas y remotas, no habían de considerarlo terminado, hasta tanto llegara a noticia de esta Sede, a fin de que la decisión que fuere justa, quedara confirmada con toda su autoridad, y de aquí tomaran todas las Iglesias (…)
Dz 109b: Por disposición del Señor, es competencia del bienaventurado Apóstol Pedro la misión recibida de Aquél, de tener cuidado de la Iglesia Universal, y, en efecto, Pedro sabe, por testimonio del Evangelio [Mt. 16, 18], que la Iglesia ha sido fundada sobre él, y jamás su honor puede sentirse libre de responsabilidades, por ser cosa cierta que el gobierno de aquélla está pendiente de sus decisiones. Todo ello justifica que nuestra atención se extienda hasta estos lugares de Oriente que, en virtud de la misión a Nos encomendada, se hallan en cierto modo ante nuestros ojos. Lejos esté de los sacerdotes del Señor incurrir en el reproche de ponerse en contradicción con la doctrina de nuestros mayores. (…)Ya que la ocasión lo pide, repasad, si os place, las sanciones de los cánones, hallaréis cuál es, después de la Iglesia Romana, la segunda iglesia, y cuál la tercera. Con ello aparece distintamente el orden de gobierno de la Iglesia; los pontífices de las demás iglesias reconocen que, no obstante, forman parte de una misma Iglesia y de un mismo sacerdocio. (…) Nadie osó jamás poner sus manos sobre el que es Cabeza de los Apóstoles, y a cuyo juicio no es licito poner resistencia; nadie jamás se levantó contra él, sino quien quiso hacerse reo de juicio. Las antedichas grandes iglesias conservan por los cánones sus dignidades: la de Alejandría y la de Antioquía [cf. 163 y 436] las tienen reconocidas por derecho eclesiástico. Guardan, decimos, lo establecido por nuestros mayores, siendo deferentes en todo, y recibiendo, en cambio, aquella gracia que ellos, en el Señor, que es nuestra paz, reconocen debernos. (…) Poco tiempo ha, es decir: bajo mi predecesor Inocencio, de feliz recordación, los pontífices de las iglesias orientales, doliéndose de estar privados de comunión con el bienaventurado Pedro, pidieron la paz mediante legados, como vuestra caridad recuerda. En aquella ocasión, la Sede Apostólica lo perdonó todo sin dificultad (…)
Dz 110: Al Sínodo de Corinto hemos dirigido escritos por los que todos los hermanos han de entender que no puede apelarse de nuestro juicio. Nunca, en efecto, fue lícito tratar nuevamente un asunto que haya sido, una vez, establecido por la Sede Apostólica.
Dz 112: A nadie es dudoso, antes bien, por todos los siglos fue conocido que el santo y muy bienaventurado Pedro, principe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y a él le ha sido dada potestad de atar y desatar los pecados, y él en sus sucesores vive, y juzga hasta el presente y siempre.
Dz 149: [Carta del concilio al papa León] Porque, si, donde hay dos o tres reunidos en su nombre, allí dijo que estaba Él en medio de ellos [Mt. 18, 20], ¿cuánta familiaridad no mostró con quinientos veinte sacerdotes que prefirieron la ciencia de su confesión a la patria y al trabajo? A ellos tú, como la cabeza a los miembros, los dirigías en aquellos que ocupaban tu puesto, mostrando tu benevolencia.
Estimo que son suficientes estos textos, de los cuales los dos últimos son respectivamente del concilio de Éfeso y del de Calcedonia, para que no quepa lugar a dudas de que la autoridad de la sede romana era entonces reconocida por toda la cristiandad.
Para no alargar más esta carta, dejo el enjundioso tema trinitario para una segunda, en la que intentaré tratar del modo más exhaustivo la celebre cuestión del «Filioque».
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