I
La redención objetiva de la humanidad, operada de una vez para siempre por el sacrificio cruento de Cristo, es uno de los problemas teológicos más difíciles para los pensadores cristianos de ayer de hoy y de siempre. De hecho, es el problema por excelencia. A muchos le escuece reflexionar sobre este delicado tema, especialmente en estos tiempos postmodernos donde se ponen en solfa los grandes ideales de la humanidad, y se miran con desprecio los grandes relatos. Y ninguno hay en la historia del mundo como éste, una verdad tan impresionante que desborda todos los límites de la razón humana.
Oigamos a Dante:
«Te dices: «Bien comprendo lo que escucho
Mas ¿por qué Dios quisiera, se me esconde,
De redimirnos de esta forma solo?»
Sepultado está, hermano, este decreto
A los ojos de aquellos cuyo ingenio
En la llama de amor no ha madurado»
(Divina Comedia. Paraíso VII).
Aunque la Biblia y la Tradición de la Iglesia enseñan que Cristo murió en la cruz para cargar sobre Él los pecados de los hombres y salvarnos, hoy se observa un giro copernicano en muchos teólogos actuales, que, víctimas de nuestra modernidad líquida, se horrorizan de esta Verdad de fe y olvidan que Jesucristo «es el mismo, ayer, hoy y siempre».
Recordemos, por ejemplo, lo que señaló el sacerdote y teólogo vasco José Antonio Pagola en su popular y polémica obra «Jesús, aproximación histórica» (2007, 4º edición, Edit. P.P.C. pág. 350-351). Sus frases van en cursiva y entre comillas:
«Jesús no interpretó su muerte desde una perspectiva sacrificial. No la entendió como un sacrificio de expiación ofrecido al Padre. No era su lenguaje” (nota: qué pasa entonces sus palabras en Mc. 10,45 o Mt. 26,27 -el Hijo del Hombre da la vida en rescate de muchos-, o 1 Jn. 2,2 -Él es víctima de propiciación por nuestros pecados-).
“Nunca había vinculado el Reino de Dios con las prácticas cultuales del templo; nunca había entendido su servicio al proyecto de Dios como un sacrificio cultual” (nota: la Epístola a los Hebreos, a la basura directamente).
“Habría sido extraño que, que para dar sentido a su muerte, recurriera al final de su vida a categorías procedentes del mundo de la expiación” (nota: qué hacemos con las expresiones sacrificiales de Cristo durante la última cena, por ejemplo Mt. 26,27: -su sangre se derrama por muchos para el perdón de los pecados-, palabras que especialmente todo sacerdote debe creer, dicho sea de paso).
“Nunca imaginó a su Padre como un Dios que pedía de él su muerte y destrucción” (nota: si no lo imaginó, por qué le pidió a su Padre precisamente que le librara de ella en Getsemaní -Mt. 26,39 o antes incluso -Jn. 12,27-) “para que su honor, justamente ofendido por el pecado, quedara por fin restaurado y, en consecuencia, pudiera en adelante perdonar a los seres humanos” (nota: ¿dónde colocamos brutales expresiones paulinas como «Dios hizo pecado a Cristo» -2 Cor. 5,21- o la tremenda sentencia de Hb. 9,22, «sin derramamiento de sangre no hay remisión).
“Nunca se le ve ofreciendo su vida como una inmolación al Padre para obtener de él, clemencia para el mundo” (nota: entonces cómo que San Pablo dice exactamente lo contrario, 2 Cor. 5,19, -Dios, en Cristo, se reconcilió con el mundo-, pues éramos filii irae -Ef. 2,3-).
“El Padre no necesita que nadie sea destruido en su honor. Su amor a sus hijos e hijas es gratuito, su perdón incondicional» (nota: sin arrepentimiento y conversión, dice Jesús, no hay posibilidad de perdón, Lc. 13,3).
En fin, a qué seguir…, como vemos, es propio de los teólogos modernistas rehacer a su antojo todo lo manifestado por la Biblia y los Evangelios que no cuadre con ese espíritu humanista-inmanentista (modernista) desarrollado en la teología de las últimas décadas. Y llama la atención que, en este punto, los ateos son mucho más honestos que éstos, pues cuando los incrédulos critican las Escrituras no olvidan deliberadamente ningún texto, aunque entran a saco en todos ellos como un elefante en una cacharrería. Por ejemplo, entresaco del libro “El espejismo de Dios” (2006), escrito por el combativo biólogo ateo Richard Dawkins, un párrafo precisamente sobre la inmolación de Cristo.
“He descrito la expiación, la doctrina central del cristianismo, como cruel, sadomasoquista y repelente. También podríamos desestimarla por ser una locura, aunque es su omnipotente familiaridad la que ha rebajado nuestra objetividad. Si Dios quería perdonar nuestros pecados por qué no perdonarlos simplemente, sin tener que ser torturado y ejecutado en pago” (Pag. 271).
Dawkins critica -y desprecia, porque no la entiende- una Verdad esencial de nuestra fe: que Cristo murió en expiación por nuestros pecados. En cambio, los cobardes teólogos, a los que le gusta bailar con el mundo y deformar el sentido genuino de las Escrituras simplemente eluden el combate intelectual y niegan desvergozadamente esa doctrina central del cristianismo, convirtiendo al Hijo de Dios en una especie de hippie pacifista avant la lettre, cuya torpeza provocó que acabase ejecutado en un patíbulo (un accidente laboral llegó a afirmar uno de ellos). Parece como si los modernistas quisieran pedir perdón a los ateos, con saco y ceniza, por hacer creído en el pasado esa locura de la expiación.
De hecho, el propio San Pablo se acerca mucho más a la reflexión de Dawkins que a la de esos teólogos modernos/modernistas, pues el Apóstol había manifestado (aunque sin juicios peyorativos) la misma reflexión que el animoso biólogo sudafricano, usando la idéntica palabra que hemos subrayado:
“Ya que el mundo por la propia sabiduría no reconoció a Dios en la Sabiduría divina, quiso Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden milagros y los griegos buscan la sabiduría; mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor. 1, 22-23).
Y es que, ciertamente, la idea de que Dios, para salvar a la humanidad, baje a nuestro mundo hecho hombre, pase haciendo el bien y muera en una cruz infamante parece ciertamente un desatino, algo que no tiene sentido alguno. Tampoco los musulmanes lo entienden, porque Mahoma cortó por lo sano, y negó en el Corán el hecho histórico de la crucifixión de un profeta tan grande como Jesús (Sura 4,157). En definitiva, los cuestionamientos de nuestros adversarios nos interpelan a todos los cristianos que nos tomamos en serio nuestra fe, y deseamos «dar razón de nuestra esperanza» (1 Ped. 3,15) ¿Por qué salvarnos, si pudo crearnos salvos sin posibilidad de pecar, o sencillamente, tras pecar, habernos salvado sin el sacrificio de la cruz en virtud de su omnipotencia? ¿Por qué una muerte tan horrible y humillante?
Pablo, a los veinticinco años de la crucifixión de Jesús, recordará en una carta la verdad que se proclamaba poco tiempo después de su muerte: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras” (1 Cor. 15, 3). Para Pablo y para toda la comunidad primitiva (de quien había recibido esta doctrina) la muerte de Jesús ha tenido (y tiene) un sentido redentor para todos los hombres, para todos los pecadores, aquí y ahora. Es algo sin precedentes en todo el Antiguo Testamento ¿Quién podía haber inventado algo parecido, una salvación no al final de los tiempos (Jn. 11, 24) sino presente en el sacrificio de Jesús; una salvación sin paralelismo alguno con textos de la Torah? Y leyendo con atención la carta de Pablo, vemos que esa revolucionaria percepción del sentido de la muerte de Jesús había surgido muy poco tiempo después de producirse el evento del Calvario. Pablo se convierte a los tres años de su crucifixión, cuando viajaba a Damasco a prender a la comunidad cristiana, lo que nos deja admirados de que ya existiesen, fuera de Jerusalén, judíos que vieron en Jesús (un maldito colgado de un madero, condenado por los representantes de su pueblo (Gal. 3, 13), no lo olvidemos) la palabra definitiva de Dios. ¡Tres escasos años!
Por tanto, el kerigma de la expiación del pecado por el sacrificio de Cristo no sólo es nuclear de la fe cristiana, sino además prácticamente paralelo al nacimiento de la misma, tras los acontecimientos posteriores a la Pascua. ¿Cómo una idea tan original en el mundo judío y a la vez tan “necia” pudo triunfar y de la manera que lo hizo?
Pablo señalará que esa “locura” es “sabiduría de Dios” y que “la locura de Dios es más sabia que la de los hombres; y la debilidad de Dios más fuerte que la de los hombres” (1 Cor. 1, 25). Sin embargo, esa frase en realidad indica muy poco, pues no llega al meollo de la cuestión a debatir: ¿por qué tuvimos que ser redimidos por la cruz de Jesús? Dawkins acierta en sus preguntas, y posiblemente también en el calificativo de locura, aunque yerra pretendiendo ofender esta doctrina con los calificativos de sadomasoquista, cruel o repelente.
Voy a intentar, en definitiva, como cristiano laico y en la medida de mis torpes entendederas, explicar a los ateos y a mis hermanos de fe -excluyo a los modernistas- por qué creo firmemente en esta doctrina de la expiación; por qué la considero la más grande, sublime y provechosa de todas las que hemos conocido en la historia de la humanidad. De hecho, no es una idea forjada por la inteligencia del hombre, sino que procede de una acción inaudita de Dios en la historia, y que sólo muy poco después, pudo ser asumida como la mayor verdad de nuestra fe cristiana (y de toda la humanidad). Por supuesto, no deseo polémicas con los teólogos modernistas por la razón señalada antes: los ateos critican porque no creen (son sinceros); los modernistas dicen que creen, pero critican la fe que dicen creer y la deforman porque realmente no creen (son falsos). Por eso los ateos son más honestos y tienen siempre abierta la puerta de la rectificación, mientras que los modernistas la han cerrado para siempre con su deshonestidad y su soberbia. En consecuencia, sólo a los primeros -y a todos los cristianos de buena fe-, me dirijo.
Continúa en la Parte II
