
El documental emitido ayer en Cuatro «Proyecto Sistiaga» estuvo dedicado a la homosexualidad en el clero católico. La investigación de Sistiaga se presenta como una aproximación humana a la vivencia de la homosexualidad en el catolicismo a través del sufrimiento y las contradicciones de una serie personas concretas. Sin embargo, más allá de su tono empático, el programa articula desde el principio una tesis muy concreta: la castidad sería una forma de represión dañina y la única vía honesta para vivir la sexualidad —también en el sacerdocio— pasaría por asumir una vida homosexual activa. Esa es la clave interpretativa que atraviesa todo el relato y que condiciona tanto la selección de testimonios como el marco conceptual desde el que se leen.
Uno de los testimonios centrales es el del teólogo y sacerdote británico James Alison, que afirma que entre un 70 y un 80% del clero sería homosexual y describe una estructura eclesial prácticamente dominada por una subcultura homosexual normalizada. En su intervención no solo habla de orientación, sino de ambientes, códigos compartidos y una realidad sistémica que, según su planteamiento, choca frontalmente con la disciplina moral oficial de la Iglesia. El conflicto, en su relato, no nace de la incoherencia personal, sino de una institución que exigiría algo imposible de vivir.
También aparece el sacerdote Jesús Donaire, excluído del estsdo clerical, que refuerza esa visión desde la experiencia personal. Relata relaciones sexuales con compañeros durante su etapa ministerial y presenta estas conductas como algo ampliamente extendido y casi inevitable. La responsabilidad vuelve a desplazarse hacia la norma: el problema no sería la doble vida, sino la obligación de ocultar lo que debería integrarse. El mensaje implícito es siempre que la castidad no sería una propuesta realista, sino una fuente estructural de mentira y desgaste.
El enfoque más duro del documental es el testimonio del sacerdote canario Cristóbal José Rodríguez, que habla abiertamente del suicidio de sacerdotes y del sufrimiento psicológico extremo que puede generar vivir durante años una vida profundamente disociada. Rodríguez, polémico por proponer una pastoral ajena a la propuesta de castidad, describe en este caso un drama humano real que debe atenderse. Pero incluso en este punto, el programa insiste en el mismo marco interpretativo: la raíz del problema sería la represión de la sexualidad, no la incoherencia sostenida ni la falta de discernimiento vocacional.
El documental incluye además la voz del polémico colectivo CRISMHOM. La intervención de sus voluntarios refuerza la lectura de todo el programa: para ellos la Iglesia debería revisar su moral sexual y abandonar lo que se presenta como una obsesión por “reprimir” la sexualidad, sustituyéndola por una integración acrítica de las relaciones homosexuales activas.
Y aquí aparece la trampa dialéctica de fondo. En todo el documental, el término “represión” se utiliza como sinónimo de autocontrol, renuncia y disciplina interior. Se da por supuesto que contener los impulsos sexuales es algo patológico y que la felicidad pasa necesariamente por su ejercicio activo. Esta premisa no se discute: se asume. Pero esa premisa es incompatible con la antropología cristiana. Para los católicos, homosexuales o heterosexuales, la sexualidad no es un fin en sí mismo ni un derecho absoluto, sino una dimensión de la persona con un sentido objetivo. El sexo tiene un fin unitivo y procreativo, y fuera de ese marco puede convertirse, para cualquiera, en fuente de desorden interior.
La castidad no es una anomalía clerical ni una exigencia selectiva. Es una propuesta universal: para jóvenes solteros, para matrimonios, para sacerdotes, para personas con atracción al mismo sexo y para heterosexuales. No consiste en negar lo humano, sino en ordenarlo. No es una negación del amor, sino una forma concreta de vivirlo. El documental elude por completo esta perspectiva. No aparece la doctrina católica más que como caricatura represiva. No se entrevista a personas que viven la castidad de forma libre y fecunda. No se da voz a realidades como Courage Internacional que acompañan a personas con atracción homosexual dentro de la Iglesia desde un camino de fe y continencia. Esa ausencia no es casual: introducirla rompería la tesis.
Ahora bien, más allá de su error de base, el propio documental deja al descubierto algo mucho más grave de lo que pretende denunciar. Si los porcentajes que se manejan —ese 70 u 80% de clero homosexual— se aproximan mínimamente a la realidad, entonces estamos ante un problema estructural de primer orden. No se trata de orientación, sino de discernimiento. No se explica solo por “represión”, sino por décadas de fallos en la selección vocacional, en la formación en los seminarios y en la corrección fraterna. Cuando la disociación se normaliza, se convierte en cultura.
Proyecto Sistiaga pretende ser un alegato contra la moral sexual católica, pero termina siendo, quizá sin quererlo, una radiografía inquietante de una Iglesia que ha tolerado durante demasiado tiempo una monopolización homosexual de los seminarios, vidas partidas y silencios cómplices. La solución, sin embargo, no puede ser adaptar la vocación al deseo ni redefinir la castidad como mera represión. La misericordia cristiana no consiste en negar la exigencia, sino en acompañar con verdad. Y sin verdad —sobre la vocación, sobre la sexualidad y sobre la fragilidad humana— no hay integración posible, solo una disociación cada vez más costosa humana y espiritualmente.