Hay un dato que se repite en no pocas parroquias de Occidente: bancos llenos de mujeres y niños, y una ausencia llamativa de hombres jóvenes. Para algunos, es un fenómeno sociológico inevitable. Para otros, una simple cuestión generacional. El enfoque que plantea The Remnant es más directo y, a la vez, más incómodo: muchos varones no huyen de la Iglesia por exceso de exigencia, sino por falta de ella; no por su dureza, sino por su blandura.
El autor sostiene que una parte del catolicismo “mainstream” (tendencia dominante) se ha vuelto irreconocible para quien busca una fe sólida, un orden moral claro y una vida espiritual que no dependa de modas. Y cuando la Iglesia se presenta como un catálogo de “buenas ideas” negociables, el resultado —dice— es previsible: los hombres se marchan, y quienes quedan tienden a reforzar dinámicas cada vez más débiles, creando un círculo vicioso.
El rechazo a un catolicismo “beige”
El texto parte de una intuición compartida por muchos jóvenes: si un hombre de la Generación Z rechaza de verdad el mundo —su hedonismo, su relativismo, su ideología— también rechazará el “catolicismo rebajado” que se le ofrece como alternativa. No busca un cristianismo que copie el lenguaje de la época, sino uno que lo contradiga.
La etiqueta que utiliza el autor para esa versión domesticada es reveladora: “beige Catholicism”. Un catolicismo sin aristas, sin claridad doctrinal, sin disciplina, sin sentido de combate espiritual. Un catolicismo que promete pertenencia y bienestar emocional, pero que rara vez exige conversión, sacrificio o obediencia a la verdad.
Primera causa: la erosión de la verdad inmutable
La primera gran razón del rechazo, según el artículo, es el debilitamiento de la convicción católica. La Iglesia —recuerda— se construyó sobre mártires, no sobre negociadores. El autor recurre a figuras históricas que prefirieron morir antes que ceder en la fe, precisamente para subrayar el contraste con un clima eclesial donde la verdad parece “elástica”.
Cuando lo doctrinal se presenta como revisable, y la moral se vuelve un conjunto de “procesos” o “acompañamientos” sin meta clara, el mensaje que recibe un hombre es devastador: aquí no hay un tesoro que custodiar, sino un discurso que se adapta. Y un hombre serio no arriesga su vida —ni su reputación, ni su familia— por algo que mañana podría redefinirse en una nueva “sesión de escucha”.
El autor atribuye este fenómeno a una mezcla de liberalismo doctrinal, modernismo y ecumenismo mal entendido: una dinámica donde la claridad se considera “rigidez” y la firmeza se etiqueta como falta de caridad. En ese ambiente, el hombre que busca certeza, jerarquía moral y trascendencia concluye que se le ofrece un producto sin sustancia.
Segunda causa: la promoción del vicio y la tolerancia del pecado
La segunda causa: la normalización del vicio dentro de la vida eclesial. El artículo sostiene que la corrupción moral —especialmente en el clero— ha sido una de las armas más destructivas contra la fe y contra la masculinidad cristiana.
Cuando un joven ve escándalos, confusión sexual, banalización de la liturgia y pastores incapaces de llamar al pecado por su nombre, entiende que se le pide adhesión a una institución que no se toma en serio su propia doctrina. Y si la Iglesia renuncia a formar conciencias fuertes, termina fabricando hombres débiles: incapaces de resistir al mundo y, por tanto, incapaces de liderar en la familia y en la sociedad.
El argumento no es sentimental. Es moral y espiritual: si la Iglesia deja de combatir el vicio, pierde autoridad para pedir virtud. Y sin virtud, no hay hombres.
Liturgia, reverencia y vocaciones: la señal que el “mainstream” no quiere ver
El autor plantea un contraste que, en el fondo, muchos prefieren ignorar: allí donde se preserva una fe más íntegra, una liturgia más reverente y una disciplina moral más clara, aparecen frutos visibles. No solo familias más sólidas, sino comunidades con sentido de pertenencia y, con frecuencia, vocaciones.
No es una idealización ingenua. Es una observación práctica: el hombre se siente atraído por aquello que le pide altura. La tradición —en su forma litúrgica y doctrinal— no promete comodidad; promete santidad. Y la santidad implica combate, sacrificio y orden. Precisamente lo que el mundo no da y lo que la Iglesia, según el autor, ha dejado de exigir en demasiados lugares.
Sacerdotes “héroes” para formar “héroes”
El texto concluye con una llamada frontal al clero: no se puede ser sacerdote “a medias”. El hombre no sigue a un funcionario espiritual ni a un animador; sigue a un pastor dispuesto a entregar la vida. Si el sacerdocio se presenta como una carrera, una administración o una terapia, no convoca varones. Si se presenta como una paternidad exigente y sobrenatural, entonces sí.
Por eso el artículo insiste en que la recuperación no será estética ni táctica. Será doctrinal y moral. Será volver a predicar la fe completa, con su rigor y su belleza, con su claridad y su autoridad. Será volver a llamar a la conversión, a la penitencia, a la pureza, a la adoración reverente. En una palabra: a la vida cristiana real.
La salida no es rebajar la fe, sino volver a ofrecerla entera
La tesis final es simple: no se atrae a hombres escondiendo la verdad, suavizando el Evangelio o acomodando la moral para no incomodar. Eso puede llenar un salón, pero no forja varones. Y sin varones virtuosos —padres, esposos, sacerdotes— una sociedad se desmorona.
Si muchos hombres jóvenes se apartan del catolicismo “mainstream”, concluye el enfoque del autor, quizá no sea porque la Iglesia sea demasiado exigente. Quizá sea porque, en demasiados sitios, ya no lo es. Y donde la fe católica se vive sin adulteraciones —con doctrina clara, liturgia digna y una moral sin ambigüedades— no falta lo que hoy escasea: hombres dispuestos a construir, a sacrificarse y a servir a Dios por encima del mundo.
