La Iglesia en Alemania llega a 2026 con una pregunta que ya no admite evasivas: ¿quiere seguir siendo católica —es decir, universal, apostólica y jerárquica— o prefiere consolidar una estructura de tipo nacional, más cercana a un modelo protestantizado de gobierno eclesial? El llamado Camino Sinodal, iniciado en 2019 bajo el paraguas de la “reforma”, desemboca ahora en su punto más delicado, la pretensión de crear un Consejo Sinodal permanente con poder real de decisión, compartido entre obispos y laicos.
La cuestión no es administrativa. Es eclesiológica. La autoridad en la Iglesia no nace de un parlamento, ni de una mayoría sociológica, ni del clima cultural de una época. Nace del sacramento del Orden. El obispo no es un delegado de asamblea, es sucesor de los Apóstoles. Y esa realidad no se corrige con comisiones mixtas ni se “equilibra” con órganos paritarios, por muy simpáticos que suenen a oídos modernos.
Quienes presentan el Consejo Sinodal como “coresponsabilidad” venden un concepto que, en la práctica, implica una invasión directa de la potestad episcopal. Si ese órgano se arroga competencias sobre finanzas, directrices pastorales, disciplina e incluso orientación moral, el obispo queda reducido a una figura decorativa. Y si el obispo es una figura decorativa, la Iglesia deja de operar según la constitución que Cristo le dio.
Por eso el proyecto no puede despacharse como un debate de “organización interna”. Se trata de la naturaleza de la Iglesia. La Santa Sede, si es fiel a su misión, no está para homologar experimentos locales, sino para custodiar la unidad católica y confirmar a los hermanos en la fe. Roma puede dialogar, sí. Pero no puede firmar su propia renuncia.
No es solo gobernanza: es doctrina y moral
El problema alemán no se agota en la estructura del poder. El Camino Sinodal lleva años empujando resoluciones que chocan frontalmente con la doctrina moral católica y con el magisterio constante. La bendición litúrgica de parejas del mismo sexo —por más maquillajes lingüísticos que se le pongan— es una ruptura: no es “pastoralidad”, es contradicción. No se bendice lo que la Iglesia no puede reconocer como conforme al orden creado.
En la misma lógica aparece la presión para abrir un “rol sacramental” a las mujeres, reintroduciendo debates cerrados por el magisterio, y la insistencia en presentar el celibato como simple capricho disciplinar, como si no tuviera un profundo sentido teológico y espiritual. Cuando una Iglesia local intenta reescribir moral, sacramentos y disciplina como si fueran piezas intercambiables, no está “reformándose”: está deconstruyéndose.
El factor que nadie confiesa: el dinero
Hay además un elemento que pesa como plomo, el sistema del impuesto eclesiástico ha convertido a la Iglesia alemana en una potencia económica. Ese poder financiero condiciona el escenario. Un conflicto abierto con Roma multiplicaría problemas jurídicos y patrimoniales. Y, al mismo tiempo, una Roma complaciente enviaría al mundo un mensaje devastador: que la doctrina puede negociarse y que la disciplina se decide a golpe de presión organizada.
Una condena clara podría acelerar una ruptura; una tolerancia excesiva podría normalizar el error y debilitar la autoridad de la Sede Apostólica. Pero hay una verdad que conviene decir sin rodeos: no es legítimo comprar la unidad con la moneda de la ambigüedad doctrinal. La unidad católica no es un pacto de convivencia. Es la misma fe.
2026: hora de elegir
Por eso 2026 no será un año “técnico”. Será un examen de realidad. Un Consejo Sinodal con poder vinculante no es una “adaptación”: es una alteración del modo católico de ser Iglesia. Y si se permite, otros lo copiarán. Lo que está en juego no es solo Alemania: es el precedente.
León XIV —como todo Papa— tiene el deber de confirmar en la fe. No de administrar indefinidamente un conflicto hasta que se convierta en normalidad. El modernismo siempre avanza del mismo modo: primero pide “diálogo”, luego pide “excepciones”, después exige “estructuras”, y finalmente reclama que Roma lo bendiga.
Si 2026 sirve para algo, debe ser para recuperar lo esencial: la obediencia a la fe recibida, la claridad moral, la naturaleza jerárquica de la Iglesia y la convicción de que la verdad no se vota. Una Iglesia que no se atreve a ser Iglesia termina pareciéndose demasiado al mundo. Y cuando eso ocurre, el mundo no se convierte: simplemente absorbe.
