En un Líbano exhausto por las crisis, las amenazas y la inseguridad —con el trasfondo de la presión militar, la cuestión de las armas de Hezbolá y los bombardeos israelíes en el sur y el valle de la Bekaa—, una polémica aparentemente menor ha acabado partiendo a la opinión pública: la visita del sacerdote portugués Guilherme Peixoto, conocido como “Father Guilherme”, para celebrar Misa en Beirut y actuar después como DJ en una discoteca. Así lo relata La Nuova Bussola Quotidiana, que describe el episodio como un síntoma de la confusión eclesial de nuestro tiempo.
El sacerdote se hizo famoso en la JMJ de Lisboa 2023 al pinchar música durante una vigilia con el Papa Francisco. Desde entonces, según la crónica, ha multiplicado actuaciones en ambientes juveniles con la intención de “acercar a los jóvenes a Dios” a través del techno-house. En Beirut, fue invitado por sacerdotes maronitas de la Universidad del Espíritu Santo para celebrar una Misa abierta el sábado 10 de enero en el campus universitario.
De la Misa al club: entradas, denuncia y veto fallido
La segunda parte del plan fue un salto de registro: una sesión a medianoche en AHM, un club nocturno de la capital. El evento se promocionó públicamente y las entradas se vendían inicialmente —según el medio— entre 35 y 40 libras, con subida posterior hasta 95 libras en la víspera tras estallar la controversia.
El detonante llegó el 4 de enero, cuando un grupo de unas dieciocho personas —incluidos algunos sacerdotes— presentó una petición ante un juez pidiendo medidas urgentes para impedir el concierto por considerar que “viola la moral y las enseñanzas de la Iglesia” y distorsiona la imagen de la fe y de los ritos cristianos. El 9 de enero, el juez rechazó la petición por irregularidades procesales. Ese mismo día, el club aseguró que no habría símbolos religiosos y que el sacerdote no vestiría ropa clerical, lo que desactivó la protesta prevista ante el local.
Más seguidores en la cabina que ante el altar
La crónica de La Nuova Bussola pone el foco en un hecho incómodo: quienes acudieron al club, en su mayoría, no habían asistido a la Misa. Algunos confesaban ir por “curiosidad” o por el fenómeno de redes sociales. Otros defendían que “la Iglesia no es solo ir a Misa” y celebraban el “puente” con los jóvenes. Incluso aparece el argumento de la obediencia emocional: una joven afirma que confía porque cree que el Papa León XIV lo apoya, al haber visto un vídeo del Pontífice durante un concierto del sacerdote en Eslovaquia (dato que el medio presenta como comentario de una asistente, no como hecho verificado).
Ya dentro del local, el artículo describe un ambiente de discoteca ordinaria —seguridad privada, bar, público vestido para salir de fiesta— y una sesión de techno noventero “repetitiva”, con interludios “místicos” de campanas, fragmentos de “Gloria” y “Aleluya” y proyecciones en pantallas con imágenes como una paloma blanca, Juan Pablo II y un arcoíris. El cierre incluyó “Give Peace a Chance” y un vídeo con el “Todos, todos, todos” de Francisco. El reportaje concluye resumiendo la noche “como cualquier otra”, quizá con “algo menos de drogas”, y una sensación final de oportunidad pastoral desperdiciada.
El fondo del problema: evangelización o banalización
La discusión de fondo no es si un sacerdote puede usar lenguajes contemporáneos, sino qué se comunica cuando el símbolo sacerdotal se traslada sin filtros a una cabina de DJ. Si para “acercar” se exige vaciar lo sagrado de sus señales —sin sotana, sin símbolos, sin referencia explícita a la verdad del Evangelio—, el resultado se parece menos a la evangelización y más a la adaptación: el mundo no se convierte; la Iglesia se mimetiza.
La evangelización auténtica nunca ha consistido en competir con el entretenimiento, sino en ofrecer aquello que el entretenimiento no puede dar: sentido, verdad, conversión, sacramentos. Y cuando el sacerdote aparece como “influencer” de noche y pastor de día, el mensaje práctico termina siendo el que vio el propio público: más atracción en el club que en la Misa.