Los católicos no somos una institución

Los católicos no somos una institución

Hay frases que, aun pretendiendo defender a la Iglesia, acaban diciendo justo lo que no deberían. Y este es uno de esos casos.

Un tuit viral atribuye a un sacerdote la siguiente afirmación: «Los católicos somos la única institución que va a pervivir al Estado, a los masones o al PSOE». La frase es rotunda, combativa, eficaz en redes… y teológicamente incorrecta. El problema es sencillo: los católicos no somos una institución.

La institución es la Iglesia.

Y no es un matiz menor, ni una filigrana académica, ni una manía de escolásticos. Es una diferencia esencial, y olvidarla es comprar —sin querer— el mismo marco conceptual que usan quienes reducen la Iglesia a una ONG, un lobby o un actor político más.

Lo que el sacerdote dice (y dice bien)

Si uno escucha el audio completo, el sacerdote no incurre en ese error. Habla de la pervivencia de la Iglesia, de su continuidad histórica frente a regímenes, ideologías y poderes pasajeros. Nada nuevo bajo el sol: basta abrir el Evangelio o repasar dos mil años de historia para comprobar que imperios, partidos y sistemas pasan; la Iglesia permanece.

Eso es correcto. Eso es católico. Eso es doctrina.

El problema aparece cuando alguien decide mejorar la frase para Twitter y acaba empeorándola para la teología.

El desliz del tuit: cuando el lenguaje traiciona el fondo

Decir que “los católicos somos una institución” no es una simple imprecisión retórica. Es asumir una lógica profundamente moderna y sociológica, donde la Iglesia se diluye en una masa de individuos autodefinidos, organizados como colectivo identitario frente a otros colectivos.

Pero la Iglesia no es la suma de católicos, ni una asociación civil con carnet de socio. Es una institución divina, fundada por Cristo, con estructura, sacramentos, jerarquía y continuidad objetiva independiente de la calidad moral, número o fervor de sus miembros.

Los católicos pasamos. La Iglesia permanece.

Nosotros morimos. La Iglesia continúa.

Nosotros fallamos. La Iglesia sigue siendo santa.

Confundir esto no refuerza el mensaje: lo debilita.

Cuando el marco mental es el del adversario

Paradójicamente, formularlo mal acaba acercándose más al discurso progresista que al católico. Porque es el progresismo eclesial el que insiste en que “la Iglesia somos todos”, entendido no como Cuerpo Místico de Cristo, sino como asamblea horizontal, mutable, rehén del consenso sociológico del momento.

No: la Iglesia no es “nosotros”. Nosotros estamos dentro de la Iglesia, por gracia, no por apropiación.

Y por eso mismo la Iglesia sobrevivirá al PSOE, a la masonería y a cualquier Estado, no porque los católicos seamos muchos, fuertes o combativos, sino porque Cristo ha prometido que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Punto.

Defender bien lo que es verdadero

El sacerdote dice algo verdadero. El tuit lo estropea. Y precisamente porque el fondo es bueno, conviene no permitir que una mala formulación lo empañe.

En tiempos de confusión doctrinal, el lenguaje importa. Mucho.

Especialmente cuando se habla de la Iglesia.

Porque no somos una institución.

Y precisamente por eso pertenecemos a una que no pasará jamás.

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