Que la reforma litúrgica no constituye una ruptura, sino una constante en la historia de la Iglesia, es una afirmación verdadera. La Iglesia no es un cuerpo inmóvil, ni la liturgia una realidad petrificada. Desde los primeros siglos, la oración católica y la renovación sacramental del Sacrificio del Calvario han conocido desarrollos, enriquecimientos y adaptaciones legítimas. El problema surge cuando esta verdad general se convierte en un principio indeterminado, capaz de justificar cualquier configuración concreta del rito, incluso aquellas que introducen una relación problemática con la tradición inmediatamente precedente. Porque entonces la reforma deja de ser un criterio teológico para convertirse en una coartada hermenéutica. Y la reforma como categoría teológica exige límites.
La Iglesia siempre ha reformado, sí, pero no de cualquier modo ni en cualquier sentido. La reforma auténtica se ha entendido tradicionalmente como purificación, depuración y consolidación de una tradición recibida, no como sustitución global de una forma ritual por otra.
Esto es meridianamente claro en el caso del Misal de San Pío V. La bula «Quo primum» no inaugura una liturgia nueva; fija una ya existente. No inaugura un proceso creativo; pone fin a una dispersión reciente. Y lo hace, además, con un criterio que conviene no olvidar: la antigüedad como garantía de legitimidad. Por eso resulta metodológicamente falaz (¿o ignaro?) invocar a San Pío V para sostener una concepción de la unidad litúrgica que él no aplicó. Si el objetivo hubiera sido la uniformidad absoluta, no se habrían preservado los ritos venerables con más de dos siglos de antigüedad. La unidad buscada por Trento era doctrinal y sacramental, no expresiva en sentido rígido.
La analogía implícita entre la fragmentación litúrgica previa a Trento y la actual coexistencia del Misal de 1962 con el Misal promulgado tras el Concilio Vaticano II no resiste un análisis mínimamente serio. En el siglo XVI, la fragmentación litúrgica estaba asociada a una mayor o menor ruptura doctrinal vehiculada en innovaciones extrañas y, en muchos casos, a una teología eucarística erosionada. Hoy, en cambio, la celebración según el Misal de 1962 no introduce ninguna novedad doctrinal sino que mantiene la doctrina perenne; ni expresa una eclesiología alternativa, sino la católica; ni constituye una amenaza objetiva a la comunión sacramental, porque la fortalece. Lo que existe hoy no es fragmentación, sino continuidad interna dentro del mismo rito romano. Y tratar esa continuidad como si fuera una anomalía revela un desplazamiento en la comprensión misma de la Tradición.
El desarrollo orgánico es algo más que una sucesión cronológica. El término es correcto solo si se entiende con rigor. Un desarrollo es orgánico cuando mantiene la identidad del sujeto que se desarrolla. En biología, un organismo que deja de ser reconocible ya no se ha desarrollado: se ha transformado en otra cosa. Aplicado a la liturgia, esto significa que el desarrollo no puede implicar una desautorización práctica de la forma inmediatamente anterior, y menos aún de una forma que ha sido durante siglos normativa para la oración de la Iglesia y ha sostenido la fe de todos nuestros mayores. Aquí radica la importancia de la afirmación de Benedicto XVI según la cual la liturgia tradicional nunca fue abolida. No es una cuestión jurídica secundaria, sino un principio eclesiológico mayor: la Iglesia no puede declarar problemática su propia oración multisecular sin erosionar su credibilidad histórica.
Por eso la unidad litúrgica es un concepto eclesiológico. Cuando hoy se presenta la coexistencia de formas litúrgicas como una amenaza para la unidad, conviene preguntarse qué se entiende exactamente por unidad. Si unidad significa uniformidad expresiva absoluta, entonces la historia de la Iglesia aparece, retrospectivamente, como una anomalía permanente. Pero si unidad significa comunión en la fe, en los sacramentos y en la autoridad legítima, entonces la diversidad ritual, cuando es tradicional y doctrinalmente sana, no solo no es un problema, sino que ha sido siempre una riqueza.
La dificultad actual no es principalmente litúrgica, aunque la liturgia sea su exponente más indicativo y palmario. El punctum dolens es la noción de Tradición, innegablemente católica. Y si la historia no es lineal y el desarrollo no es unívoco, la Tradición no se deja encerrar en un único momento del tiempo.
Sólo desde tal presupuesto se acepta la coexistencia de ambos misales como criterio de madurez eclesial, tal como lo argumentó magistralmente Benedicto XVI en su motu proprio Summorum Pontificum y en la carta con que lo presentó. Desde esta perspectiva, la libertad para celebrar con el Misal de 1962 (con el que han celebrado todos los santos el rito latino durante más de cinco siglos) no es una concesión pastoral incómoda, sino un criterio absolutamente lógico, despreciar el cual supone hacer mangas y capirotes del primer fundamento de la metafísica: el principio de no contradicción. Que hoy cualquier sacerdote de cualquier edad de cualquier diócesis celebre con naturalidad la misa de nuestros mayores la del Concilio de Trento y el Vaticano II, demuestra que la Iglesia, semper reformanda sed semper idem, se reconoce a sí misma a lo largo del tiempo sin amputar etapas de su propio desarrollo orgánico.
San Pío V defendió la unidad custodiando lo antiguo. Benedicto XVI defendió la unidad reconciliando la Iglesia consigo misma. Ambos actuaron desde la misma convicción: que la Tradición no es un obstáculo para la comunión, sino su condición.
La verdadera pregunta, por tanto, no es por qué la coexistencia resulta problemática hoy, sino qué concepción de la Tradición hace que lo sea. Y esa pregunta no se responde con apelaciones genéricas a la reforma, sino con una teología de la liturgia que no reniegue de la memoria viva de la Iglesia. A no ser que el interrogante sea… si hay de veras una noción de Tradición.
