Avvenire, el diario ligado a la Conferencia Episcopal Italiana, ha publicado un artículo de Luciano Moia —autor habitual en temas “arcoíris”— titulado «Cómo criar a un hijo que no logra reconocerse en su propio cuerpo». El texto se presenta como una invitación a evitar “juicios ideológicos” y “simplificaciones”, pero en la práctica adopta la terminología ideológica de la “identidad de género” y la inserta sin contrapunto en el ámbito educativo, judicial y eclesial, incluso cuando se trata de menores.
El artículo parte del caso de un adolescente de 13 años en La Spezia, para el que un tribunal dispuso la rectificación del acta de nacimiento reconociendo “nombre electivo” e “identidad de género”. Avvenire admite que “se conoce muy poco” del expediente y que nadie del periódico ha visto los informes clínicos; pese a ello, usa el caso como detonante para “retomar el debate” desde un marco ya decidido: el de la aceptación del concepto y del acompañamiento tal como lo formula el documento final de la asamblea sinodal de la Iglesia italiana, que pide promover “reconocimiento y acompañamiento” de personas “omoafectivas y transgender” y de sus padres dentro de la comunidad cristiana.
Dos relatos, una conclusión implícita
Moia articula el texto a través de dos testimonios maternos: uno que desemboca en la “afirmación de género” y otro en la “desistencia” (reconciliación con el propio sexo biológico). El autor insiste en que no se trata de decidir “quién ha ganado o perdido” ni “quién ha hecho bien o mal”. Sin embargo, el encuadre moral queda claro: el criterio final ya no es la verdad sobre el hombre, sino el alivio subjetivo, la “serenidad” y el clima emocional.
La primera madre, vinculada a la asociación GenerazioneD, pide prudencia antes de iniciar la transición y recuerda que no existe una prueba diagnóstica objetiva para “certificar” la disforia: “todo está confiado al sentir de la persona”. Cita además un “estudio alemán” según el cual más del 90% de los casos desembocaría en una pacificación con el propio cuerpo, y denuncia un entorno clínico y social que empuja hacia la transición, dificultando alternativas como la desistencia.
La segunda madre, vinculada a la asociación Con-Te-stare (Padua), describe un itinerario “natural” de transición en su hijo (hoy Chanel), acompañado por una psicóloga ligada a ONIG (Observatorio Nacional Identidad de Género). Sostiene que la identidad transgender no puede explicarse por “moda” o “influencers” porque el estigma social sigue siendo fuerte. El relato incluye, además, críticas a la comunidad parroquial por una supuesta distancia real pese a palabras de apoyo.
El problema: “no juzgar” sustituye a discernir
Hasta aquí, Avvenire ofrece historias humanas que merecen respeto. Pero el periodismo no se limita a emocionar: debe esclarecer. Y en un tema que toca el núcleo de la antropología cristiana, Moia elige un procedimiento recurrente: el de la fenomenología ética, donde el hecho —la experiencia, el sentimiento, la percepción— se convierte en el criterio. Se repite el mantra: “escuchemos antes de juzgar”, como si toda evaluación moral fuera una agresión, y como si la Iglesia no tuviera deber de discernimiento.
Además, el texto adopta sin crítica expresiones como “identidad de género”, “incongruencia de género”, “afirmación de género”, “transición” o “nombre electivo”, construyendo un universo lingüístico en el que el sexo biológico queda relegado a un dato secundario. El resultado es previsible: la realidad corporal se trata como un material negociable y la palabra “prudencia” aparece más como freno táctico que como criterio de verdad.
Ni Biblia, ni Magisterio, ni principios morales
La omisión decisiva es otra: no hay una sola referencia sustantiva a la doctrina católica. No se explica qué enseña la Iglesia sobre la creación del hombre y la mujer, sobre la unidad de cuerpo y alma, sobre la ley natural o sobre la imposibilidad moral de “cambiar” de sexo como si la naturaleza fuera un mero accesorio. En un medio que se presenta como católico, el lector se queda sin brújula doctrinal.
En su lugar, el artículo coloca como marco “eclesial” una cita del documento final de la asamblea sinodal italiana que habla de “acompañamiento” de personas “transgender”. Pero acompañar no es ratificar. Y el acompañamiento pastoral, para ser católico, no puede desentenderse de la verdad sobre la persona humana.
Cuando un diario “católico” deja de hablar católicamente
El texto termina pidiendo superar la lógica “pro o contra el mundo trans” y presentando el debate como una lucha entre facciones. Es una salida cómoda: quien objeta desde la ciencia, la ética o la doctrina queda etiquetado como ideólogo. Pero lo ideológico aquí es precisamente convertir una categoría militante —“identidad de género”— en marco interpretativo obligatorio, y hacerlo en un asunto tan delicado como el de los menores.
