Libertad en los vínculos que nos atan

Libertad en los vínculos que nos atan

Por Stephen P. White

Los estadounidenses tenemos una especial obsesión con la libertad. No inventamos la libertad —ni siquiera en el sentido limitado de la libertad política—, aunque a veces nos gusta pensar (y en ocasiones actuar) como si tuviéramos un monopolio irrompible sobre ella. El país de los libres, y todo eso.

Con todo, la diferencia estadounidense en lo que respecta a la libertad no es una diferencia de naturaleza humana. Las fuentes más profundas de la libertad estadounidense no nos pertenecen por ser estadounidenses, sino por ser humanos. Y si hay un genio en nuestras tradiciones políticas, reside en un sistema político extraordinario que no hemos concebido nosotros mismos, sino que simplemente hemos heredado.

La ciudadanía siempre tiene un carácter custodial. Somos responsables de la conservación y transmisión de algo precioso que no hemos creado. Para la mayoría de los estadounidenses, nuestra ciudadanía ni siquiera es algo que hayamos elegido; nacimos con ella. Incluso podría decirse que, para la mayoría, los derechos y responsabilidades de la ciudadanía nos fueron impuestos al nacer. No todas las imposiciones son injustas; algunas son dones inmensos.

Los dones pueden darse por supuestos. La complacencia y el sentido de derecho adquirido pueden, lenta e incluso imperceptiblemente, asfixiar las virtudes necesarias para el autogobierno. Para que un pueblo sea libre, debe estar dispuesto y ser capaz de vivir libremente.

Por eso la Iglesia siempre ha insistido en que la verdadera libertad es más que el ejercicio sin trabas de la voluntad. Tal libertad no merece ese nombre. Es una libertad falsa, que los antiguos sabían que era una forma de esclavitud, por mucho que esté velada por el poder. Esta misma libertad falsa, una libertad desobediente, nos aliena unos de otros y de Dios, como deja claro el capítulo tercero del Génesis.

La fe cristiana propone otro camino hacia la libertad, no a través del poder, el orgullo o el dominio, sino a través de la obediencia. El propio Jesús lo expone claramente en el Evangelio de san Juan:

Jesús dijo entonces a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres».

Ellos le respondieron: «Somos descendientes de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?».

Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo del pecado».

Muchos Papas modernos han advertido de las consecuencias de separar la libertad de la verdad, convirtiendo este tema en uno de los ejes permanentes de la doctrina social de la Iglesia, desde el Papa León XIII hasta nuestros días. Como escribió san Juan Pablo II en 1991, las enseñanzas de León XIII:

llamaron la atención sobre el vínculo esencial entre la libertad humana y la verdad, de modo que una libertad que se negase a vincularse a la verdad caería en la arbitrariedad y acabaría sometiéndose a las pasiones más viles, hasta el punto de la autodestrucción. En efecto, ¿cuál es el origen de todos los males a los que Rerum novarum quiso responder, si no una cierta libertad que, en el ámbito de la actividad económica y social, se separa de la verdad sobre el hombre?

No hace falta decir que esta «verdad sobre el hombre», a la que nuestra libertad está tan íntimamente unida, tiene implicaciones que van mucho más allá de cómo debemos ordenar nuestra actividad económica, política o social. De hecho, tiene consecuencias que superan con creces lo que solemos considerar como cuestiones éticas o morales.

La «verdad sobre el hombre» proclamada por la Iglesia incluye innumerables realidades fundamentales: que somos creados y amados por Dios; que existimos como unión de cuerpo mortal y alma inmortal; que compartimos naturaleza con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que sufrió y murió para salvarnos del pecado; que existimos dentro del tiempo y del espacio y los experimentamos; que dependemos de otros y somos responsables ante ellos; que somos seres contingentes, profundamente modelados tanto por nuestro entorno como por nuestras propias acciones; y así sucesivamente.

Algunas de estas verdades, como la Encarnación, se conocen por la revelación. Otras son tan evidentemente claras a través de la experiencia ordinaria que resulta casi imposible imaginar que pudieran ser de otro modo (por ejemplo, existir dentro del tiempo). Algunas parecen ampliar el horizonte de las posibilidades humanas (tenemos almas racionales, almas inmortales), y otras parecen limitarnos o confinarnos (somos mortales, contingentes y dependientes).

Algunas de las verdades más importantes sobre el hombre tienen que ver con la forma ordinaria de la vida humana: cómo llegamos a existir mediante la unión de un hombre y una mujer, cómo somos criados y cuidados, cómo vivimos juntos y cómo llegamos a conocer y adorar a Dios.

A veces resulta difícil, incluso doloroso, vivir dentro de una familia, siendo responsables de personas —o dependientes de ellas— a las que estamos vinculados pero que no hemos elegido. A veces no es fácil vivir en sociedad, con sus convenciones y expectativas de conformidad, que pueden ir desde lo tedioso y ridículo hasta lo perverso y violento. E incluso la vida dentro de la Iglesia puede parecer tensa y desalentadora en ocasiones, llena como está de pecadores.

En ciertos momentos puede parecer bueno liberarse de todas estas ataduras. Pero aquí hay otra «verdad sobre el hombre»: los vínculos que nos atan —a nuestras familias, a la sociedad, a la Iglesia— no son restricciones de nuestra libertad; son necesarios para ella. Son el medio mismo, aunque distorsionado por el pecado, de nuestra perfección.

Aristóteles escribió célebremente que quien es incapaz de vivir en sociedad, o no lo necesita porque se basta a sí mismo, es o una bestia o un dios. Si cortamos los lazos que nos unen unos a otros, no nos convertiremos en dioses —ya hemos oído esa mentira antes, y no de Aristóteles—. Al romper los vínculos, lo que queda, si Aristóteles tiene razón, es algo inferior a lo que fuimos hechos para ser: menos perfectos, menos plenamente humanos, menos libres.

Demos gracias a Dios por los vínculos que nos atan y por la libertad que nos conceden.

Sobre el autor

Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en la Catholic University of America y miembro del programa de Estudios Católicos del Ethics and Public Policy Center.

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