Una buena cosmética es, ante todo, un arte del respeto: no desfigura ni pintarrajea; no convierte un rostro en una caricatura de sí mismo ni lo fuerza a parecer lo que no es. La buena cosmética conserva la fisonomía anterior, la reconoce, la cuida, la preserva, la mima, en continuidad, sin engaño, sin negar hoy lo que hubo ayer.
Las grandes casas cosméticas lo saben bien: una firma seria que hace de su nombre una garantía no busca anular el rostro, sino acompañarlo y respetarlo; no promete una nueva faz, sino una cara fiel a sí misma, ennoblecida por el paso del tiempo; no quiere imponer una cara distinta, sino lograr que la misma persona siga siendo reconocible y atractiva. Si la cosmética olvida este principio, si se obsesiona con la novedad o con el impacto inmediato, el resultado es grotesco: brillo artificial, decapado agresivo, volumen innecesario, expresión congelada, tirantez de estuco, frialdad de cartón piedra.
Este principio, tan evidente ante el espejo, es aplicable en rostros multiseculares, imperecederos, obras de arte inmortales, eternas, donde no está en juego solo la apariencia sensorial, sino la transmisión temblorosa de una herencia sagrada. También ahí hay lugar para el cuidado y la limpieza, para la reforma entendida en su sentido más noble, pero siempre con una condición fundamental: no borrar los rasgos recibidos, no desacreditar el pasado para justificar el presente, no reescribir la historia como si fuera un rostro defectuoso que necesita ser corregido.
La cosmética que no respeta, sino que disimula y sustituye, reinterpretando hasta volver irreconocible lo heredado, se presenta con lenguaje técnico y pulido, con apatato académico y promesas de frescura y eficacia, pero deja la sensación extraña de que el rostro ya no habla por sí mismo, porque ¡necesita ser explicado! Frente a eso, las buenas casas cosméticas, las de prestigio y solera, garantizan su producto con el uso de varias generaciones: a través de climas distintos, y en pieles muy diversas, sigue dando resultado. No porque ese producto sea antiguo, sin más, sino porque ha sabido respetar la naturaleza de aquello que cuida.
La misa de siempre pertenece a esta categoría: no es objeto de nostalgia, sino forma viva, reconocible, profundamente divina y humana (por ese orden) y esencialmente mistérica; una estética teológica tan pletórica de santidad acumulada que no necesita ser maquillada para resultar sugestiva y perpetuamente fecunda.
Un rasgo propio de la mala cosmética es su tendencia a insistir. Sin embargo, cuando el producto actúa en profundidad huelgan argumentos y debates, explicaciones y congresos, y, por supuesto, números y estadísticas… con la previa decisión de imponer la propia marca, independientemente del resultado de las encuestas, que será también maquillado a conveniencia. Porque también las cifras admiten afeites: se les aplica corrector, se juega con la luz, se elige el ángulo más favorable. Se puede incluso ocultarlas tras una capa de radioso barniz o hasta falsearlas, cubriéndolas con luciente enjalbegado. Mas el esmalte, por acharolado que sea, no resiste la intemperie, y el enlucido se cuartea con el tiempo. Solo duran hasta que alguien otea e indaga y, al descubrir que el tono no es natural, apunta desde la Montagna y da en la Diane…
La verdad – en definitiva, la Geltast– no necesita retoques artificiosos para ser bella. Von Balthasar diagnosticaba la crisis moderna como separación entre verdad y belleza. Y si la verdad sin belleza se vuelve fría, ideológica o violenta, la belleza sin verdad se torna vacía, sentimental, engañosa. Por eso quien no percibe la belleza, no comprende la verdad. La fe educa los sentidos espirituales del creyente que ha sido herido por la belleza de Cristo. Y la santidad es entonces transparencia de la Geltast, la forma de Cristo en la vida del hombre.
La Tradición —no museo, sino vida transmitida— no pide ser reformulada, sino recibida: su fuerza no está en competir con lo nuevo, sino en asegurar la continuidad de la permanente juventud del rostro amado, lleno de líneas que no lo afean, porque cuentan su historia de gloria y de cruz.
Reformar no es falsear ni borrar, imponiendo una fisonomía ajena: cuando el cuidado se convierte en cirugía ideológica y la cosmética deja de ser respetuosa y fiable, el resultado no rejuvenece, desfigura.
Al final, cuenta la firma de una marca veterana. Con las de ayer por la tarde… be careful!: quizá no tengan rebozo en traicionar un rostro venerable, cuya belleza pueden tratar de ocultar bajo una pátina color Viola. Esto lo sabe bien la prestigiosa casa cosmética Roche. O debería.
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