Seriedad litúrgica o … ¿humor inglés?

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Seriedad litúrgica o … ¿humor inglés?

La fe de la Iglesia no nace de decretos, ni se sostiene por planes o estrategias pastorales, ni se impone por consenso administrativo. Y esa fe – lex credendi – se expresa en la lex orandi. Porque la ley de la oración no es un reglamento mutable, sino la expresión orgánica, histórica y espiritual de la fe vivida de la Iglesia a lo largo de los siglos. Por eso, toda afirmación sobre la liturgia que se presente como definitiva, totalizante o excluyente debe ser examinada con especial cuidado. No basta invocar la autoridad, ni siquiera la intención pastoral; es necesario respetar la naturaleza misma de aquello de lo que se habla. La liturgia pertenece al corazón creyente de la Iglesia antes que a su aparato normativo. Conviene recordarlo en estos días, cuando nos dicen que voces autorizadas – en principio – pretenden identificar la unidad litúrgica con la universalización exclusiva de una forma ritual concreta, surgida en un momento muy reciente de la historia eclesial, y presentada —con audacia sorprendente— como si fuera la medida última de la Tradición.

Se dirá que no se niega el pasado, que simplemente se “orienta” el presente; que no se condena explícitamente lo anterior, sino que se lo tolera de modo transitorio. Pero la historia de la Iglesia enseña que lo que se relega sistemáticamente acaba siendo desautorizado en la práctica, aunque se salve en el lenguaje.

La Iglesia no ha conocido nunca una lex orandi nacida por generación espontánea: nunca la oración común del Pueblo de Dios brotó como un producto de laboratorio pastoral, ni fue el resultado de una voluntad de ruptura, ni necesitó justificarse frente a lo que ella misma fue durante siglos. La liturgia auténtica no aparece como solución a un problema, sino como continuidad de una vida.

La liturgia romana tradicional —la Misa celebrada por santos, mártires, doctores, misioneros y pueblos enteros durante siglos— no es una pieza arqueológica ni una opción estética ni un suspiro nostálgico. Es un hecho teológico, una rito que ha crecido serena, lentamente, por decantación, por fidelidad, por veneración, bajo la custodia de la Iglesia y no bajo el arbitrio de una época concreta. Ella ha expresado de modo estable la fe católica en el Sacrificio, en el sacerdocio ministerial, en la Presencia real, en la adoración, en la trascendencia del Misterio.

Reducir esta realidad a una mera “sensibilidad” o a un “gusto” particular —como a veces se sugiere con ignorante y, por ende, insolente ligereza— equivale a desconocer lo que la liturgia es: teología en acto, doctrina rezada, fe arrodillada.

Eso es lo que significa, en sentido propio y fuerte, lex orandi: no una forma entre otras intercambiables, sino una norma espiritual que ha modelado la lex credendi durante siglos. Pretender que esa normatividad se agote de pronto en una forma concreta reciente, por legítima que sea, supone una redefinición silenciosa del concepto mismo de Tradición.

No se trata de negar que el Misal promulgado por san Pablo VI sea legítimo. Lo es, y la Iglesia celebra con él, válida y laudablemente. Pero una cosa es la legitimidad jurídica, y otra muy distinta la pretensión de exclusividad teológica y de certificado de filiación eclesial. Identificar sin más la lex orandi de la Iglesia con un misal elaborado hace apenas unas décadas —por venerable que sea su promulgador; en todo caso, no mas que San Pío V— es una reducción histórica y teológica difícil de sostener. Cuando se afirma que solo una forma garantiza la unidad, se está diciendo implícitamente que todas las demás la ponen en peligro. Y esa afirmación, aunque no se formule así, tiene dolorosas e injustas consecuencias eclesiales. La Iglesia no progresa negando lo que fue, sino asumiéndolo, purificándolo cuando es necesario, y conservándolo cuando ha demostrado ser vehículo portador de fe. El criterio no es la novedad, sino la fecundidad espiritual probada por el tiempo.

Durante siglos, la Iglesia convivió con una pluralidad armónica de ritos y usos: romano, ambrosiano, mozárabe, cartujano, dominicano…, amén de la variopinta manifestación oriental. Nadie entendía esa diversidad como una amenaza a la unidad; al contrario: era la prueba de una unidad más profunda, no administrativa o decretal, sino doctrinal y sacramental.

Resulta difícil comprender por qué aquello que durante más de un milenio no dañó la comunión sino que la fomentó, y de qué manera, habría de hacerlo ahora, salvo que se haya adoptado una concepción nueva —y no siempre explicitada— de lo que significa “unidad”. Porque el actual lenguaje sinodalista – que no sinodal – enredado en mil retruécanos dialécticos, no parece, al menos hasta el momento, capaz de expresar una unidad que tampoco da la impresión de estar produciendo.

Resulta llamativo que hoy se invoque la “unidad litúrgica” precisamente para hacer lo que la Iglesia nunca hizo: suprimir de hecho un rito venerando por el solo hecho de ser antiguo, mientras se absolutiza otro por el solo hecho de ser reciente. La ironía histórica se desenmascara sola, tanto más cuando se apela constantemente a la Tradición para justificar decisiones que, en la práctica, operan como una ruptura funcional con ella. No es una contradicción menor, sino harto notoria, toda vez que se recurre —con pasmosa elasticidad hermenéutica— a palabras sabias pronunciadas sabiamente para proteger la continuidad, no para amputarla.

Invocar la continuidad mientras se restringe lo que la garantiza es un uso del argumento que algunos calificarían de torticero y nosotros nos conformamos con llamar selectivo.

Amar y reivindicar la Misa tradicional no es cuestionar el Concilio Vaticano II ni negar la autoridad de la Iglesia ni ser catolicos rebeldes. Es, sencillamente, usar de la sindéresis para recusar que la Tradición comience en 1965. Es recordar que la Iglesia no puede desautorizar su propia oración multisecular sin empobrecerse gravemente a sí misma.

La Iglesia puede regular, ordenar, incluso reformar; lo que no puede hacer sin dañarse es tratar su herencia litúrgica como una problemática y vitanda excrecencia.

La verdadera paz litúrgica —tan prudente, serena, humilde y doctamente reclamada y trabajada por Benedicto XVI— no consiste en imponer silencios ni en crear vencedores y vencidos, sino en reconocer que lo que fue sagrado para las generaciones anteriores sigue siéndolo hoy. Y esto no es una afirmación sentimental, sino una tesis profundamente eclesiológica, por hija del sensus communis, aunque algunos se empeñen en tapar el sol con un dedo… puesto boca abajo, como en el circo romano.

Cuando se presenta la paz litúrgica como una anomalía que hay que erradicar, se está diciendo implícitamente que la coexistencia de las formas ordinaria y extraordinarias del rito romano es un error. Y esa lectura contradice los frutos visibles que tal convivencia produce en la vida real de la Iglesia.

La unidad auténtica no nace de la uniformidad forzada, sino de la comunión en la fe recibida, una comunión que no necesita amputar su memoria para sentirse segura. Quien teme que la Misa tradicional fracture la Iglesia parece no advertir que lo que realmente hiere la comunión es la sensación —cada vez más extendida— de que la Iglesia desconfía de su propio pasado, o lo tolera solo como una concesión incómoda. La fe no se transmite así. Ni la liturgia. Porque cuando lo antiguo se permite solo bajo sospecha, deja de ser tradición para convertirse en excepción vigilada.

Defender la Misa de todos los santos y de todos los siglos no es mirar atrás con nostalgia, sino preservar las raíces que sostienen el árbol. La lex orandi de la Iglesia no se decreta: se recibe, se custodia y se transmite. Y cuando esto se hace con humildad, la unidad deja de ser un mantra, como se dice ahora, para volver a ser lo que siempre fue: fruto de la verdad compartida, celebrada y adorada.

Para no confundir la fe con la cronología, conviene añadir una precisión que rara vez se formula explícitamente, pero que subyace en no pocos discursos hodiernos: no todo lo que es universal en su uso lo es en su alcance teológico. La universalidad administrativa no equivale, sin más, a universalidad tradicional. La Iglesia ha conocido decisiones universalmente obligatorias que fueron, sin embargo, provisionales en la historia larga de la fe. Confundir ambos planos es un error metodológico grave, aunque parezca – solo parezca – pastoralmente eficaz.

Cuando se afirma que una determinada forma litúrgica es la única expresión del rito romano, no se está describiendo un hecho histórico, sino postulando una tesis nueva. Y como toda tesis nueva, debería al menos reconocer que lo es. Presentarla como continuidad obvia es una forma de eludir el debate. Hablar de “única expresión” tiene, además, un efecto colateral nada inocente: transforma retrospectivamente toda la historia anterior en prehistoria. Si solo una forma es plenamente expresiva, las demás pasan a ser, en el mejor de los casos, etapas superadas; en el peor, obstáculos tolerados. Y la Iglesia no ha hablado nunca así de su propia oración. Hay aquí una contradicción interna: se invoca la Tradición para justificar una interpretación que reduce la Tradición a un punto concreto del tiempo. Es una Tradición curiosamente breve, muy intensa en autoridad, pero sorprendentemente corta en memoria.

También conviene precisar qué se entiende por “división”. Porque si se considera tal el hecho de que fieles católicos, en plena comunión doctrinal y jerárquica, celebren según una forma litúrgica venerable y jurídicamente reconocida, entonces habría que admitir que la Iglesia estuvo “dividida” durante siglos. Lo cual es una conclusión difícil de asumir sin reescribir toda la eclesiología previa. La división real no nace de la coexistencia, sino de la deslegitimación simbólica. Cuando una forma litúrgica se permite solo bajo sospecha, bajo vigilancia, bajo narrativa de excepcionalidad, el problema ya no es litúrgico: es eclesial.

Hay, en fin, una paradoja pastoral que rara vez se menciona:

se acusa a la liturgia tradicional de ser “identitaria”, mientras se la combate precisamente por razones identitarias. No porque sea heterodoxa, ni infructuosa, sino porque no encaja en un determinado relato de Iglesia. Y cuando la liturgia se evalúa por su adecuación a un relato, deja de ser liturgia – opus Dei- para convertirse en opus humanum, en instrumento, por no decir en arma arrojadiza.

Aseverar apodícticamente que una forma litúrgica reciente es necesaria para la unidad equivale a afirmar tácitamente que la Iglesia no tuvo durante siglos una forma adecuada de expresar esa unidad. Esta tesis no se suele formular así, pero es su consecuencia lógica.

De otro lado, resulta simpática la moralizante apelación a una “obediencia” mas perinde ac cadaver que la de las constituciones de la mínima Compañía, porque aquí no está en cuestión la obediencia a la autoridad legítima, sino la naturaleza del objeto de prestar el asentimiento de la inteligencia y de la voluntad. Pero el caso es que la obediencia no convierte lo contingente en constitutivo, ni lo reciente en normativo por esencia. Obedecer no es redefinir la Tradición; es recibirla con humildad, in obœdientia fidei.

No se protege la unidad empobreciendo la lex orandi. No se honra el Concilio convirtiéndolo en el buque insignia de una liturgia que nunca celebró y oponiéndolo así implícitamente a los santos que rezaron antes de él, en la Misa de todos los siglos. Que no es un conflicto a eliminar, sino un problema falso y, por tanto, generado artificialmente, incluso a base de encuestas y estadísticas que no resisten un tête a tête con la aritmética. Salvo que todo esto no pase de ser producto del incomparablemente sarcástico british humour…

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