Clericalismo y sinodalidad: el discurso que marca el post-consistorio

Clericalismo y sinodalidad: el discurso que marca el post-consistorio

Al término del consistorio extraordinario, varios cardenales comparecieron ante la prensa para responder preguntas sobre sinodalidad y participación de los fieles laicos. En la rueda de prensa, según relata The Catholic Herald, intervinieron el cardenal Luis José Rueda Aparicio, el cardenal Stephen Brislin y el cardenal Pablo David, en un intercambio que dejó al descubierto tanto el deseo de consolidar el proceso sinodal como los límites doctrinales que exige una comprensión católica de la autoridad y del sacerdocio.

El medio británico planteó una cuestión central: cómo garantizar que la sinodalidad —presentada por algunos como un proceso todavía “en su infancia”— permanezca anclada en la doctrina y la tradición, y qué distinción se está trazando entre la legítima participación de los laicos y las funciones propias del sacerdocio ministerial y del episcopado.

“No somos Iglesia si no estamos en misión”

El cardenal filipino Pablo David encuadró la sinodalidad dentro de la misión. Afirmó que la misión ya no puede entenderse como una tarea delegada a congregaciones misioneras, sino como la misión de toda la Iglesia. En ese marco, insistió en que la vida cristiana no es solo seguimiento, sino también “apostolicidad”: participar activamente en la misión de anunciar el Evangelio, especialmente a quienes viven heridos, desesperanzados o en situaciones de ruptura.

Desde esa perspectiva, David presentó la sinodalidad como una forma de corresponsabilidad: escuchar y contar con quienes no son ministros ordenados —laicos y religiosos— en la vida de la Iglesia.

El clericalismo como un obstáculo

Además, David señaló el clericalismo como un problema estructural que dificulta la participación real. Según su planteamiento, hablar de corresponsabilidad resulta vacío si se mantiene una mentalidad de control en la que el clero se percibe como dueño exclusivo de la dirección eclesial por el hecho de la ordenación. En su visión, la sinodalidad pretende justamente abrir cauces para que otras voces sean escuchadas, evitando una Iglesia gobernada por la lógica del “yo mando”.

También rechazó la idea de que la sinodalidad sea una “novedad” inventada ahora: sostuvo que ha estado presente desde los orígenes, aunque hoy se esté recuperando un vocabulario específico. Para él, términos como comunión, participación, misión y corresponsabilidad describen la misma realidad.

Un proceso con divergencias: “conversaciones en el Espíritu”

David fue explícito al admitir que el camino sinodal sacará a la luz desacuerdos. A su juicio, la existencia de divergencias no debería provocar alarma, sino impulsar más diálogo, a través de lo que llamó “conversaciones en el Espíritu”: una forma de escucha mutua orientada a discernir, no solo opiniones personales, sino la acción del Espíritu Santo en la vida eclesial. Reconoció, no obstante, que el discernimiento comunitario es una disciplina todavía “en desarrollo”, cuyos criterios se están afinando en el propio proceso.

Por otro lado, el cardenal colombiano, Luis José Rueda Aparicio, mantuvo un tono más gradualista. Subrayó que la sinodalidad avanza a ritmos distintos en cada país y que en algunas iglesias locales existe mayor experiencia y disponibilidad de los laicos que en otras. Por eso pidió paciencia: la renovación evangelizadora y la maduración de una participación más amplia requieren tiempo, sin forzar modelos uniformes para toda la Iglesia.

El punto más delicado: in persona Christi

El debate se volvió especialmente sensible cuando se abordó la cuestión de la jerarquía y el sacerdocio. Ante preguntas directas sobre la naturaleza “divinamente constituida” de la jerarquía, David afirmó que la jerarquía existe y que la Iglesia reconoce el sacerdocio ministerial. Sin embargo, insistió en que este solo se entiende plenamente en relación con el sacerdocio común de los fieles, principio teológico destacado por el Concilio Vaticano II.

Según The Catholic Herald, el cardenal dio un paso más al afirmar que los ordenados “no tienen el monopolio” de actuar in persona Christi. Argumentó que Cristo no es solo cabeza, sino cabeza y cuerpo, y que los bautizados participan de esa realidad por la misma dignidad del bautismo.

Aquí se abre un riesgo real: cuando el lenguaje sobre participación se formula de modo que parece diluir la distinción entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial, el asunto deja de ser meramente pastoral y entra en terreno doctrinal. La cuestión no es si debe escuchar a los laicos —algo evidente—, sino si la sinodalidad se entiende como consulta o como una forma de “cogobierno” que confunda la estructura sacramental de la Iglesia.

Entre reforma y continuidad

En su análisis, The Catholic Herald advierte además del uso contemporáneo del término “clericalismo”, que a menudo funciona como una etiqueta amplia para denunciar abusos sin precisar qué se condena exactamente. El riesgo es que, al usarlo de manera rutinaria, se termine presentando la jerarquía misma como sospechosa, en lugar de distinguir con precisión entre autoridad legítima y abuso de poder.

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